Archivo de la categoría: Literatura

La sirena

@nandopilgrim

Siempre llega un momento que nos pilla de improviso y nos remueve todo por dentro de mala manera. Puede ser un libro, una canción, una frase o una película. Y nos pilla de repente, como un soplo de viento, frío y traicionero, que sentimos calar hasta lo más profundo de nuestros huesos.

Y es en ese momento cuando necesitamos escapar, aunque sea de nosotros mismos.

A Israel le pasó algo parecido. Se levantó de buena mañana aprovechando que tenía el día libre, hizo dos o tres recados que ya estaba dejando pasar con demasiada pereza y al volver a subir al coche se dio cuenta de que no sabía qué hacer con el tiempo que le quedaba. Era demasiado pronto hasta para almorzar, y no había planeado nada. Tampoco podía recurrir a ninguna amistad, ya que era un día laboral y todos sus amigos estaban trabajando. Así que decidió volver a casa y ya se le ocurriría algo, aunque probablemente se le irían las horas sin aprovecharlas, como siempre.

Puso en marcha el motor y automáticamente se encendió la radio. Y ahí estaba. Esa canción. La canción. Llevaba muchos años sin escucharla y justo en ese instante los primeros acordes de su melodía hicieron su aparición por los altavoces del coche. Al principio sonrió con nostalgia, mientras maniobraba para salir del aparcamiento y enfilaba la próxima rotonda. Pero luego las palabras entraron por su oído acariciándole lentamente su alma y su corazón, y al cabo de dos minutos ya tenía los ojos anegados en lágrimas. Tuvo que parar en el arcén. Y estando allí detenido, con el motor en marcha y los cuatro intermitentes, ya no escuchaba la voz de la locutora dando paso a otra canción. Sentía que necesitaba escucharse a sí mismo, y eso era algo que hacía mucho tiempo que no hacía. Así que retomó la marcha y puso rumbo a su lugar favorito: la playa.

Tan sólo veinte minutos le separaban de la población costera más cercana, y cuando llegó se fue a buscar un refugio entre las rocas. Allí se sentía a gusto, sintiendo esa soledad de vez en cuando tan necesaria para el espíritu. El mar aquel día estaba bastante calmado, las olas apenas llegaban a mojar las primeras piedras de la escollera.

Hacía mucho tiempo que no se visitaba a sí mismo, que no se ponía de cara al mar.

Al principio no pensó en nada concreto, simplemente dejó la mente en blanco y se limitó a observar distraídamente el vaivén de las olas sobre la piedra más cercana. Algunos pequeños moluscos continuaban adheridos a ella, sin importarles demasiado la presencia de Israel ni el efecto del sol que poco a poco empezaba a calentar aquel tibio día de invierno.

Luego las ideas fueron acudiendo sin ser llamadas a su cabeza. Su trabajo, su familia, su pareja. Todo aquello que es importante pero que nunca nos paramos a pensar detenidamente en ello, viviendo día tras día rutinariamente sin cuestionarnos ni plantearnos nada, sin pisar la línea que marca la frontera de nuestra zona de confort.

Su mundo interior empezó a derrumbarse empezando por su trabajo. No era feliz con lo que hacía, tampoco estaba ni de lejos relacionado con lo que había estudiado, pero le daba un sueldo a final de mes y con eso se estaba conformando desde hacía varios años. Nunca se había planteado la opción de marcharse a otra ciudad a trabajar en lo suyo, aunque sabía (o hubo algún tiempo en que lo supo) que oportunidades había.

Con sus amigos tampoco se podía plantear muchas opciones, eran los que eran y si bien no compartía del todo sus gustos y aficiones al menos siempre estaban ahí dispuestos a reunirse para tomar una cerveza o ir a ver algún partido de fútbol. Aunque cada vez menos, porque claro… algunos se habían casado ya, otros tenían incluso hasta hijos, otros trabajaban los fines de semana y alguno vivía demasiado lejos.

Llevaba tres años viviendo con su pareja, y tampoco se había planteado nunca si era feliz del todo. La monotonía se había instaurado en sus vidas, como ese caballo que se planta en medio del tablero de ajedrez y no hay quien lo capture. Hacían algunas cosas juntos, pero cada vez menos. Prácticamente la vida en común se limitaba a ver absurdos programas de televisión tirados en el sofá y un cine de vez en cuando. Las conversaciones de siempre, los silencios de siempre. Ya casi ni discutían por nada, del mismo modo que no se entusiasmaban por nada. ¿Qué les seguía uniendo? Quizá, pensó, el pánico a quedarse solos. La comodidad de tener una relación, de tener calladita esa parte del cerebro en que nos han inculcado que tienes que estar con alguien porque solo no estás bien. El miedo a empezar de nuevo.

Las olas iban y venían, en silencioso desgaste contra algunos granos de arena que se escondían entre los agujeros de la piedra, siendo lenta y mecánicamente engullidos por la inercia del agua. Y se dio cuenta de que así, casi sin percatarse, todos aquellos sueños de juventud se habían ido resbalando de su vida poco a poco para perderse en el fondo de un mar del cual ya nunca los podría recuperar. O eso pensaba él.

Empezó a agobiarse, y se maldijo a sí mismo por pensar tanto y en tantas cosas. De repente, unas gotas saladas golpearon su rostro, sacándole momentáneamente de su ensimismamiento. Sorprendido, miró al cielo y al agua, a izquierda y a derecha, pero todo continuaba igual de calmado que antes. Nada había perturbado la tranquilidad del oleaje. Volvió a concentrarse en sus pensamientos, y empezaba a verlo todo cada vez más negro, más sombrío. Entonces cayó en la cuenta también de que ya apenas sonreía, su cara reflejaba siempre una expresión adusta y seria, cuando recordaba que tan sólo unos años atrás la gente le decía que su sonrisa ofrecida siempre sin esperar nada a cambio era a menudo lo mejor que le había ocurrido ese día.

