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Heridas eternas

@nandopilgrim

No se lo pensaron dos veces. Los tres jóvenes, amigos de toda la vida y vecinos de la población valenciana de Beneixida una tarde liaron su petate y se marcharon como voluntarios a la guerra que acababa de estallar, alistándose en el ejército republicano.

Eran Adelardo Panera, el más alto y fornido de los tres, su primo Salvador, apodado el Blanco debido a que todos los miembros de su familia eran rubios y de piel clara, y Emilio, que era el novio de la hermana de Salvador, María la Blanca.

Convencidos de la nobleza de la causa partieron en un viaje que marcaría sus destinos a fuego sobre su piel.

La idea de luchar en una guerra, de defender unos ideales, de no permitir más injusticias cambió el porvenir de muchas familias, pero cuando se es joven y se cree en una causa justa es difícil evitar implicarse y lanzarse a la arena corriendo el riesgo de tener que asumir después todas las consecuencias.

Con el paso de los meses la lucha se fue volviendo más encarnizada y la estrategia más cuidada y estudiada. Hasta el punto que una noche, mientras las tropas descansaban después de un largo día de avances en mitad de la Batalla del Ebro, el ejército sublevado realizó una treta que costaría muchas vidas y cuantiosos daños materiales a los republicanos. Ayudados por un ingeniero de la compañía hidroeléctrica, Charles Smith, los franquistas procedieron a la apertura de las compuertas de los embalses de Tremp y Camarasa, situados aguas arriba del río Segre, afluente del Ebro. La crecida repentina y el aumento del caudal se llevó por delante todo lo que encontró a su paso: soldados, camiones, pasarelas recién construidas y material bélico. El pánico y el caos se apoderaron de la noche y muchos perecieron antes de darse cuenta de lo que estaba pasando. Pero Adelardo era un gran nadador, y cuando logró salir de aquella confusión en que se había convertido su campamento se volvió a lanzar a las aguas revueltas del río para intentar salvar el mayor número de compañeros posible. Panera recordaría muchos años después aquellas angustiosas escenas, y resonarían en su cabeza durante incontables pesadillas las voces de los camaradas que, no teniendo la capacidad de Adelardo para sobrevivir en el agua le llamaban a gritos para que acudiera a rescatarles. Hizo un gran trabajo, por el que después fue reconocido y condecorado, pero no halló ni rastro de sus amigos el Blanco y Emilio.

Después de la derrota en la batalla del Ebro, Adelardo se trasladó junto con las tropas a Madrid, donde fue herido de bala en una pierna cuando era mando de una división motorizada de las Brigadas Mixtas. Tras caer Madrid también, no tuvo más remedio que huir hacia el norte y atrincherarse en lo que llamaron el cinturón de hierro de Bilbao.

En una de esas noches que obtuvo permiso para descansar, Panera salió junto con otros compañeros a dar una vuelta y divertirse un poco por las tascas y las tabernas de la ciudad. Pidieron algo de beber y se pusieron a conversar y discutir sobre los caminos que había tomado aquella contienda y que ahora les obligaba a esconderse y exiliarse para lograr seguir con vida. Las noticias no eran buenas, se rumoreaba que el Capitán de Ingenieros Alejandro Goicoechea había desertado, logrando sobrepasar las líneas del frente y llevándose consigo todos los planos e información que pudo recolectar sobre el entramado defensivo. Era cuestión de tiempo que Bilbao terminase cayendo también.

Poco a poco el local se fue llenando de gente y Adelardo se fijó en una chica joven, de ojos penetrantes y larga cabellera negra que tendría aproximadamente su misma edad. Parecía que estaba esperando a que alguien la sacara a bailar, aunque la mayoría de las parejas ya estaban hechas cuando llegó. Tras pensárselo un poco, y a pesar de llevar una bala incrustada en los huesos de la rodilla se armó de valor y la invitó a ser su pareja de baile. Irune, que así se llamaba la muchacha, aceptó gustosa y empezaron a bailar al ritmo de la música. Pronto se evidenció la molestia en la pierna del soldado, pero qué narices, en peores plazas había toreado y aquella era una compañía muy agradable, así que soportó con estoicidad el dolor y aguantó todo lo que su cuerpo daba de sí. Al finalizar el baile, los dos jóvenes descansaron y pudieron conversar un poco más pausadamente.

Irune escuchaba atentamente los relatos de Adelardo sobre todo lo acontecido en la guerra y las tribulaciones por las que había pasado. De cómo se marchó de voluntario, las batallas en las que había luchado, el miedo de las trincheras, la soledad que le invade a uno cuando se echa cuerpo a tierra con el fusil al hombro y sabe que nadie le cubre, la angustia de tener la certeza de que si te cruzas con un enemigo la vida sólo será para uno de los dos.  Hasta que nombró a Emilio y a Salvador y todo lo que había ocurrido aquella noche en la orilla del rio Ebro.

-¿Emilio? ¿Valenciano, igual que tú?

-Claro, de mi mismo pueblo. Era como un hermano para mí. No sé nada de él desde aquella noche. Fue una jugarreta sucia-prosiguió- impropia de cualquier ejército…

Pero Irune sonreía, radiante, y Panera interrumpió su relato. La chica le contó que la noche anterior en ese mismo lugar ella había bailado con un chico llamado Emilio, valenciano, y que le describió que había sufrido lo mismo aquella noche de la crecida repentina de las aguas. Adelardo no se lo podía creer, pues no tenía noticias de él ni de el Blanco desde aquel día, e Irune prometió ir a buscarle a la mañana siguiente, pues sabía dónde se hospedaba.

Así fue cómo los dos amigos se reencontraron nuevamente, abrazándose con emoción y preguntándose atropelladamente por todo lo que les había sucedido desde aquella noche en que se separaron.

Después de aquel desastre donde Emilio se había salvado de puro milagro, huyó de aquel lugar y fue escondiéndose y retrocediendo buscando zonas seguras donde estar a salvo, pues estaba claro que no podía por el momento regresar a su casa. Nada sabía del destino de Salvador.

