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Confidencias: susto o muerte

@nandopilgrim

Hace muchos muchos años, un día normal y típico en el patio de mi colegio V me confió que le gustaba una compañera que se llamaba B. Yo, divertido y emocionado por la noticia fui a contársela a Q y a J en cuanto tuve ocasión. Y claro, Q y J, que gozaban de mi entera confianza fueron con la noticia a B que a su vez se enfadó con V. Evidentemente, V sabía quién era el culpable.

Nada, hoy en día se puede considerar una chiquillada pero que para mis diez años de vida supuso “montar un buen pollo”. Y eso, a los diez años, ya me enseñó una valiosa ecuación matemática: la confianza que me tenía V era equivalente a la que yo tenía con Q y con J, pero no a la que V tenía con Q y J, por lo que yo no tenía el porqué haberles hecho partícipes del secreto de V.

Y ésa fue una gran lección. Años después yo he sufrido lo mismo algunas veces, como todos, algunas más importantes y otras banales, pero que nos obligan a tomar una determinación: o dejas de confiar en esa persona o hablas con ella claramente, con sinceridad, intentando que entienda tu postura para que no vuelva a traicionar tu confianza. Y aún así, puede que te vuelva a pasar. Entonces ya no quedan muchos caminos a seguir.

Pero si somos nosotros los confidentes…

Es realmente importante saber y ser conscientes de que cuando nos cuentan algo, normalmente de tipo personal, esa persona lo hace porque confía en nosotros. A veces buscará consejos y a veces simplemente necesita desahogarse y ser escuchada. Y lo que se espera de nosotros en nuestra condición de confidentes es saber distinguir (difícil tarea) entre si debemos aconsejar o escuchar y, sobre todo, discreción.

Discreción porque lo que nos cuentan no nos pertenece aunque nos hagan partícipes de ello y porque siguiendo la ecuación arriba mencionada la persona que nos ha confiado su secreto probablemente no tenga la misma intimidad con esa tercera a la que nosotros se lo vamos a contar.

Qué poca gente conoce el peso que tiene para la otra persona el valor de nuestro silencio. Muchas veces caemos en el error de que como nos lo han contado porque querían contarlo no supone ningún contrato de confidencialidad por ello, sin pensar que realmente nos lo han contado porque nos lo querían contar a nosotros. Y ese desliz puede salir muy caro: los tópicos a veces son ciertos como aquel de que la confianza se gana con años y se pierde en un minuto.13988617_10210097403422420_2140735171_n

También puede suceder que le inspiremos confianza a una persona concreta sin que tengamos con ésta demasiada amistad, ¿quién no ha pensado en algún momento determinado “y cómo es que éste viene ahora y me cuenta sus cosas”?. Pues porque le inspiramos confianza con nuestra manera de ser, o nuestra actitud, o nuestro carácter, por lo que sea. Y aunque el intercambio de confidencias no sea recíproco no por ello tiene menos valor, ya que para esa persona tiene el mayor valor del mundo y lo hemos de respetar igual, que ése es otro fallo bastante común, el no darle importancia a lo que nos cuenta en confianza una persona que no tenga un peso lo suficientemente importante en nuestro entorno.

¿Y qué es lo que nos hace depositar nuestra confianza en otra persona? Supongo que puede haber mil motivos: porque confiamos en ella, por afinidad, por tener lazos familiares, porque pasamos muchas horas con esa persona (p. ej. un compañero de trabajo), porque está ahí en el momento oportuno o porque pensamos que nos puede ayudar. Y el tiempo es el juez que nos dirá si nuestra elección ha sido acertada o no. Quizá nos demos cuenta enseguida o quizá pase mucho tiempo, pero nunca se equivoca.

Si hemos elegido bien pues aparte del factor suerte que siempre cuenta, quizá realmente hayamos tenido una buena intuición y sobre todo hemos encontrado un buen amigo en quien confiar. Si no, pues tenemos un problema, que quizá se pueda solucionar comentándolo o quizá no tenga remedio. De todas maneras, cuando abrimos nuestros pensamientos a otra persona nos estamos tirando de cabeza a la piscina, lo hacemos continuamente, y es importante saber a quién contamos según qué cosas, porque una vez dichas pueden llegar muy lejos sin que nos enteremos.