Soltó un bufido y miró al cielo otra vez. Y de nuevo, esta vez en más cantidad y con más intensidad, una nueva salva de gotitas saladas cayó sobre su rostro, mojándole además la sudadera. Fijó la vista en la porción de agua que tenía delante, esperando encontrar algún pez grande que anduviera chapoteando, o alguna gaviota pescando, pero nada de eso halló. En lugar de eso, a un par de metros escasos de la roca donde se había sentado vio algo que nunca había esperado encontrar: una sirena. No era una sirena como la que pintan en los dibujos animados o en los cuentos infantiles, de larga cabellera y hermoso rostro, pero era una sirena sin duda alguna. Su torso humano y su larga y escamada cola de pez así lo confirmaban. Y le estaba mirando fijamente con unos ojos penetrantes y bellos, profundos. Abrió la boca dos o tres veces seguidas, aturdido por la sorpresa, pero no se le ocurrió pensar que aquello era imposible, que probablemente estaba sufriendo una alucinación o que simplemente, las sirenas no existen. En cambio, recordaba todas aquellas lecturas de las que tanto disfrutaba cuando era niño y que tenían que ver con los mares y los océanos, las aventuras a bordo de un barco pirata, un ballenero o un submarino con una tecnología que casi se escapaba de la razón humana. La isla del tesoro, Moby Dick, 20.000 leguas de viaje submarino; todos esos libros y sus argumentos volvieron de repente a su memoria como una ventana abierta desde donde podía observar una época más feliz y más sencilla. Un mundo desconocido de barreras de coral, fosas marinas, animales extraordinarios y galeotes hundidos en batallas legendarias. Un mundo al cual la sirena le estaba invitando a entrar, haciéndole gestos con la mano para que le acompañara a lo más profundo del océano.

Israel no sabía qué hacer. Por una parte no podía dejar de mirar a la sirena, hipnotizado por sus brillantes ojos que le prometían enseñarle todas aquellas maravillas con la que tantas veces había soñado.

Por otra parte nunca le había pasado algo así. La sirena le volvió a tirar agua, y con gestos más enérgicos le indicaba que le acompañara. Su sonrisa le inspiraba confianza, y sus ojos le ofrecían la amistad de una criatura noble y sin malicia. Se incorporó y se dispuso a lanzarse al agua, pero una especie de vértigo repentino le detuvo.

¿Y si se ahogaba? Él era muy buen nadador, pero vivir debajo del agua era otra cosa. ¿Y si no conseguía adaptarse a un medio desconocido para él? ¿Y quién le aseguraba que las intenciones de la sirena eran buenas y amistosas? Su instinto le decía que no tenía de qué preocuparse, pero aún así recelaba. ¿Y si le decepcionaba todo aquel mundo que él se había imaginado desde su niñez como algo mágico y extraordinario? Tenía respecto a esa idea las expectativas muy altas y no estaba dispuesto a que se derrumbara aquello también.

La sirena, como adivinando sus pensamientos, le miraba ahora con una expresión de tristeza, esperando su decisión. Volvió a indicarle que se lanzara al agua, aunque esta vez con menos energía.

De repente un fuerte chapoteo asustó a Israel, que estuvo a punto de caer al mar al resbalar sobre la roca. Una pareja de amigos pasaban muy cerca de la escollera con su kayak, golpeando el agua con sus remos y provocando el ruido que le había sorprendido. Israel les contempló unos instantes mientras se alejaban, y luego volvió a mirar entre las rocas. La sirena había desaparecido.

De vuelta a casa, escuchando de nuevo en la radio tontas canciones con letras comerciales y sin alma, Israel se reía él sólo de la visión que acababa de tener, y ya se le habían olvidado todos aquellos negros pensamientos sobre sus sueños, su monótona relación, su trabajo y demás historias que no tenía demasiado sentido plantearse porque al fin y al cabo, su vida era así, la había elegido él y no tenía de qué preocuparse.

Mientras tanto, la sirena nadaba mar adentro, decepcionada por el comportamiento de aquel humano que a gritos estaba pidiendo ayuda, y que en el último momento había rechazado la posibilidad de ser feliz y descubrir un mundo que ni siquiera estaba cerca de poder imaginar.

20170307_102400-1

Anuncios

Mi pueblo

@nandopilgrim

Me encantan los veranos en el pueblo. Concretamente el mes de agosto, cuando la mayoría de la gente vuelve para pasar sus vacaciones.

Es entonces cuando se oyen las risas de los niños en la piscina pública, inédita de bañistas hasta ese momento, y los reencuentros de la gente que se ve tan sólo de año en año en los dos únicos bares del lugar y que están en la plaza mayor.

Es cuando las abuelas reviven la ilusión por cocinar los mejores dulces y postres para sus hijos y sus nietos y cuando las casas viejas, abandonadas durante casi todo el año o apenas con uno o dos inquilinos perennes se vuelven a llenar de alegría, de voces y de jaleo.

Se oyen también, casi siempre a la hora de la siesta, los pelotazos que propinan los más pequeños con el balón nuevo de fútbol contra las paredes de algún corral, como si ellos no sintieran el calor ni necesitaran descansar después de comer. Es esa época cuando el abuelo que siempre va solo al campo llena el carro de chiquillería y, empujados por un paciente mulo se los lleva a que se bañen en las acequias y cacen las lagartijas que toman el sol en los muros de los huertos para cortarles el rabo.

Y cuando está anocheciendo se puede disfrutar de la algarabía de los pájaros que corren a retirarse escondiéndose entre las ramas más frondosas de los árboles. Es un espectáculo que las prisas del día a día no nos deja apreciar.

El viento trae el fresco olor a heno de la siega, que es temporada, y después de la cena la gente saca la silla a los portales abiertos de las casas y hablan sobre todo lo que tienen pendiente, cuentan todo lo que saben e inventan lo que no. Si te acuestas con las ventanas abiertas es probable que te enteres de todo lo que se comente en tres o cuatro conversaciones diferentes a la vez.

Luego llegan las fiestas de agosto. Las de la Virgen, las mismas que en casi todos los pueblos, o las del fin de la cosecha para la gente que no quiere acudir a ningún acto religioso, aunque les cueste luego aguantar el sermón del cura cuando se los encuentra en el bar porque ya se sabe: si Mahoma no va a la montaña…

Se colocan las luces y los banderines de colores por las calles y la gente se pone esos trajes típicos regionales que sinceramente, creo que están hechos para el invierno y no para el verano; no hay más que verles las caras enrojecidas por el sofoco a los chicos y las chicas que valientemente acuden a los actos oficiales de las fiestas.

Entonces hay verbenas y pasacalles, y tiran tracas y petardos, algunos se equivocan de casa a la hora de ir a dormir cuando ya está amaneciendo y otros directamente duermen la borrachera en la fuente. Pero la plaza del pueblo llena de mesas y sillas cuando la gente sale a cenar mientras la orquesta ameniza la velada, las luces de colores, las guirnaldas, los niños correteando detrás de los perros que se acercan a por un pedazo de las sobras, todo ello es probablemente la imagen más alegre de cada verano.