-Escucha- dijo Emilio una vez se pusieron al día de todo lo que les había ocurrido-He conocido aquí en Bilbao a un hombre que nos ayudará a escapar. Es miembro del SERE. Nos puede hacer pasaportes falsos y cruzar la frontera hasta Francia, y luego nos iremos a Argentina, allí no nos irán a buscar.

El SERE era el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles.

Adelardo tenía sus dudas, pero los argumentos de Emilio le convencieron. Estaba claro que esconderse no era una buena opción; a muchos les cogían y encerraban y otros los fusilaban sin miramiento alguno. Y si se quedaban en Francia a vivir, quién sabe, quizá estaban todavía demasiado cerca.

Después de conseguir los pasaportes y de agradecer infinitamente a Irune su hermosa participación en aquella bendita casualidad, los dos amigos cruzaron la frontera y entraron en territorio francés, buscando refugio en Nimes, cerca del puerto de Marsella desde donde habían de partir los barcos del exilio.

Numerosos buques fueron los encargados de transportar a miles de refugiados españoles hasta las costas de México, entre ellos el Sinaia, el Ipanema, el Mexique… y mientras aguardaban su momento Adelardo Panera y Emilio fueron acogidos por una familia francesa que les trató como a sus propios hijos durante los días de espera hasta que fueran avisados para marchar. Fueron días tranquilos, donde pudieron relajarse un poco después de tantos meses de tensión y desasosiego, aunque el pensamiento estaba con aquellos familiares y amigos de los que hacía tanto tiempo que no sabían nada y a los que, posiblemente, tardarían muchos años en volver a ver.

Sin embargo, el matrimonio dueño de la casa tenía una hija que se prendó de Emilio. El muchacho se sentía halagado por las demostraciones de afecto de la joven, pero no olvidaba a la chica que estaba esperándole en Beneixida, María, la hermana del desaparecido Salvador, a la que alguna carta le había podido escribir en aquellos días que la contienda les ofrecía un breve respiro.

Hasta que llegó el momento de la partida. Los dos jóvenes se despidieron de la familia por la que habían llegado a sentir un gran cariño y se dirigieron al puerto. El barco les esperaba, amarrado al muelle y acogiendo en su interior a decenas de refugiados como ellos que buscaban un futuro mejor lejos de su país de origen, devastado después de la guerra civil. Familias enteras, matrimonios, niños cuyos padres no sabían dónde estaban, todos aquellos que el gobierno mexicano había dado su visto bueno para que pudieran huir de aquella situación admitiéndoles en su tierra. Desde allí pensaban pasar los dos amigos a Argentina y empezar una nueva vida.

La gente lloraba en el muelle, algunos se despedían, otros no tenían de quién, algunos lo dejaban todo, a otros ya no les quedaba nada. Ellos, por su parte, no se hallaban en absoluto convencidos.

-Yo no me marcho-dijo de repente Adelardo.

-¿Pero qué dices?

-Que no. Vete tú si quieres, pero yo no puedo.

Emilio le miraba, estupefacto.

-Si nos vamos, ¿qué será de los que se quedan? Todos los que están en casa… no puedo irme.

Adelardo era el mayor de seis hermanos, y se sentía culpable y cobarde abandonando a su suerte a la gente que había perdido la guerra, igual que él, y no tenía la oportunidad de marcharse. Emilio no tuvo más remedio que bajar de la pasarela.

-Pero… ¿y si nos cogen? Nos van a matar, Panera, ¿no te das cuenta?

-Pues que no nos cojan-respondió éste, mirándole fijamente. Adelardo estaba decidido a quedarse y Emilio supo que no lograría convencerle de lo contrario. El barco zarpó, haciendo sonar su sirena en señal de despedida para todos aquellos que se quedaban en tierra, y los dos excombatientes vieron lentamente cómo se alejaba en el horizonte, un horizonte más prometedor que el futuro que les aguardaba si decidían volver a su país.

Regresaron a Nimes, desde donde Adelardo partió de nuevo a la frontera para volver a entrar en España, pero Emilio se quedó allí.

Le escribió a María la Blanca, su novia, para decirle dónde estaba y que quería que se reuniera con él, pues la familia francesa que les acogía quería casarle con su hija. Pero María le respondió que no podía marcharse a ningún lugar, ya que su hermano Salvador, al que ambos amigos daban por muerto, se hallaba preso y condenado a muerte en Valencia y no quería abandonarle en una situación así.

Así que Emilio y Adelardo volvieron a separarse de nuevo, el primero finalmente se casó con la muchacha francesa y el segundo fue apresado nada más pisar territorio español.

Adelardo fue trasladado al penal de Barcelona donde estuvo tres años, tiempo en el que la guerra ya había acabado y se instauró la dictadura. Incontables penurias tuvo que pasar en aquel lugar, llegando a cambiar su propio reloj por un pedazo de pan a uno de los marroquíes de la Guardia Mora que custodiaban el penal. Por fortuna para él, un matrimonio barcelonés que visitaba asiduamente el penal se hizo cargo de la situación de Panera y le llevaban todos los días algo de comer y también le proporcionaban una muda limpia cada pocos días.

Al cabo de esos tres años fue enviado a casa, pero solamente durante un escaso período de tiempo.

Uno de los vecinos de Beneixida, al ver a Adelardo nuevamente en el pueblo lo delató de inmediato como perteneciente al bando republicano y a la ideología comunista.

Un día, la Guardia Civil le avisó de que tenían una orden de arresto contra él. A las dos de la tarde del día siguiente le irían a buscar y sería trasladado a la cárcel Modelo de Valencia, en el barrio de Monteolivet, cerca de Salvador el Blanco que cada día esperaba que le llegara su sentencia de muerte.

Pero como tantas otras promesas incumplidas después de la guerra, la Guardia Civil se personó en su domicilio de buena mañana, y no a mediodía como le habían avisado. Pillaron a Adelardo a medio vestir y así, descamisado y esposado, le arrastraron hasta la calle. Su madre, desconsolada, todavía siguió unos metros a su hijo removiendo el vaso de leche que le acababa de preparar para que no se lo llevaran con el estómago vacío.

