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El último soldado

@nandopilgrim

A esas alturas de la batalla ya se podía prever que la noche iba a ser larga, y el soldado, apoyado en el marco de la puerta observaba las amenazadoras colinas que tan sólo unas horas antes le habrían parecido incluso hasta hermosas, sin ser capaz de apostar a que vería un nuevo amanecer. La situación había empeorado sobremanera con el transcurso de los minutos y tan sólo un milagro les podía salvar de la catástrofe. Su compañero, más joven y más inexperto que él, temblaba sentado en cuclillas y con los labios apretados, sin atreverse a despegarlos por no echarse a llorar. Una fatal casualidad del destino les había aislado del resto de su ejército y ahora se hallaban atrapados en una casa abandonada y medio derruida de la cual el techo a duras penas se mantenía sobre las paredes y las vigas.

Había marcas de perdigones por todos lados y un proyectil de cañón había destrozado parte de lo que tan sólo unos días antes era una acogedora cocina. El soldado no pudo adivinar cuál había sido el destino de los habitantes de la casa, quizá huyeron a las montañas cuando su valle se convirtió en un objetivo deseado por todas las partes de aquel conflicto.

Encima de una cómoda aún quedaban algunas fotos con lo que supuso que eran los miembros de aquella familia. Un hombre alto y fornido, con un amplio mostacho por bigote, junto a una mujer bastante más bajita que él y una sonrisa dibujada en el rostro. Un niño y una niña de unos siete años de edad, junto con un rollizo bebé en brazos de su madre completaban el marco familiar. El soldado pudo observar que los dos chiquillos se parecían bastante y dedujo que eran mellizos. Ahora, según la oscuridad iba adueñándose de todo, ya no podía fijarse en los detalles del destrozado salón. Su compañero era una sombra acurrucada que rezaba para que las nubes ocultaran la preciosa luna llena que de un momento a otro iba a hacer su aparición por el horizonte, pues de otra manera no tendrían ninguna posibilidad de escapar vivos de aquel lugar. El enemigo sabía que estaban allí, algún tiro suelto les había dado pruebas de ello a lo largo de la tarde, aunque no se habían acercado demasiado. Quizá no sabían cuántos eran y por eso conservaban la prudencia.

El soldado miró su vestimenta. Sus botas, sus pantalones, su casaca ajada estaban recubiertas de polvo y barro y apenas se distinguía el color original. Quizá ello les ayudaría a escapar en mitad de la noche, camuflándose entre la maleza y los troncos de los árboles.

Y de repente, una majestuosa luna se alzó en el cielo, iluminando todo el paisaje con potente y plateada claridad. Un sollozo le llegó desde el rincón donde se hallaba su compañero, mientras el soldado intentaba resignarse a su mala fortuna.

Algo se movía en la parte delantera de la casa. Observando con cuidado desde una de las ventanas pudo comprobar cómo dos hombres se acercaban sigilosamente, tanteando el terreno con precaución. El soldado apuntó lentamente y cuando estuvo seguro, apretó el gatillo de su mosquetón con firmeza. El enemigo cayó, herido mortalmente en el pecho, y sorprendiendo al otro asaltante. Esto sacó de su ensimismamiento a su compañero, que cometió la fatal imprudencia de atravesar la estancia sin agacharse para llegar hasta donde el soldado se había apostado. El segundo enemigo, que aún no se había retirado, disparó prontamente contra la ventana.

El muchacho cayó al suelo sin proferir un grito ni una sola palabra. Sólo un golpe seco al golpear con su cuerpo inerte las tablas de madera. El soldado pudo ver cómo el enemigo se alejaba sin ni siquiera comprobar el éxito o el fracaso de la misión que les habían encomendado, pero tuvo la certeza que volvería, y probablemente con más tropas.

Moviéndose lentamente y con mucho cuidado de no ser descubierto, rodeó el cuerpo del joven que yacía en el suelo de la habitación e intentó aproximarse a la parte trasera de la casa. Demasiado tarde; allí también pudo observar movimiento entre los frutales más cercanos a la casa. Por suerte, había un buen trecho desde los manzanos hasta la cerca que separaba el campo de la vivienda, pero si se acercaban por ambos frentes tenía poca resistencia que ofrecer. Realizó dos disparos intentado asustar a quien pudiera aproximarse por ese lado y rápidamente volvió a la ventana delantera para disparar de nuevo, intentando crear la ilusión de que varios soldados protegían la casa. Pronto se dio cuenta de su estupidez, pues no contaba ya con suficiente munición para hacerle frente a lo que se le pudiera venir encima.

Abatido, se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared y se dispuso a esperar. No sabía cuánto tardarían en rodearle por completo, asaltar la casa y acabar con él, pues parecía que su historia terminaba ahí.