Alguna anciana llora quedamente mientras recuerda a su marido que tanto le gustaban estos momentos y este año no ha llegado a disfrutarlos, y se consuela con la compañía de otra cuyos hijos este año han preferido irse al Caribe a pasar sus vacaciones tirados en una tumbona todo el día tomando el sol sin hacer absolutamente nada más que perder el tiempo.

Luego, cuando ya se acaba la procesión del día grande de las fiestas al poco empiezan las tormentas típicas de finales de verano. Se ennegrece la tarde y los chaparrones se suceden en breves intervalos mientras un airecillo con aspiraciones de violento se dedica a recorrer las casas por dentro, refrescándolas y cerrando bruscamente alguna ventana o alguna puerta.

Después de todo esto, las puestas de sol son mucho más bonitas, y el color rojizo que colorea todo el cielo nos avisa de que el verano se termina y hay que abandonar el pueblo para volver a la rutina de siempre y hay que despedirse de esas espectaculares noches estrelladas libres de la contaminación lumínica.

Por todo esto me gustan los agostos en el pueblo. Por la vida que despierta de su letargo otra vez, por esos momentos mágicos de felicidad que no por efímeros son menos intensos. Por volver a pisar las calles de mi niñez, con su empedrado encastado en el suelo, para volver a ver las paredes blancas con las plantas colgando de los balcones, para recordar todo aquello que marcó una infancia que ya queda muy atrás.

Todo esto que echo de menos no es mío. Me lo he inventado. Yo no tengo pueblo, nací en una ciudad y crecí en otra, y ni siquiera llegué a conocer a mis abuelos.

No tengo dónde volver cada agosto, por eso envidio a quienes sí lo tienen y me apena ver a quien no lo valora.

Porque hay raíces que solo rebrotan una vez al año.

Sueños non gratos

@nandopilgrim

Otra noche igual, casi en blanco, sin apenas descansar, en mitad del sueño y de la desesperación. Otra mañana en que se despertaba sin saber muy bien qué había soñado y qué había pasado en realidad, sabiendo que se llamaba Jacinto y que estaba en su casa porque la chica que vivía con él, Nuria, así se lo repetía.

También le decía que era su novia.

Pero él no se acordaba de nada. Ni de quién era, ni de qué hacía allí, ni de nada. No sabía cuál era su trabajo, ni sus amigos, sus aficiones…

Aquel accidente le había borrado de la cabeza toda información. Así que no tenía más remedio que creer lo que Nuria le iba contando.

Si bien era cierto que cuando despertó en el hospital fue su rostro lo primero que vio, no le produjo ninguna sensación. No sabría decir si la amaba, si la quería como a una hermana o si era lo que en ese momento representaba para él: una auténtica desconocida.

Pasaba los días en casa, viendo la televisión y perdiendo el tiempo, sin poder salir solo por miedo a perderse, y yendo a revisiones periódicas al neurólogo para comprobar que, al menos, su memoria no se había deteriorado más todavía. El médico era de la opinión de que la recuperaría con el tiempo, y que sólo tenía que tener paciencia.

Jacinto se extrañaba de no encontrar nada en el piso que le recordara a su vida pasada, pero Nuria le dijo que él tenía su propio piso y que vivían cada uno en su casa, pero que en su estado no podía dejarle ir allí. Él quiso insistir, pues pensaba que quizá una visita a su hogar le traería recuerdos a la memoria, pero Nuria lo negaba alegando que era demasiado pronto. Le enseñaba algunos discos y libros que decía que él le había regalado, pero no se acordaba de nada.

De todos modos, decidió seguir el consejo del médico y esperar a que pasara un tiempo, a ver si con ello conseguía resolver algo.

Una noche, estando en la cama, Nuria le dio una patada. Jacinto se despertó sobresaltado, y ella se disculpó diciéndole que hablaba demasiado en sueños y no la dejaba descansar. Ya no volvió a dormirse en toda la noche temiendo molestarla.

Pero esto siguió sucediéndole en los días siguientes

Jacinto pensó que quizá aquello le podría ayudar a recuperar la memoria. Una mañana, cuando Nuria ya se había marchado a trabajar salió de casa con una libreta para ir apuntando el nombre de las calles por donde pasaba hasta que encontró lo que buscaba: una tienda de electrodomésticos. Compró una grabadora pequeña y volvió al piso. Por la noche, antes de acostarse, la encendió y la colocó en la mesilla de noche de manera que Nuria no pudiera verla, pues no quería contarle por el momento para qué la quería. Como no sabía si iba a funcionar prefería guardar el proyecto en secreto. Además, Nuria se portaba muy bien con él pero había momentos en que su carácter le sorprendía un poco, y no quería decirle que había salido de casa solo. Le asustaba su posible reacción.

La primera noche apenas obtuvo resultados. Algún quejido, alguna risa, palabras unidas incoherentemente. Pero poco a poco fue consiguiendo algo más concreto, sobre todo a partir de que su novia le desterrara al sofá del salón porque apenas la dejaba dormir. Al descansar peor en aquel incómodo sofá, Jacinto tendía a hablar más en sueños.

Y la pesadilla se repetía. Ana, Iván, llanto, arrepentimiento. No conseguía unir correctamente todos los datos pero iba entendiendo de qué se trataba.

Iván podría ser un compañero de trabajo o un amigo, y Ana era su mujer. Pero Jacinto había mantenido relaciones con ella e Iván les había descubierto.

A medida que escuchaba las cintas y se convencía de ello, las borraba. Lo último que quería en el mundo era que Nuria se enterara de aquella historia. A menos que ya lo supiera, claro, pero ella nunca le había hablado de ello.

Con el paso de los días las grabaciones eran cada vez más explícitas. Parecía que aquello sí que le ayudaba a recuperar su memoria, pero solo mientras dormía. Al menos ahora también podía recordar imágenes. Reconstruyó una escena posible.

Él estaba en la cama con Ana cuando llegó Iván y discutieron. Su amigo le amenazó con despedirle. Era, pues, compañero de trabajo además, o su jefe seguramente. Estaba muy dolido, pues parecía que entre los dos había mucha confianza. Iván le reprochaba a Ana que sólo estuviese con él por su dinero, y que había sido así desde el principio. Jacinto se encontró en medio de aquella discusión viviéndola en tercera persona. Eran ellos dos los principales protagonistas.