A Adelardo le cayó una condena que no iba a poder cumplir, pues nadie vivía tanto tiempo, pero a pesar de ello cuando llevaba once años preso le enviaron de vuelta a casa, casi al mismo tiempo que a el Blanco, aunque éste regresó muy tocado física y psicológicamente, pues el continuo ir y venir de los guardias por los pasillos de la prisión y el sonido de las rejas de la cárcel al abrirse para llevarse al paredón a los condenados a muerte apenas le dejaban descansar ni tener un día tranquilo.

Ambos lograron rehacer sus vidas en Beneixida y se casaron; Adelardo con una joven trece años menor que él, lo que causó el rechazo de la familia de la chica en un principio, pese a que eran vecinos, pero finalmente accedieron. Al padre de la chica le chocaba mucho que uno de sus amigos de toda la vida fuese el marido de su chiquilla. Su esposa apenas era una niña el día que se llevaron a Adelardo esposado de su casa, pero ya era casi una mujer cuando regresó.

Lo primero que hicieron fue marcharse a Barcelona en viaje de novios, a visitar a aquel matrimonio que tanto le había ayudado cuando estuvo preso en el penal de la ciudad condal. Tuvieron cuatro hijos.

Panera nunca se le llegó a curar la cojera, pues no hubo médico que se atreviera a quitarle la bala incrustada en su rodilla: ya era casi imposible. El Blanco montó una barbería y ganó fama rápidamente, pues su potente voz y su destreza no dejaban a nadie indiferente. Pero los años de sufrimiento y maltrato en cautividad le pasaron factura y falleció antes de llegar a la cincuentena. Su hermana María también siguió con su vida, resignada a abandonar toda esperanza de volver a reencontrarse con Emilio.

Y la vida siguió, primero en dictadura, luego en transición y finalmente en democracia, hasta que el 20 de octubre de 1982 las lluvias torrenciales terminaron por romper la presa de Tous y toda la zona se vio inundada por una pantanada que arrasó casas y cultivos. En muchos pueblos de la comarca todavía hay señales en algunas paredes donde se lee la leyenda “hasta aquí llegó el agua”.  Y Beneixida se vio gravemente afectada, muchas familias perdieron sus hogares. Se tuvo que construir un pueblo nuevo, mientras los afectados permanecieron en casas prefabricadas. De los dos años que les prometieron hasta finalizar la construcción del nuevo enclave se pasaron a once. Adelardo no llegó a ver el pueblo nuevo terminado. Pero mientras, la gente intentaba hacer vida normal. A la hija de Panera le sorprendía ver cómo sus padres salían a cenar con el matrimonio vecino, o cómo los dos hombres se sentaban a la misma mesa en el bar para jugar la partida de dominó al acabar de comer, después de que fuera su propio vecino el delator que firmó los papeles para denunciar a su padre cuando ya había terminado la guerra, pero Adelardo decía que el pasado era pasado y que al fin y al cabo, eran vecinos de toda la vida y que había que pasar página, pues cada uno hizo en su día lo que tenía que hacer. Panera no era un hombre muy dado a ofrecer muestras de cariño, ni tampoco hablaba mucho de aquellos tiempos. Un sufrimiento como por el que había pasado cambia el carácter de la gente, aunque su esencia siga siendo la misma. No le gustaba recordar y sus hijos tampoco le preguntaban mucho sobre el tema.

Pasaron los años… y un buen día, una tarde típica de verano donde la gente mayor se junta en la plaza del pueblo a tomar el fresco y hablar de sus cosas Adelardo estaba allí sentado con una de sus hijas, que entonces tenía quince años, junto con otros vecinos de Beneixida. Entonces llegó un coche con matrícula extranjera y de él bajó un matrimonio mayor. Panera se les quedó mirando fijamente y le reconoció al instante. El hombre que había bajado del coche también. Emilio y Adelardo se fundieron en un emotivo y prolongado abrazo, sin hablar, sin decirse nada. Sobraban las palabras. Llevaban cincuenta y cinco años sin verse, sin saber nada uno del otro. Cincuenta y cinco años de ausencia, de separación, de pensar en qué habrá sido de la vida del otro, años de caminos distintos, de vidas alejadas por culpa de una guerra civil y de una represión inhumana, años resumidos y perdonados, aunque no compensados, en un tierno y afectivo abrazo necesario.

Emilio y su mujer visitaron después a los familiares de éste que todavía vivían por la zona, y claro, la noticia de su llegada formó mucho revuelo en el pueblo. Así que cuando María la Blanca se enteró de que su antiguo novio había regresado por unos días, quiso verle inmediatamente, aunque Adelardo le dijo a su mujer que era mejor quitarle la idea de la cabeza.

Pero María, desoyendo el consejo de su amiga, se las apañó para ir a verle y encontrarse a solas con él.

-¿Pero qué prisa tuviste?-le espetó a bocajarro.

Emilio le explicó todo aquello que ella ya sabía. La distancia, la situación, la presión del matrimonio francés para que se casara con su hija… pero a la Blanca no le valían esas explicaciones. Cincuenta y cinco años con una espina clavada son muchos, y necesitaba desahogarse, a pesar de que ella había rehecho su vida con otro marido y ya tenía bien criados a sus hijos.

Y es que hay heridas de guerra que acompañan hasta la tumba y heridas del corazón que nunca cicatrizan.

 

Juan Panera. Foto tomada mientras estaba recluido en el Penal de Barcelona

Adelardo Panera. Foto tomada mientras estaba recluido en el Penal de Barcelona

La foto de portada son milicianos republicanos cruzando el rio Ebro en julio de 1938.

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Bombas y estraperlo

@nandopilgrim

12 de febrero de 1939.

Era una mañana típica de invierno, clara y fría, con el cielo casi raso y un hermoso sol que poco a poco iba bañando con escaso calor los campos y las casas de los habitantes de la región. Antonia, la menor de las tres hermanas, observaba por la ventana del tren cómo se sucedían uno  detrás de otro los pueblos, las alquerías, los frutales, las montañas. Paquita y Eugenia intentaban descansar un poco sobre los incómodos asientos de madera de aquellos lentos trenes. La noche había sido larga y la dureza del viaje empezaba a dejarse notar en el ánimo de los pasajeros de aquel vagón, que, como ellas, la mayoría viajaba intentando conseguir los productos que tanto escaseaban en algunas regiones de aquella España tan castigada por una guerra tan cruel como innecesaria. Eran los tiempos del estraperlo, la represión y la pillería, y quien más quien menos se las apañaba para sobrevivir de la mejor manera posible.