La luna avanzaba sobre la noche, creando sombras fantasmales entre los agujeros de la metralla y los proyectiles. Ahora habían aparecido algunas nubes en el cielo, pero corrían demasiado deprisa, empujadas por un viento que se colaba por todas las rendijas de la casa provocando sonidos estremecedores. El soldado cerró los ojos, intentado abstraerse de aquella tétrica situación. De repente, un sonido que no había escuchado hasta ese momento inundó la habitación en que se encontraba. Era el llanto de un niño, de un bebé, que le heló la sangre por completo. Lloraba desconsolado, lanzando sus gritos agudos al vacío de una noche que no le podía consolar. El soldado empezó a sudar, asustado y desconcertado, sin poder apartar la vista del lugar donde se suponía que se hallaba el retrato familiar sobre la cómoda. Él y su compañero habían inspeccionado  la casa minuciosamente por la tarde, mientras el enemigo aún no se había acercado lo suficiente, buscando algo de comida o un lugar donde poder esconderse temporalmente. Y no habían encontrado nada ni a nadie, todas las habitaciones permanecían vacías, solitarias, abandonadas. Ningún lugar donde protegerse, ni un falso suelo, ni una trampilla, nada. Como tampoco había nada que comer. La ansiedad fue apoderándose de su cuerpo y los nervios dominaron su razón. Empezó a temblar, la tensión de la espera ya era suficiente cruel de por sí y ahora además se añadía aquel inesperado sobresalto.

Se levantó lentamente sin despegar la espalda de la pared, y sintió cómo se mareaba. Su tez palideció y notaba el pulso fuertemente golpeándole en la sien.

Allí no había nadie, él lo sabía.

¿De dónde provenía aquel llanto de bebé? ¿Por qué no estaba con su madre? ¿Y dónde estaba su madre? ¿Habría muerto? ¿Estaba seguro de haber registrado bien la casa?

Aquello no tenía ningún sentido.

La habitación empezó a darle vueltas y un sudor helado recorrió su cuello en forma de gruesas gotas. Cayó de rodillas e intentó taparse los oídos con las manos, pero la queja del recién nacido retumbaba en su cabeza como si lo tuviera dentro de ella. Sintió una gélida mano que se apoyaba en su hombro, calándole su frialdad hasta más allá de la piel, y se desmayó.

No supo cuánto tiempo había estado así, acurrucado en el suelo, inconsciente. Pero no debió ser demasiado, porque todavía era de noche y la luna aún brillaba con fuerza. El viento se había calmado un poco, aunque se oía el batir de una ventana contra el marco.

Miró a su alrededor. El cuerpo cada vez más frío de su compañero caído seguía en el mismo sitio. Ni rastro de un bebé, ni de sus llantos.

Definitivamente, la tensión acumulada le había jugado una mala pasada.

Tampoco parecía que había entrado nadie. Oteó por la ventana la parte delantera de la casa, pero no parecía que hubiera movimiento. Sin embargo, numerosos disparos en la parte de atrás le obligaron a echar instintivamente el cuerpo al suelo. Se arrastró hasta la parte trasera y parapetado detrás de unos barriles pudo observar la escena. Parecía que el enemigo, que controlaba todo el campo de los frutales, se había visto sorprendido de repente por la retaguardia y estaban sufriendo numerosas bajas. Como no sabía exactamente dónde estaban unos y otros prefirió no disparar ni delatar su posición, y el ruido de otra escaramuza en la parte delantera le hizo volver a su posición original.

¿Habrían vuelto a por ellos? ¿Estaban intentando salvarles? El soldado no quiso realizar ninguna conjetura sobre lo que podía estar pasando en el exterior de la vivienda, pero mientras le librara de los soldados que le mantenían rodeado, bienvenido era todo aquel jaleo.

La batalla por el control de la casa cesó coincidiendo con el amanecer. El soldado se atrevió a levantarse y se acercó a la cómoda. Ahora le parecía que la mujer sonreía más que antes e incluso el bebé parecía que le miraba, divertido. Y le pareció que le guiñaba un ojo. Se estremeció pensando en la experiencia sufrida apenas un par de horas antes y apartó la vista. De todos modos, el sol ya alumbraba la región y pronto le rescatarían.

Pero nada más lejos de la realidad. Sobre el camino que conducía a la entrada de la casa un grupo de unos diez soldados caminaba con paso firme. No eran de los suyos. Quizá habían ido a socorrerles y cayeron derrotados. El abatimiento inundó su espíritu y no tuvo fuerzas para levantar su arma. El enemigo quizá se había olvidado de que él todavía continuaba en la casa, pues avanzaban sin tomar ninguna precaución.

Entraron en la habitación sin articular palabra, e ignorándole por completo, cogieron el cadáver de su compañero y lo trasladaron hasta el patio. El soldado no supo reaccionar: estaba esperando de un momento a otro que lo fusilaran allí mismo. Los enemigos se dirigieron entonces hacia la cómoda y levantaron otro cuerpo. Se acercó vacilante, pues no había reparado en ello, y, paralizado por el terror, pudo observar cómo los soldados arrastraban su propio cuerpo para ser enterrado junto a su compañero.

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