Lo que no podía era recordar dónde estaban. Cada vez que escuchaba las cintas y reconstruía la escena se la imaginaba en el propio dormitorio del piso de Nuria. No conseguía acordarse de ningún detalle. Ni siquiera de las caras de Iván y Ana.

Su rutina cada vez le aburría más y más y no podía remediarlo de ningún modo. Nuria se levantaba, se iba a trabajar, casi todos los días volvía con algo de compra, cenaban, veían la televisión un rato y se acostaban. Desde que le había desterrado al sofá ni siquiera hacían el amor ya. Tampoco sabía a qué se dedicaba ella, aunque cuando le preguntó le dijo que trabajaba en unas oficinas.

Cada vez que Jacinto intentaba averiguar algo sobre su pasado su novia le insistía en dejar el tema. Le decía que era el médico el que tenía que marcar las pautas y que su memoria tenía que regresar de un modo gradual, sin forzar nada. Jacinto, evidentemente, no estaba para nada de acuerdo, pero no se atrevía a llevarle la contraria. Le costaba imaginar qué le había llevado a enamorarse de una persona como ella y no se sorprendía de haber tenido un lío con otra, dadas las circunstancias.

Cuando Nuria le levantó el castigo de dormir en el sofá, los episodios de hablar en sueños prosiguieron. Hasta que un día Nuria mientras desayunaban le preguntó:

̶  ¿Qué es lo que tienes en la guantera de tu coche, cariño?

Jacinto no supo qué responder.

̶  ¿A qué viene eso?

̶  Tú sabrás, que lo repetías mientras soñabas. Que lo tenías todo allí  ̶  añadió.

Jacinto no sabía siquiera si sabía conducir, ni qué coche tenía. Pero la cinta le reprodujo más tarde que lo que decía Nuria era cierto. Había dicho en sueños que todo estaba allí, en la guantera de su coche.

Pero al día siguiente la grabación le reveló una sorpresa desagradable. Ya no era tan sólo su voz la que había quedado registrada, sino la de Nuria también. Y le preguntaba si se acordaba de dónde había dejado las llaves del coche, y él le respondió que no, pero que tenía una copia en el frutero de su cocina.

Por la noche, mientras Nuria se duchaba, Jacinto registró su bolso. Allí encontró un documento de identidad, el de Iván, y dos cartillas de ahorros, todo ello metido en un sobre. Iban las dos al nombre de su amigo y de Ana, su mujer. También había tarjetas de crédito. Al ver la foto en el dni le reconoció de inmediato: era él, su jefe y su mejor amigo de toda la vida. Jacinto se sintió miserable, pero no supo adivinar por qué Nuria tenía aquellos documentos en su poder, siendo, seguramente, lo que él guardaba en la guantera de su coche.

Mientras cenaban se armó de valor y preguntó, como quien no quiere la cosa, por Iván. Le dijo que se había acordado de él de repente.

Nuria pareció sorprendida, pero se alegró de que fuera recuperando la memoria. Le dijo que esa misma mañana había hablado con él, que no tenía que preocuparse por el tiempo que llevaba de baja, que tenía el puesto asegurado y que cuando estuviera un poco más recuperado para asimilar más información se pasaría por casa para hacerle una visita. Jacinto no sabía en ese momento si aquello era bueno o era malo, pero, como todo, el tiempo lo diría.

Nuevas grabaciones le aportaron más datos. Su amigo había conseguido dar un buen golpe con sus negocios y Ana y Jacinto planeaban robarle todo el dinero y marcharse a otro país. No daba crédito a lo que escuchaba cuando reproducía las cintas. Era todo demasiado frío y despiadado, demasiado irreal. No había humanidad alguna en aquella historia y él se negaba a aceptar ese yo que apenas reconocía. No podía creer que en esos sueños hablara de él mismo. Quizá antes de perder la memoria era así: traidor, infiel y un ladrón, una persona sin escrúpulos.

Y llegó la pesadilla definitiva.

Ana y Jacinto se hallaban en la cama cuando llegó Iván. Discutieron. Su amigo no podía creérselo. Incluso lloraba. Ana gritaba acusando a su marido de que nunca la había querido. Él decía que no era cierto. A su vez, él le reprochaba que sólo le quisiera por el dinero. Una pistola apareció en manos de Ana, Jacinto intentó impedirlo, empujó a Iván y este se golpeó la cabeza contra la mesilla de noche.

La mesilla de su propia habitación. Luego, la oscuridad y el silencio.

Jacinto no tenía ninguna duda: Iván estaba muerto y Nuria le mentía. Quizá por ello tenía sus documentos. Quizá ya conocía toda la historia. Quizá le iba a acusar de asesinato y las cartillas y el dni eran la prueba.

Pero ¿y Ana? ¿Qué había pasado con ella?

Jacinto no tenía ni idea pero aquello le inquietaba sobremanera. Había descubierto que además de engañar a su mejor amigo y a su propia novia, le había matado. Fue un accidente, sí, pero por su culpa.

Aquella noche Jacinto apenas pudo dormir. Sus sueños intranquilos se convirtieron en pesadillas que desembocaban en bruscos despertares. Nuria intentaba consolarle cada vez que se incorporaba, sobresaltado. No estaba enfadada, sino más bien comprensiva y Jacinto lo agradeció, aunque no lograba mitigar su desasosiego con sus caricias.

Volvió a soñar. La discusión, la pelea, el golpe en la mesilla. Se despertó sudando, dormía de lado y sus ojos tropezaron directamente con el mueble. Y  sí, allí estaba el golpe. En la mesilla de noche de la habitación de Nuria.

Que también era la habitación de Iván.

Jacinto saltó sobre la cama y se volvió hacia ella.

̶  Tú eres Ana, ¿verdad?

Ana, lentamente, levantó el arma y disparó.

Tortilla de patatas

@nandopilgrim

Me acababa de sacar el permiso de conducir pero aún no tenía coche. Trabajaba, tenía a mis amigos, mis aficiones… no me podía quejar. Aún no era consciente de muchas de las preocupaciones que pueden atormentar a una persona adulta, ni tener idea siquiera de en qué circunstancias puede verse uno envuelto, ni de cuáles son las consecuencias que a veces nos traen las decisiones tomadas desde el fondo del abismo del dolor y la desesperación.

Una noche de tantas. Invernal, fría, ya hacía tres o cuatro horas que se había escondido el sol y era hora de cenar. Pero antes fui a bajar la basura. Mis padres ya habían terminado de poner la mesa y no debía retrasarme.