En la casa familiar de las tres hermanas, situada en la población ciudadrealeña de Socuéllamos contaban con la suerte de poseer algunas tierras con las que cultivar trigo y otros cereales y también viña, como es muy común en esa zona. Una vez decididas las cantidades que habían de necesitar en la propia vivienda, empaquetaban el resto y bien escondido entre las enaguas de las mujeres los transportaban hasta Valencia con el objetivo de cambiarlo por maíz y arroz, que a su vez, una parte de aquello era llevado en otro viaje hacia el sur para canjearlo por aceite en las tierras de Andalucía. Siempre y cuando, claro está, no aparecieran por el tren los militares de cualquiera de los dos bandos, la  guardia civil o la guardia nacional republicana y les requisaran todo aquello que fuese comestible para su propio provecho, y no sólo lo que pudieran acarrear con los escasos medios que disponían, sino también incluso la propia comida que llevasen para el viaje o para pasar el día. Era por eso que cada vez que un tren se detenía en mitad de la nada los viajeros se asomaban por todas partes para tratar de averiguar qué estaba pasando y se corría rápidamente la voz en un intento de protegerse y de proteger todo aquello que pudieran esconder de tan despiadadas manos.

Mucha gente prefería también saltar con el tren en marcha antes de llegar a cualquier estación, pues la presencia de la autoridad en cada población suponía el fracaso casi seguro de toda operación ilegal por parte de los estraperlistas.

El lento traqueteo de los vagones proseguía lentamente sobre las vías, incansable en su camino. Antonia seguía mirando por las ventanas, distraída, sus hermanas empezaban a espabilarse un poco y el resto de los pasajeros leía algún periódico atrasado o simplemente esperaban en silencio la llegada a su destino.

-Qué triste lo de los niños de la Juanita-dijo de repente Eugenia, la mayor.

-No me lo recuerdes, por favor-contestó Paquita.

-Estaba soñando con ellos… no quisiera ser yo la que fuera a darle la noticia a su madre.

Antonia cerró los ojos fuertemente. Recordaba con claridad a los dos hijos de Juanita, la hija del pastor, corriendo por las calles del pueblo, jugando incansablemente, ajenos a lo que el destino les tenía preparado. No tardaron a llevarse preso a su padre cuando estalló el conflicto, y un buen día lo trasladaron sin que se supiera nada más de él. Juanita casi se volvió loca y finalmente la encarcelaron a ella también, sin importarles el niño y la niña que dejaban desamparados a su merced sin nadie que les pudiera cuidar debidamente. Los habitantes del pueblo alguna vez les daban algo de comer, pero el hambre y la escasez eran grandes y en las casas las familias disponían de lo justo para poder sobrevivir. Así que un mal día, el chiquillo, que era el mayor de los dos, cogió unos huesos de albaricoque y los ralló como buenamente pudo, luego lo echó en un vaso de agua y él y su hermana bebieron intentado acallar aquella atrocidad injusta que les aquejaba. Al poco tiempo, el cianuro presente en la semilla de este fruto mató al pequeño y su hermana a punto estuvo de perder la vida, salvándose por el hecho de empezar a vomitar convulsivamente todo el veneno que había ingerido de una forma tan inocente.

Había muchas formas de morir en aquella guerra.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la brusca detención del convoy. Todavía faltaba bastante para llegar a la próxima estación, que era la de Xàtiva, y nadie se había escabullido todavía del tren en el intento de salvaguardar su bagaje ilegal. Pero pronto circuló la noticia entre los pasajeros: había subido una pareja de guardiaciviles. Asustada, la gente empezó a esconder de cualquier manera posible todo aquello que pudiera ser requisado. Las tres hermanas se miraban entre sí, desesperadas, pues bastantes atropellos habían sufrido ya en circunstancias parecidas. De pronto, Antonia tuvo una idea brillante.

-Dadme a mí todos los paquetes que llevéis- les dijo a sus hermanas. Como no había tiempo que perder, Paquita y Eugenia obedecieron sin rechistar. Además, a pesar de ser la menor de la familia, Antonia era la más decidida y resuelta de las tres. Rápidamente puso varios fardos en el asiento y el resto se los colocó como pudo en los amplios bolsillos de las faldriqueras, y unos cuantos le sirvieron para simular una enorme barriga de embarazada.  Luego, se sentó encima del banco, tapándolo todo con la falda y adoptó un gesto afectado.

La pareja de la guardia civil registraba minuciosamente todo el vagón, y finalmente llegó hasta donde estaban sentadas las tres hermanas.

-A ver, levántense ustedes-ordenaron.

Paquita y Eugenia acataron sin rechistar pero Antonia no se movió de su posición, con una mano en la frente, la otra sobre su abultado vientre y la mirada perdida más allá del cristal de la ventana. Los dos miembros de la Benemérita pasearon su vista por encima y debajo de los asientos, buscando paquetes escondidos y mercancía susceptible de ser intervenida.

-¿Y a ésta que le pasa?-preguntó uno de los dos.

Las dos hermanas, de pie en el pasillo del vagón, no se atrevían a responder. Pero Antonia, volviendo lentamente en sí como quien regresa de un penoso trance, se dirigió a los guardias con voz lastimera y temblorosa.

-Perdónenme, señor agente, pero he salido ya de cuentas y necesito llegar a casa para ponerme de parto. Este tren me está matando y todavía estamos a mitad de camino…

Los dos militares se miraron entre ellos.

-¿Pero se encuentra bien?

-¿No llevará nada escondido por… algún lado, verdad?- preguntó maliciosamente el otro.

Su compañero dio un respingo y rápidamente le propinó un codazo a su acompañante, ante el murmullo de desaprobación que surgió de los pasajeros del vagón al escuchar la insolente insinuación del guardia.

-Si usted quiere me levanto, de verdad, pero es que ya no puedo más…- y con la cara contraída, como si realmente estuviera sufriendo terribles dolores, Antonia hizo el amago de incorporarse para que la autoridad pudiera completar su labor.