De repente un desconocido me aborda en la misma calle. Me pilla absorto en mis propios pensamientos y le pido que me repita lo que me ha dicho, pues no le he entendido.

̶ Que si me puedes dar algo de comer.

Le observo bien. Es un hombre de unos cincuenta y pocos años, bajito, con el pelo canoso y unos ojos azules muy claros y muy profundos. Cansados. Lleva unos pantalones vaqueros desgastados, una cazadora marrón y una mochila en la espalda. Su actitud es decidida pero al mismo tiempo parece que ha vivido muchos años más de los que aparenta y que justo en este momento, no quiere vivir más. No sé qué decirle.

̶ No llevo dinero ̶ le respondo, finalmente.

̶ Me da igual, un trozo de pan, cualquier cosa… ̶ no se mueve de la acera. Tampoco es que me impida el paso, pero no puedo dejarle así. Tiene algo que me inspira confianza. Y parece que yo a él también, por lo que me cuenta a continuación.

̶ Acabo de salir de Picassent, (del centro penitenciario) ¿sabes? hoy mismo, no tengo nada… He llegado hasta aquí haciendo autoestop y voy a Gandía.

̶ ¿Y por qué estaba allí?

Mi miró con tranquilidad y respondió sin titubear.

̶ Maté al hombre que violó a mi hija hace dieciocho años. Tengo hambre, no tengo dinero, y necesito llegar allí, a casa de mi hija. No sabe que ya he salido.

̶ ¿Su hija… vive en Gandía? ̶  Sinceramente, no sabía qué decirle.

Pero él me entendió, y con un enorme suspiro de tristeza, me respondió.

̶ No, ésa no. Tengo otra. Mi hija… no ha venido  a verme nunca a la cárcel. No sé dónde está ni dónde vive.

Aquello me encogió el corazón. Eso era durísimo. No podía ni imaginar el dolor de aquel hombre encerrado en una celda durante dieciocho años sin que su hija fuera a visitarle ni una sola vez.

Le dije que esperara dentro del portal del edificio para no padecer más las inclemencias de aquella noche y subí a casa. Íbamos a cenar ya. Le dije a mi madre que un hombre me había pedido algo de comida, y que si le podíamos ofrecer algo. Mi padre se enfadó. Me dijo que estaba loco por pararme a hablar con cualquier persona de la calle y más a esas horas. Sabía que no le iba a gustar, pero tenía que hacerlo. Mi madre, finalmente, cogió una barra de pan y preparó un bocadillo de tortilla de patatas, que era lo que íbamos a cenar aquella noche. Bajé la escalera y se lo di, y luego le acompañé hasta donde empezaba la avenida que le llevaría hasta la Plaza de España, donde había una gasolinera y por donde pasaba la carretera que lleva a Gandía.

̶ Algún camionero o alguien le podrá recoger y acercar hasta allí  ̶  le dije. El hombre me lo agradeció dándome la mano y se marchó, caminando despacito entre los árboles de la avenida.

Esperé hasta que le perdí de vista y luego volví a casa, cabizbajo.

Dieciocho años.

Dieciocho años por matar a un hombre.

Por matar a un hombre que con total seguridad habría cumplido menos tiempo de condena por haber destrozado la vida de una joven, marcándola para siempre con el recuerdo de un momento espantoso, terrible.

Prefirió que le encerraran a él antes que ver cómo aquel tipo volvía a disfrutar de la luz del sol y de la libertad, de la vida.

Vengando la afrenta cometida sobre su hija.

Aquel hombre no me pareció para nada un asesino. Ni una mala persona. Aquel hombre me inspiraba confianza y no sentía ningún temor en su presencia, a pesar de su macabra declaración. Es más, podía empatizar con él, con su situación y con lo que hizo. Yo mismo le hubiera acercado hasta Gandía si hubiera tenido con qué hacerlo, pero aún no tenía coche.

Dieciocho años por asesinato.

Asesinar: verbo transitivo

Matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante.

 ¿Es suficiente ese tiempo como castigo por quitarle a alguien la vida?

¿Es justo que siga viviendo alguien que le ha quitado la vida a una joven, sin matarla físicamente?

¿O que cumpla una corta condena y vuelva a salir a la calle, con el peligro de que vuelva a cometer tan despreciable acto?

¿Quién tiene derecho a saltarse la ley y tomarse la justicia por su mano?

¿Es justa una ley que permite que una persona así vuelva a estar en la calle?

¿Qué harías tú?

Marco

@nandopilgrim

Hui he tornat a vore a Marco. Feia temps que no el veia. De fet, vaig arribar a pensar si no s’hauria mort.

És un personatge de Xàtiva. D’eixos que no saps massa coses però que sempre han estat ahí. Com el quadre de Felip V que tot el món coneix i tots hem parlat alguna volta i molts no saben encara que és el que va passar exactament per a que estiga de cap per avall. Com Tomatito, o el Mike Canon. No conec a ningú que em sàpiga explicar que li va ocórrer, perquè ell era un xic ben templat, alt i guapo quan es va quedar així com està ara. Diuen que va caure del pont a la via del tren, aquell que porta al col·legi Claret. Ningú m’ha sabut explicar si es que va caure, o si es va voler suïcidar, o si va ser un accident. Al menys no es va matar, que ja es prou vista l’altura des d’on va caure però no es va quedar be. Camina, però coix, i no te tot l’enteniment. Va passejant per la ciutat amunt i avall sense malícia, sense clavar-se en ningú, sense fer mal. De tant en tant alça la veu perquè algú el veu passar i li crida: “Olímpic!” i clar, ell respon de seguida eufòric: “Olímpic, Olímpic!”

Pot ser no s’assabenta de tot el que passa al seu voltant, però sí de quan juga l’Olímpic a la Murta. No falla cap diumenge de futbol, faça calor o faça fred, ploga o neve, Marco no es perd ni un partit. En això i quatre coses més s’entreteté.

Quan jo anava al poliesportiu de Les Pereres a fer l’objecció de consciència perquè no vaig voler anar a la mili, ell venia moltes vesprades passejant pel terme. Aleshores eixien els xiquets del juvenil a entrenar i el concejal d’esports, que era el seu entrenador, (de cuyo nombre no quiero acordarme) em manava regar el camp de terra. Agarrava l’aparell i me n’anava cap enllà, disposat a la feina. Però clar, em calia un voluntari que premera el botonet del motor quan jo ja havia colocat l’aspersor aquell metàlic i bast, i m’enviaven a Marco. Com que el xiquets del juvenil eren tan graciosos, de vegades m’imitaven quan jo cridava al Marco dient-li que ja podia endollar allò quan ja tenia la manguera preparada, i clar, mentre la col·locava li cridaven: “Marco, enchufa!” i el pobre Marco que no se n’adonava de que era una broma premia el botonet del motor i se’n eixia l’aigua per tot arreu. Fins que un dia, una vesprada d’eixes que el sol et crema sense pietat i demanes per favor un poquet d’aire, i quan bufa resulta que és pitjor, en una d’aquelles bromes la potència de l’aigua em va arrancar l’aspersor de la mà i em vaig mullar de dalt avall, a banda d’emportar-me un bon esglai. Agraïa tindre la roba banyada amb aquella calor, però allò no anava a quedar-se així. Vaig reballar l’aparell allí mateix en la banda i me’n vaig anar cap al grup que estava entrenant fet una fera.

̶ Ramon, o els dius als teus pallasos que callen la boca o et regues tu mateix el camp! (i malediccions vàries)

Ramon, (fotre, sí que  me’n recordava del nom) concejal de l’ajuntament, amic de la família, entrenador dels juvenils, mestre d’escola i home major amb el monyo ja tot canós es va girar cap a mi molt espaiet i mirant-me de reüll, i quan ja pensava que l’havia cagat ben cagada, sense dir-me res, va agarrar aquella colla de pseudofutbolistes i se’ls va emportar a l’altre camp fins que vaig poder acabar tranquil la feina.

Ja no em van molestar més en tot l’estiu.

Però d’allò han passat molts anys, i llevat de quatre vegades que he anat a vore al Olímpic a La Murta no havia tornat a vore a Marco massa sovint.

Hui l’he vist. Estava assegut al brincalet de una tenda fullejant un llibret de propaganda d’eixos que els comerços reparteixen per les cases. Concentrat, com si estiguera llegint les pàgines de política d’algún diari seriós. Semblava feliç i tranquilot, com sempre, amb el seu semblant impassible sempre i quan ningú li cride pel carrer “Olímpic, Olímpic!”

M’he alegrat de veure’l.

Visantet i Visanteta

@nandopilgrim

1.

Visantet remugava a soles coses inversemblants que només ell entenia. Ara, a la vellea, quan ja no li quedaba cap família al poble perquè el seu nebot s’havia emportat a la seua germana a la ciutat, segons deia perque volia cuidar millor de sa mare que estaba fent-se ja major, Visantet tenia que apanyar-se-les tot sol per fer-se el dinar i el sopar i llavar-se la roba.

I des de feia un temps que havia començat a parlar a soles. Parlava de moltes coses, del gos que tenia quan era xicotet, de l’haca que se li va morir fa poc, del bancal que ningú ja anava a cuidar ni a dur-lo a pegar una miradeta de tant en tant. Els xiquets del poble quan passaven a prop del seu portal, on seia a la fresca allà a boqueta de nit quan ja no calfa tant el sol, de vegades deixaven de prestar-li atenció a la pilota i se’l miraven, entre divertits i temorosos. Vicentet no s’havia portat malament amb ells mai de la vida pero últimament semblava un poc més empardalat del normal. Que ja és dir.

I parlava molt de la guerra, aquella que tant de mal va fer a tantes cases i famílies, i sobretot parlava de Visanteta. Però d’això ningú ho sabia, perquè quan parlava de Visanteta baixava la veu més encara, i el remor de la seua veu es perdia en un gemec suau que solia acabar en una llàgrima asomant-se entre els ulls blaus que tenia i el nas, eixe amb tanta personalitat que li marcava la cara desde ben menut.

Perquè Visantet no havia oblidat mai la Visanteta, i com havia d’oblidarla, si la veia passar cada dia per la porta de sa casa?

Cada dia, per anar a missa de nou.

I ella ni el mirava, però de bon segur que sabia que ell estava allí, assegut a l’entraeta, amb la cortina del carrer mig alçada. O això volia pensar ell, que ho sabia.

Visantet maleïa tots el dies aquell matí que se’n va anar tot il·lusionat a la guerra, al front de Teruel, a lluitar per la pàtria i la llibertat. Tenia moltes anecdotes d’aquells dies i moltes històries que contar, però anaven oblidant-se-li i se li barrejaven amb altres que havia sentit i escoltat a la presó a altres companys que, com ell, fóren apresats pels franquistes abans de poder fugir-se’n d’aquell desgavell.

Va tindre sort, no obstant, el dia que confinat amb molts més a una cel·la d’una plaça de bous, al canvi de guardia un tinent el va reconèixer ja que venia del poble del seu pare i l’havia vist créixer desde xiquet. A la nit i emparats per la foscor ell i dos més pujaren a un carro i els enviaren al poble sense tindre l’honor (segons deien les males llengües) de rebre l’estocada de gràcia per part del mateix Manolete.

Llavors el seu cor tremolava d’esperança i de por alhora, i de ganes de tornar a veure la seua estimada Visanteta, i d’abraçar-la, i de donar-li el cordell amb la imatge de la Mare de Deu dels Desemparats que portava el seu germà sempre damunt, abans de que l’abatiren a tirs en la serra de Saragossa i que li havia confiat per que li’l tornara a Visanteta, dient-li que cuidara de la seua germana ja que a ell se li escapava la vida en aquella inutilitat de contesa, pobre Boro, que encara era un xiquet.

Malgrat els molts esglais patits pel camí arribaren a casa sans i estalvis, i només per descubrir que Visanteta s’havia casat el dissabte passat amb el Gabriel, un altre xicot del poble que també havia tornat del front i que sempre havia estat darrere d’ella, fins que va convéncer els seus pares i a ella també, quin remei, de que casar-se amb ell era la millor opció per a la xiqueta.

Visantet no havia pogut arrimar-se mai a ella ni dir-li res, i el dia que ho va intentar el Gabriel li va fotre una espenta que quasi el fa rodar carrer avall fins la sèquia.

I des de que va tornar la gent del poble no era la mateixa, i se’l miraven malament, i inclús algú li va insinuar que per culpa d’ell en el poble passà el que passà, sense que Visantet sabera a que es referia, perquè ell estaba presoner quan va ocòrrer tot allò i s’havia salvat de miracle, però ningú l’escoltava.