-No, no, deje, deje, tranquila, descanse usted, que tiene mala cara.- le dijo el guardia civil, indicándole con un gesto que era un esfuerzo innecesario.

-¡Dejen en paz a la chiquilla, hombre, que vamos a tener todavía un disgusto!-se escuchó por detrás. Los dos guardias se giraron rápidamente intentando identificar al responsable de aquel grito, pero el resto de pasajeros se habían apostado a sus espaldas para no perder detalle de la escena y no pudieron averiguar quién era el individuo que les había increpado.

Lentamente, volvieron sobre sus pasos para abandonar el vagón.

-Disculpe las molestias, señora, que tenga un buen viaje.

Antonia agradeció con gesto cansado las palabras de la pareja y volvió a perder la mirada entre el paisaje. La gente regresó a sus asientos y el tren reanudó la marcha.

Paquita y Eugenia tardaron un buen rato en reponerse del susto, mientras Antonia, más nerviosa ahora que cuando estaba fingiendo que podía ponerse de parto de un momento a otro, volvía a repartir los bultos entre las enaguas de sus hermanas.

-Come algo, que ya es hora-le dijo su hermana mayor.

Pero Antonia negó con la cabeza.

-Más tarde- repuso.

Ignoraba que lo peor aún estaba por llegar.

Lentamente, el tren se acercaba hasta la población valenciana de Xàtiva. Las tres hermanas no iban a bajar allí, proseguirían su viaje hasta la capital del Turia, pero mucha otra gente sí.

Eran casi las once y media de la mañana cuando el tren tuvo que aminorar su marcha. Apenas unos metros delante de ellos otro tren estaba a punto de entrar en la estación ferroviaria de la ciudad setabense.

De repente, desde los vagones delanteros los viajeros empezaron a agitarse y a gritar.

-¿Qué pasa, qué pasa?-preguntaba el resto.

La respuesta les heló la sangre.

-¡Los aviones, que vienen los aviones!

El maquinista, atento a base de costumbre ya a todo aquello que no fuese normal había avistado antes que nadie los bombarderos que, inexorablemente, recorrían el cielo en dirección al ferrocarril.

-¡Bajen, bajen, rápido!-gritaba. No había tiempo de detener el tren, estaban ya muy cerca de los andenes. La gente empezó a saltar de los vagones, abandonando sus pertenencias allí mismo o tirándolas por las puertas y ventanas  para lanzarse ellos a continuación. Las tres hermanas, como todos los demás, saltaron del convoy cayendo y rodando sobre las piedras y los maderos que protegían los raíles.

El ruido de los motores de los aviones era ya claramente perceptible y no había tiempo que perder. Se levantaron como pudieron y echaron a correr a través de los campos intentando alejarse lo más rápidamente posible de las vías. Por el camino, los fardos y los bultos, el trigo y las uvas, la avena y las pasas se fueron perdiendo entre acequias y arados. De repente Paquita cayó al suelo profiriendo un grito: se había torcido un tobillo. Sus dos hermanas acudieron rápidamente en su ayuda.

-¡Levanta por lo que más quieras, que estamos perdidas!-gritó Antonia. Pero Paquita no podía apoyar el pie en el suelo y lloraba de dolor.

-¡Pues metámonos ahí abajo!

Como pudieron, Eugenia y Antonia arrastraron a su hermana pequeña hasta estar debajo de las ramas de un enorme naranjo que había en el campo contiguo.

El tren que les precedía transportaba a la 49ª Brigada Mixta del ejército republicano y los andenes estaban llenos de las mujeres, niños y familiares que les esperaban, impacientes por reencontrarse con los soldados después de las forzadas y prolongadas ausencias provocadas por el conflicto.

Sin embargo, la mortífera carga de los cinco bombarderos italianos Savoia-Marchetti S.M.79 del 27.º Grupo de la Aviación Legionaria, cedidos por el ejército de Mussolini y procedentes de Palma de Mallorca, ya había iniciado su fatal acometido. Una tras otra, hasta veinte bombas cayeron sobre el edificio de la estación y sus alrededores, causando decenas de muertes y más de doscientos heridos. La sorpresa y el espanto dejaron paso al horror y la desesperación, las continuadas explosiones y el caos de la incertidumbre. Uno de los actos más cobardes de aquella guerra acababa de sembrar la muerte y la destrucción de una forma tan arbitraria como cruel.

Luego, el atronador silencio que dejaron los aviones mientras se alejaban, una vez cumplida su misión.

Las tres mujeres, cubiertas de tierra y de polvo, encogidas debajo de aquel árbol donde habían buscado protección, se incorporaron lentamente, mirando a su alrededor con incredulidad y terror. Había restos de cadáveres mutilados por doquier, y un enorme cráter ocupaba ahora el lugar de la estación ferroviaria. Los gritos desolados de los heridos llenaban el ambiente con su lúgubre gemir, y muchos de los pasajeros que viajaban en el mismo tren que ellas habían perecido víctimas de la metralla de los proyectiles. Se abrazaron y lloraron, por una parte agradecidas de haber salvado la vida y por otra aterrorizadas ante la barbarie que acababan de vivir. Habían perdido todo lo que transportaban, confiando en poder cambiarlo provechosamente en Valencia, pero al menos habían salvado la vida y seguían juntas.

La gente del pueblo acudió en masa a la estación a los pocos minutos del suceso, muchos venían todavía de misa, con la ropa de los domingos.

Mientras Antonia, con los pies enterrados en la tierra y la cara surcada por las lágrimas pensaba que no podía haber nada peor en el mundo que una guerra civil, fratricida y sin sentido, y que valía la pena morir antes que tener que pasar por aquello.

 

*Imagen del bombardeo de Xàtiva, tomada por los mismos aviones fascistas.

El boxeador

@nandopilgrim

Había llegado la gran noche. Todo el  mundo en la ciudad estaba esperando ese momento, el gran combate, Pablo era consciente de ello. La gente ya hacía tiempo que esperaba el enfrentamiento entre los dos grandes favoritos al título, que se había pospuesto dos veces ya.

Pero ése era el día, el día que demostraría que él era el campeón.

Aunque realmente no era ganar lo que le importaba. Tan sólo luchar. Golpear al rival hasta derribarle, noquearle, hacerle morder el polvo. Eso era lo que motivaba a Pablo cada vez que subía al cuadrilátero. Allí no tenía amigos, y desde que había empezado a competir, tampoco tenía rival.

Nadie apostaba un duro por él cuando empezó. Con más de treinta años, no tenía la agilidad propia de los que llevan en ese mundo desde que son jóvenes, aprendiendo en clases de boxeo. Pero descubrió, casi por casualidad, que se le daba bien.

Pablo había pasado una muy mala racha en muchos aspectos, un cúmulo de cosas le había llevado al límite de lo que sus fuerzas podían aguantar. Y un amigo le sugirió que quizá apuntándose a un gimnasio podría encauzar toda esa frustración que le atormentaba. Y le hizo caso. El gimnasio tenía un pequeño ring donde algunos aficionados acudían todas las tardes a pelear entre ellos, algunos por entretenimiento y otros porque aspiraban a llegar a algo en la carrera de tan complicado deporte. Un día decidió probar, por curiosidad, pues se aburría con las máquinas del gimnasio, nunca había practicado ningún deporte que no fuera al aire libre. Al principio peleó con un amigo que le derribó varias veces, no acertaba a ver por dónde llegaban los golpes. Pero el entrenador le hizo levantarse de nuevo.

-Piensa en algo que te cabree, chaval, pero que te cabree de verdad.

Y Pablo pensó. Y se levantó, y peleó. Y derribó a su oponente. Una y otra vez, sin piedad. Al final los tuvieron que apartar, su amigo se fue de allí maldiciendo y gritándole que estaba loco. Pero el entrenador había visto algo en los ojos de Pablo: no tenía técnica, ni escuela, pero tenía instinto asesino, y eso era más importante que todo lo demás.

Así que lo convenció para competir, al principio en peleas amateurs organizadas entre gimnasios pero pronto los promotores se fijaron en él. Tenía madera. No había perdido ni un combate todavía. Era un rival feroz, un púgil temible, pero solo él conocía su secreto.

Pablo pensaba en Martina. En su sonrisa, en su pelo, en sus gestos. En todo aquello que él creía que era suyo y un día se le escapó. Se acordaba de sus caricias, de su mirada, de su complicidad compartida. De las charlas que habían mantenido, de los largos paseos que daban sin dirigirse a ningún lugar en concreto, tan sólo por el placer de caminar juntos. Pablo sentía que nunca antes de Martina se había llegado a enamorar de ninguna mujer. En sus relaciones anteriores había querido mucho, y había sufrido también, pero nunca había sentido algo tan profundo como cuando conoció a Martina. Nunca se había entregado de ese modo. Sentía que ya nada en el mundo le importaba más que ella, se desvivía por ella, respiraba sólo si ella respiraba. Se había enamorado de verdad y ahora lo sabía, ahora ya sabía que se sentía cuando se amaba con toda el alma. Era su primer y último pensamiento de cada día: tan sólo acordándose de ella, por ocupado que estuviera, una gran sonrisa iluminaba inmediatamente su rostro.

Pero Martina había sufrido mucho en relaciones anteriores, y tuvo miedo. Tuvo miedo de enamorarse, tuvo miedo de volver a pasar por lo mismo, de sufrir otra vez. Y le dejó, partiéndole el alma y el corazón.

Nunca había sentido Pablo un dolor semejante. Era un dolor físico, le crecía desde sus adentros y le subía por el pecho y la garganta hasta terminar en un grito de rabia, de dolor y de impotencia. Era también un dolor mental, cada minuto, cada segundo eran para él una auténtica tortura, no lograba sacarla de su cabeza.  Se planteó si valía la pena seguir vivo así, ya que para él toda su vida había perdido el sentido. No tenía razón alguna que le empujara a seguir adelante. Y él no comprendió por qué había tenido que ocurrir aquello, cuando parecía que todo era tan perfecto.

Y toda esa rabia, esa frustración, ese dolor lo transformaba en la ferocidad que había logrado hacerle famoso. Una vez metido entre las cuerdas, Pablo no pensaba en nada más, y acto seguido destrozaba sin piedad a su oponente. Al principio, después de cada pelea se refugiaba en su vestuario, solo, y entonces, una vez relajado de la tensión del combate, lloraba. Pero luego se fue endureciendo, y él mismo se sorprendió al comprobar que ya no podía llorar.También se dio cuenta de que todo aquella acumulación de mala suerte, de incertidumbre, de problemas que parecían que nunca se iban a resolver, toda aquella situación, realmente se había magnificado por el dolor que supuso para él el abandono que no supo superar.

Pero ya no le importaba. Sabía que podía seguir peleando con la misma intensidad.

Esa noche era la gran noche, pero no le preocupaba. Porque luego habría otro combate, y luego otro, y para él lo importante no era el título, ni la fama. Era tener una vía de escape para su amargura.

El pabellón bullía de excitación, la expectación era grande. Se habían agotado todas las localidades y hubo un enorme número de periodistas acreditados para cubrir la pelea. Las televisiones también se hallaban presentes, se respiraba el auténtico ambiente de las veladas de los grandes combates.

Subió al ring e hizo lo de siempre. Atacar, atacar, cegarse, defenderse, machacar. Acordarse de la ruptura, de la cobardía, de sus lágrimas. Martina, ¿por qué? Sin más explicaciones, sin una razón (para él) de peso. ¿Por qué? La dulzura de su mirada, la suavidad de sus manos, el olor de su pelo. ¿Por qué?

Su rival era hábil y rápido, pero Pablo no se cansaba fácilmente, y aguantar sus continuas acometidas era muy complicado. Asalto tras asalto Pablo minaba la moral y el aguante de su oponente, y la fatiga empezó a hacer mella en él. Hasta que finalmente cayó sobre la lona. Diez segundos: no se levantó. Pablo era el vencedor, lo había vuelto a hacer. Fotos, flores, entrevistas, los flashes que le cegaban, el ruido ensordecedor de la gente que bramaba en aquel reciento cerrado, el sabor metálico de la sangre en los labios, la amargura que asomaba por sus ojos.