Al menys tenia sa germana amb qui vivia i l’hort per passar les hores, i els pardalets que anava a caçar i els feia criar per despres vendrer’ls a les fires d’altres pobles, i els dies, i els mesos, i els anys, perquè Visantet ja no va voler saber res de ningú, ni dels amics, ni de cap xicona que alguna vegada li va demanar que la traguera al ball de les festes d’agost.

I així fins que es va fer major, i es va quedar a soles del tot.

I totes les dies passava Visanteta per anar a missa de nou, i no el mirava, ni tan sols quan es va quedar vídua, i Visantet pensaba que ja no pagava la pena explicar-li-ho tot, ni tornar-li el cordell del seu germà, perquè a ell tampoc li restava molta vida i ja feia temps que havia après a dir-ho tot sense obrir la boca i a plorar sense que ningú el sentira.

2.

Visanteta eixia totes les dies de casa un poc abans de les nou del matí per anar a missa. Després tornava passant per la fruiteria o la carnisseria de Marieta, la seua cosina. Però al anar sempre pegava una volteta de més. En lloc d’enfilar el carrer Major i anar recta desde sa casa fins la plaça de l’esglèsia trencava per un carrer que tirava tort i que també donava a la plaça, però per un costat. No podia evitar-ho i a més amb la por sabent que el Gabriel s’enfadaria si s’enterava. Però com ell només havia anat a missa els diumenges i això si estava de bones, no li havia dit res mai. I ara, des de que s’havía quedat vídua ja no es preocupava. Però havia descobert que allò que la feia tremolar quan passava per eixe carrer no era la por de que el seu home li marmolara, i menys ara que ja no podia. Era el vore a Visantet assegut cada dia a l’entraeta de sa casa amb la persiana mig baixada. Només se li veien les cames, i a voltes mitja camisa d’eixes de ratlles que sempre es posava, sense fer distinció entre dies entre setmana i festes de guardar, però mai la cara. Ella se’l mirava de reüll i caminava més de pressa encara, sense voler.

I així totes les dies. Ja podia ploure.

Visanteta maleïa aquell matí en que Visantet se’n va anar disfressat de militar en un autobús en companyia d’altres joves del poble i dels voltants que havien baixat fins allí per anar tots junts. En aquell moment no hi havia tristor, els joves reien i cantaven i saludaven amb la gorra desde l’autobús, feliços i orgullosos d’anar a defensar la causa. A les noveletes que tenia ella a casa li semblava molt romàntic llegir sempre com una xicona esperaba enamorada a que el nuvi tornara de la guerra mentres s’intercanviaven llarguíssimes cartes d’amor. Però l’estimat de vegades tornava, i de vegades no, i ara Visanteta havera desitjat que Visantet no hi hagués pujat a eixe autobús. No volia cartes d’amor desde el front, s’estimava més anar a fer una volteta a l’era a boqueta de nit (sempre acompanyats del seu germà menut, faltaria més!) i seure al mur de la sèquia a escoltar com ell li explicava com era i com criava cada pardalet que sentien xiular.

Però se’n va anar.

I els dies passaven i les setmanes i els mesos, i de repent un dia les cartes deixaren d’arribar. Alguns joves tornaren al poble, derrotats i malferits, i poc a poc anaren arribant les notícies. Alguns no van tornar, i la xiqueta es va fer de plorar que pareixia que se’n havía eixit el marge.

I el Gabriel, un xicot del poble de bona familía que havia aconseguit tornar sà i estalvi de la guerra va començar a fer tractes amb el seu pare per les terres i els animals, i va anar arrimant-se a Visanteta, que no el volia ni vore, perquè el Gabriel anava contant pel poble que Visantet havia resultat ser un traïdor i que els va vendre a tots allà a la serra de Saragossa, on el pobre Boro havia trobat la mort sent encara un xiquet, el seu xiquet, aquell que els acompanyava a l’era sempre corrent i tirant pedres a gats i gossos. I ella no s’ho creía, però poc a poc s’ho va anar creguent i quan son pare la va manprendre per davant i li va dir que ja estaba be de tant de plorar i de fer la mà, que ja estaba en edat de casar-se i que el desgraciat ixe no havia de tornar al poble i més li valdria que ni se li ocurrira, i que el que tenia que fer era casar-se amb el Gabriel que era bon xicot i amb ell no li faltaría mai de res, ella va cedir.

I just una setmana després de la boda va tornar Visantet. I aleshores se li va barrejar tot al cor i tornava a plorar quan ningú la veia i es quedaba a soles, plorava de ràbia, de por, d’alegria i de tristesa, tot alhora, i va arribar a pensar que el que li passava es que s’havia tornat boja.

Visantet ja tenia la fama feta al poble abans d’arribar, i quan va tornar, ningú li ho va posar fàcil. Ell feia la seua vida sense molestar a ningú i mai li va dir res. Ella, les poques vegades que se’l va trobar pel carrer no es va atrevir de mirar-li a la cara.

I així pasaren els anys, i la vida, més be o més mal, amb més o menys penúries típiques de la posguerra, de la fam i del régim, va anar transcorrent sense tindre massa sal ni massa sucre. El Gabriel no va ser capaç de donar-li mai un fill i en el temps, ni de intentar-ho tampoc, ja que va començar a beure més diners dels que guanyava i a donar-se a la mala vida. No parlaven mai de la guerra, encara que també fòra cas, per a lo poc que parlaven, i ella es va quedar amb les ganes de preguntar moltes coses.

I després va morir el Gabriel, i allò la va aliviar d’una manera que no se l’esperava, malgrat de ser i de considerar-se una bona cristiana sabia que anava a estar millor així.

Però tampoc s’atrevia a anar a parlar amb Visantet i preguntar-li com estaba, i més ara que la germana se’n havia anat a la ciutat amb el seu fill major perquè estava delicada.

Fins que un dia va pensar que ja estava be de tot allò i al anar a missa de nou tornà a passar com cada matí pel carrer de Vicentet i es va parar davant de la cortina mig alçada, però ell no li va dir res. Va mirar a banda i banda del carrer i no va vore ningú més, i es va acostar a la porta espaiet per si estava dormint i va alçar la persiana.

Visantet estava assegut a l’engrunsadora on seia tots els matins,  mortet i amb mig somriure als llavis, i en la mà tancadeta asomava una medalleta de la Mare de Deu dels Desemparats, que ella de seguida va reconèixer, i no li va fer falta preguntar res més.