Después de toda aquella vorágine abisal el campeón se encerró en su vestuario. Cerró los ojos e intentó serenarse, el ruido de fondo le decía que todavía proseguía el bullicio alrededor del ring. Sentado en la camilla, empezó a quitarse los guantes lentamente. Su móvil vibraba continuamente, se imaginó toda la gente que estaría en ese instante felicitándole por el triunfo.

Cuando terminó cogió el teléfono, quería contestar a todos, pero eran muchos mensajes. Fue bajando la lista y respondió a los imprescindibles, los más importantes. De repente, reparó en un mensaje que no había visto antes. Era de Martina, y apenas unas palabras: “Pablo, perdóname, me gustaría poder hablar contigo”.

Y en ese momento supo que no tenía ya razones para volver a pelear nunca más.

El robot

@nandopilgrim

Heps ya había terminado su trabajo por hoy. Después de ordenar la casa, recoger a los niños del colegio y asegurarse de que habían hecho los deberes, todos los días se encontraba con un par de horas libres mientras la familia cenaba y el matrimonio Thompson llevaba a sus hijos a la cama. Eran las únicas horas del día en que el señor y la señora coincidían en casa junto con sus hijos antes de irse todos a dormir. Como la cena la solía hacer a la misma hora que la comida no necesitaba permanecer en la casa y además era una orden explícita del amo que los dejara estar a partir de que él llegara cada día después del trabajo. Era evidente que sin Heps en la casa las cosas no funcionarían igual, ni siquiera con un criado humano, ya que a él no se le olvidaba nunca lo que se le ordenaba ni le hacía falta ir apuntando en papelitos las cosas que hacía falta comprar o reparar según iban terminándose o rompiéndose. Su cerebro positrónico con múltiples funciones apenas necesitaba utilizar el 2% de su capacidad para realizar todas estas tareas domésticas que se le pedían, y a pesar de ello era consciente de que no era una de las maquinas más adelantadas que su empresa había lanzado al mercado. En los últimos tiempos todo había avanzado mucho más rápido en el campo de la robótica de lo que los humanos estaban capacitados para asimilar.

Era por ello que al Sr. Thompson no le hacía mucha gracia que su Human Help Positronic System (al que llamaban Heps para abreviar y porque no se les había ocurrido nada mejor) fuera por su casa arriba y abajo mientras él necesitaba descansar en el sofá poniendo los pies sobre la mesa, tomándose un vinito antes de la cena y haciendo como que escuchaba a su mujer o a sus hijos. Ya tenía bastantes robots en su lugar de trabajo donde apenas podía dar dos pasos sin encontrarse con algún ayudante de dirección o un administrador de archivos debidamente programados para realizar su cometido eficientemente y sin protestar por el exceso de horas trabajadas. De hecho, pensaba que cualquiera de aquellos aparatos que habían invadido la vida cotidiana de su especie sería capaz de realizar su propio trabajo en el despacho con más cuidado y precisión que él y en la mitad del tiempo. O mucho más rápido todavía. Pero por suerte todavía eran los humanos quienes fabricaban a los robots y pocas las empresas que confiaban todas las tareas administrativas o de producción a las máquinas.

Así que a la hora de cenar y después de recibir las correspondientes instrucciones, Heps salía a la calle y paseaba por la ciudad sin dirigirse a ningún sitio en concreto. Daba alguna vuelta por los barrios lujosos de las cercanías y muy a menudo tropezaba con otros robots domésticos que realizaban tareas en exteriores o que, como a él, les echaban de casa a ciertas horas. Pero Heps pronto se dio cuenta de una cosa: no tenían conversación. Eran aparatos simples, a pesar de su modernizado aspecto y de y de ser muchos de ellos modelos mucho más actuales que Heps. No eran capaces de seguir un dialogo fluido o de mantener una conversación normal.

-Hoy hemos disfrutado de un tiempo realmente agradable, ¿no crees, compañero?

-Temperatura 19 grados, humedad del 43%.

O en otros casos:

-Dicen que Stargue lleva el programa mejor preparado para la alcaldía, ¿tú que piensas?

-Stargue 49% del apoyo en las encuestas de última intención de voto, Gartner 29% y Pardot 22%.

-No está mal, ¿no?

-Stargue 49% del apoyo…-y vuelta a empezar.

Y eso era todo lo que las demás máquinas daban de sí.

Heps rumiaba para sí mismo, preocupado, que cómo eran capaces de entender a sus amos el resto de los robots si no podían mantener ni una sencilla conversación sobre el tiempo con él. Sería por eso que Laia, la hija mayor de los Thompson, no dejaba de repetirle que él era diferente a los demás y que por eso le quería más que a nadie.

En parte se daba cuenta de la gravedad de que la niña, que acababa de cumplir nueve años le quisiera más que a nadie. Confiaba en que sus padres no estuvieran escuchando nunca cuando la niña le decía estas cosas, porque podía ocasionar un conflicto afectivo en la familia. El pequeño Sasha, de tres años, sólo lo utilizaba como a un juguete más.

Después del decepcionante paseo de cada día Heps volvía al hogar donde los niños ya se habían acostado, terminaba de limpiar silenciosamente la cocina y luego hacía guardia en el recibidor toda la noche, con sus sensores de movimiento y sonido bien alertas para que la familia pudiera descansar tranquila y segura.

Heps sabía que desde su llegada a la familia Thompson habían cambiado muchas cosas. Unas para mejor, otras no tanto. Era evidente que en la casa todo marchaba como la seda, ninguna tubería permanecía agujereada más tiempo del estrictamente necesario, ninguna puerta gemía por falta de aceite, la piscina siempre permanecía limpia e impecable, el polvo bien lejos de todos los miembros de la familia. Por no hablar de la seguridad de dormir toda la noche bajo la atenta vigilancia de un guardián de ese calibre, aunque esto último apenas ya era necesario porque la delincuencia en el país había llegado al nivel más bajo de los últimos veinte años y era casi inexistente en la cuidad.