Ella

@nandopilgrim

No hay nada mejor después de cenar que dar un buen paseo. Te despeja la mente, te relaja, te ayuda a digerir los alimentos. En definitiva: te prepara para dormir bien.

Y eso he hecho yo. Hace el vientecillo un tanto fresco pero no llega a molestar en este último día de junio, aunque aquí en estas comarcas de interior el clima no es para nada parecido a la humedad sofocante a la que estoy acostumbrado. De hecho se me secan los labios continuamente desde que estoy aquí, no me acostumbro a este cambio.

Estas callejuelas estrechas y empedradas me vienen de maravilla para mi propósito: perderme en ellas y perderme yo también en mis propios pensamientos. Y no tardo nada en hacerlo. Admirando las antiguas construcciones y la belleza de los viejos adoquines llego hasta una calle que desemboca en una cuesta hacia lo que parece un río. Desde aquí escucho el sonido del agua. Y como es natural, bajo a ver qué me depara esa salida.

Al final de la calle hay un puente construido, según un cartel, en el siglo XVIII. Lleva nombre de santo, como la mayoría de las calles de este precioso pueblo. Me detengo un momento a contemplarlo. Está hecho enteramente de piedra, estrecho, con tres grandes arcos sobre el barranco y una pequeña capilla en mitad de su recorrido. Un carro de la época quizá no pasaba por él. Caballos y mulas sí. De pie en el centro, si abro los brazos toco con mis manos ambos muros de piedra que sirven de barandilla. Por debajo del arco central transcurre el cauce fluvial de un pequeño arroyo que sirve de afluente para el río que atraviesa la otra parte del pueblo. El quedo rumor de sus aguas es un regalo para los oídos, acompañado a intervalos irregulares por el croar de algunas ranas.

Intento imaginar a la gente de aquí cuando inauguraron el puente, cuando empezaron a cruzarlo, las mejoras que traería a sus vidas, los conflictos por pasar primero cuando la carga de dos animales a la vez no cabía y había que esperar. La mercancía que llevarían, las buenas o malas noticias que traerían, los ladrones y pícaros que quizá huyeron a través de él corriendo una noche de verano sin luna como la de hoy.

Al llegar a la mitad del puente miro abajo. El arroyo hace más ruido que el agua que realmente lleva, ayudado por las piedras que salpican su recorrido. Al mirar arriba veo un cielo despejado, sereno, débilmente empañado por la contaminación lumínica que desprenden las luces del pueblo. Seguro que cuando lo construyeron la oscuridad en esta parte era completa y se podía observar el firmamento en todo su esplendor. Quizá, pienso, un farol alumbraba la imagen del santo en la capilla situada en el centro, pero no se podría comparar a la potencia de las farolas que alumbran las calles hoy en día, por poca que sea.

Detrás de la montaña que tengo enfrente puedo ver un fuerte resplandor blanquecino. Supongo que la luna está a punto de salir, así que me apoyo en el muro de piedra esperando su aparición. Mientras, el murmullo del agua y la quietud reinante me traen su imagen a la memoria. Sus ojos claros, su sonrisa, su pelo atado en una coleta que le deja al descubierto un perfecto cuello de un blanco inmaculado.

Sus labios rojos, recuerdo sus labios pintados de rojo por encima de todo lo demás.

Y su vestidito corto de verano, alegre y fresco como las gotas de rocío al amanecer, colorido como los frutos de las zarzamoras.

Cuando la conocí me impuso de inmediato su presencia. Muy segura de sí misma, con su voz y sus gestos, su determinación. Su saber estar y su dominio de la situación.

Pero ahora sé la verdad.

En el fondo está asustada. Tiene miedo porque una vez ya le hicieron mucho daño y no es fácil recomponer un corazón joven cuando se ha roto en tantos pedazos. Su risa nerviosa y el movimiento rápido de sus ojos así me lo confirman. Puede aparentar ser la que lleva la voz cantante en cualquier circunstancia siempre que sea banal, intrascendente. Si se trata de sentimientos o de dejarse conocer un poco más, desaparece. No puede abrirse a nadie, está encerrada en sí misma como una oruga perezosa que no quiere convertirse en mariposa porque una vez ya le cortaron sus alas. Y es natural.

Tengo que saber adaptarme a su ritmo, a su tiempo. Aunque me muera de ganas de volver a hablar con ella, de invitarla a cenar, de llevarla a bailar. De hablar de todo, de su música, de mis libros, de sus composiciones, de mis escritos, de sus obras preferidas que hacen que se le ponga la piel de gallina, de los párrafos que me han sacado una lágrima alguna vez, cuando me han pillado desprevenido.

O de permanecer en silencio junto a ella, nada más. Sin hablar, compartiendo el momento. Escuchar su respiración y saber que si está ahí es porque quiere estar, porque no ha preferido estar en otro sitio. Con eso tengo suficiente.

Y esperar, porque ella vale la pena. Es así de simple. El zorro le dijo al Principito que fue el tiempo que pasó con su rosa lo que la hizo tan valiosa, destacándola por encima de todas las demás rosas. Pero esta rosa, además, ya es especial en su propia naturaleza.

“Si vas a venir a las cuatro, desde las tres ya seré feliz”, decía el zorro. Y tenía razón. Yo soy feliz sólo de pensar en volver a verla. Y ni siquiera sé si esa posibilidad existe.

A todo esto la luna no aparece. El resplandor se ha esfumado. Y me doy cuenta de que Selene[1] se acaba de ocultar, al contrario de lo que yo pensaba. No he sabido orientarme a tiempo para comprender este hecho, tan sólo me he percatado al darme cuenta de su ausencia en el cielo.

Tendré que volver a mi habitación. La suave brisa que soplaba a principio se ha convertido en una molestia un tanto desagradable. No sé cuánto tiempo llevo aquí parado. La Osa Mayor domina el cielo con claridad, mientras que durante el solsticio de verano, Orion es invisible porque el Sol está delante de ella. Son las dos únicas constelaciones que puedo reconocer.

Mientras vuelvo lentamente sobre mis pasos sigo pensando en ella. Quizá algún día le sepa escribir un poema que le devuelva la confianza, y quizá ella pueda componer la música que hace tiempo dejó de sonar en mi interior.

 

 

[1] Luna es el nombre genérico de un satélite que orbita alrededor de un planeta. La nuestra se llama Selene, y si estuviera habitada sus habitantes recibirían el nombre de selenitas.