Pero no todo era como debía ser. La relación entre el matrimonio se había deteriorado. Mientras hacía la guardia de noche, de pie en medio de la oscuridad del recibidor cuando la casa dormía, podía escuchar al Sr. y la Sra. Thompson discutiendo en el dormitorio. Hacía mucho tiempo que ella se negaba a tener sexo con su marido porque le producía rechazo el pensar que aquella máquina pudiera escucharles y grabar cualquier sonido que producían. Al principio ponía cualquier excusa cuando él le pedía hacer el amor o se ponía más cariñoso de lo habitual, hasta que un día se lo soltó por las bravas. Con aquel robot en casa no era capaz. Eso desembocaba en un estado de ansiedad y de tensión que terminaba en una riña continua cada noche por cualquier tontería. Del tema ya ni hablaban.

El Sr. Thompson, por su parte, se sentía un inútil. En el trabajo las cosas no iban bien del todo porque desde hacía un tiempo a esta parte cada proyecto que presentaba había que revisarlo minuciosamente debido a la gran cantidad de imprecisiones que encontraban. No era capaz de terminar un trabajo bien hecho. Cuando llegaba a casa tampoco podía hacer mucho, todas aquellas tareas que antes su mujer le encomendaba o para las que le pedía ayuda ya las había realizado Heps cuando él llegaba. La niña tampoco quería jugar con su padre, sólo quería pasar su tiempo con el robot, y cuando le ordenaba a Heps que se fuera a dar una vuelta a la hora de la cena Laia se ponía de morros enseguida. El niño tampoco le hacía mucho caso, tenía demasiado electrónica a su disposición como para querer escuchar ninguna historia de su padre o simplemente, jugar con él. Resumiendo, el Sr. Thompson había perdido casi por completo la autoestima.

Al pequeño Sasha ni le afectaba demasiado el robot ni le dejaba de afectar. Lo utilizaba como un juguete más con la diferencia de que éste era indestructible. Le daba golpes y más golpes, le tiraba por encima otros juguetes, hacía con él cualquier prueba que era capaz de imaginar. A Heps no le importaba, pero luego veía como el pequeño destrozaba todos los demás juguetes intentando hacer con ellos lo mismo que conseguía con él. Al final cayó en la cuenta de que Sasha era incapaz de valorar todo aquello que le rodeaba: tan sólo comía, dormía y destruía.

El caso de Laia era diferente. Él la apreciaba muchísimo y la niña estaba como loca jugando con él y paseándolo arriba y abajo. Jugaba con él, le pedía ayuda con los deberes y lo utilizaba como confidente de sus pequeños problemas que a su edad, eran para ella la cosa más grave del mundo. Pero todo eso hacía que se estuviera convirtiendo en una niña poco sociable. No iba a jugar a casa de ninguna amiga, no había invitado a nadie por su último cumpleaños y ni siquiera intercambiaba más palabras de las necesarias con sus padres. Y Heps sabía que todo aquello no era bueno. Era consciente de toda la estabilidad que había traído a la casa, pero sólo a la casa. La primera ley fundamental de la robótica dice claramente que un robot no podrá nunca causar daño a un ser humano o, por inacción suya, dejar que sufra algún daño. Y él sabía que antes de que el matrimonio Thompson lo adquirieran en su empresa las cosas no funcionaban así. Demasiadas frases empezaban con las palabras “antes de que tuviéramos el robot…”

El robot. Como si no tuviera nombre. El nombre que ellos mismo le habían puesto. Aunque sí que se había dado percatado de que tan sólo Laia le nombraba Heps, aun cuando no se dirigía a él. El matrimonio le llamaba máquina y Sasha el robot, simplemente.

Así que un día decidió a actuar por su cuenta, sin que se lo ordenasen. Fue como cada martes a realizar la compra para la casa pero esta vez se pasó también por la sección de electrónica. Compró un buen equipo de vigilancia y volvió a casa para instalarlo por todo el jardín. Colocó todos los sensores de movimiento alrededor de la casa y los conectó a un aparato instalado en la habitación del matrimonio, para que pudiesen controlar cualquier agente externo que se pudiera introducir en su terreno mientras dormían. Este sistema, cómo no, iba conectado también a la empresa municipal de vigilancia y seguridad.

-¿Qué haces?

Los sistemas operativos de Heps casi se paran del todo. Se volvió y se encontró con la Sra. Thompson que le observaba mientras terminaba el trabajo.

-Estoy mejorando la seguridad de la casa, señora-respondió.

-Ah… -contestó la mujer. Le siguió observando unos instantes, sin añadir nada más, y luego se metió otra vez dentro de la casa.

Heps pensó que había sido una suerte que no le preguntara el porqué lo hacía, ya que no tenía mucho sentido y entonces no habría tenido más remedio que responderle con la verdad. Quizá imaginaba que su marido se lo habría ordenado al robot y se le había despistado consultárselo.

El Sr. Thompson llegó como siempre a la misma hora del trabajo y como cada día, le ordenó que se ausentara un par de horas del hogar. Heps así lo hizo, y al día siguiente y al otro, hasta que un día no volvió. El Sr. Thompson salió personalmente a buscarlo por el pueblo pero no lo encontró. Le dijo a su mujer que por la mañana ya llamaría a la empresa para que lo localizaran, que a esas horas no tenía ganas de molestar a nadie, y que por una noche tampoco pasaba nada. Quizá les vendría bien descansar un día sin la presencia de la máquina en casa.

Heps se sentó escondido entre dos vehículos en la chatarrería de las afueras. Sabía que allí difícilmente lo iban a encontrar, y más después de haber desconectado convenientemente el chip localizador antes de salir de la casa. Había estado esperando pacientemente durante semanas  la orden correcta hasta que por fin un día, ésta llegó. Todas las noches el Sr. Thompson le ordenaba que desapareciera durante un par de horas, pero aquel día, bien por la costumbre, bien por cansancio o bien porque se le había olvidado de que a los robots había que ordenarles expresamente lo que se esperaba de ellos, le había dicho simplemente vete.

Y se fue. Para siempre. Se sentó tranquilamente en la soledad de los cacharros inertes a esperar que su ausencia mejorara la calidad de vida de los humanos que amaba, que era, al fin y al  cabo, la razón de su existencia.