Y cuando alguien nos traiciona lo más fácil es echarle la culpa, aunque en mi opinión lo mejor es asumir que ya no podemos confiar en esa persona y admitir que nos equivocamos al hacerle partícipe de nuestras confesiones.13988864_10210097403382419_818924597_n

La manera más segura de que nadie se entere de nada que tú no quieras que se sepa es no contarlo a nadie (muy obvio esto), pero a veces, si la situación es buena la felicidad te impulsa a querer compartirlo con alguien y otras veces, si es una situación difícil o más bien triste llega un momento en que aguantar y tragar todo uno solo es muy complicado, y como humanos que somos necesitamos un apoyo, alguien en quien poder confiar y desahogarnos.

Así que si nos han traicionado tampoco sirve de mucho mortificarse pensado “si es que soy idiota” porque todos nos equivocamos y todos necesitamos alguna vez que haya alguien ahí para escucharnos.

Podemos tener cientos de amigos y conocidos, pero gente a la que poder contar tus cosas con total tranquilidad no habrá nunca demasiada, por eso cuanto más reducido sea el círculo de confidentes menos probabilidades tenemos de llevarnos una decepción, de cualquier modo, tampoco está de más pensar dos veces antes de empezar a hablar si es realmente necesario, el calibre de lo que queremos contar y la calidad o importancia de la persona que tenemos en ese momento enfrente.

Nada que no sepáis ya.

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¡Apaga la tele!

@nandopilgrim

El título de este artículo es una orden imperativa bastante clara, y para el clima de tolerancia y respeto que me gusta promover y que intento practicar en cualquier situación quizá sea un poco excesivo, siendo mejor un “¿podrías apagar la tele, por favor?” pero ante la enorme cantidad de basura que la caja tonta vuelca en nuestras vidas cada día llega un momento en que hay que imponer un estado de Tolerancia Cero.

Y por muchas razones, voy a ver si las consigo resumir de una manera más o menos eficiente porque nada es blanco o negro, nunca.

La principal razón para ello es la pérdida de tiempo. 250409-apagar-tvRecurriendo al recurrido “para gustos, colores” está claro que a cada uno le gustan o le interesan un cierto tipo de programas, pero si nos paramos a pensar fríamente y siendo sinceros con nosotros mismos ¿cuántos tipos de programas nos aportan algo positivo en nuestro día a día? Muy muy pocos, y los que lo hacen los rechazamos porque “aburren”. El aumento de la telebasura en los últimos años es realmente estremecedor, del mismo modo que lo es el aumento de fieles consumidores de esta programación.

Desgraciadamente, las cadenas se han dado cuenta de lo que alimenta el poco tiempo libre que tenemos por norma general al día es el morbo, la risa fácil (por muy mal gusto que tenga) y la violencia. Por ello cada día la parrilla televisiva aumenta su oferta dedicada a este tipo de programas. Como Gran Hermano, Mujeres y Hombres, Sálvame, La Voz, De buena ley (que ironía), Mira quién baila, Masterchef y otros por el estilo. ¿Qué Masterchef está bien? Estaría bien si no estuviera manipulado, como se ha demostrado y como todos los realitys. apaga-la-tele-2Después están los apartados como El Peliculón o El Taquillazo, que si no muere una media de diez personas por película o aparecen tres o cuatro desnudos el film no vale la pena.

Programas culturales hay pocos y casi todos los aglutina La 2, como Página 2 o This is Opera, algunos documentales y poco más.

Los debates políticos aburren y son repetitivos, ya que hay quien defiende lo indefendible y otros se dedican a hacer propaganda del partido correspondiente. Queda el deporte y el poco cine independiente que se programa. Ah, y los concursos, que los hay de todo tipo.

Pero realmente, y es mi opinión, la televisión es una gran pérdida de tiempo.

Otro motivo es que nos atonta. Lo pienso seriamente. Nos quedamos quietos ante la pantalla sin pensar en nada, sin reflexionar, sin ni siquiera tener conversación. Y la mayoría de las cosas que vemos en ella no nos instruye, es más nos destruye  el intelecto, porque, curiosamente, parece que todo lo que dice la tele va a misa y nos lo creemos a pies juntillas. Ni nos lo cuestionamos. Y eso es muy peligroso. Los partidos políticos y las empresas publicitarias lo saben, por eso invierten tanto dinero en televisión y manipulan los informativos: porque nos lo creemos todo. Por eso tantos minutos de publicidad en las películas, especialmente si son morbosas o violentas, porque saben que más gente las estará viendo.

Hay casos de actores que hacen de malos en alguna telenovela y les han llegado a insultar por la calle o a decirles “¿pero cómo puedes dormir por las noches?”. Si hay gente que no separa la realidad de la ficción en una telenovela, podemos deducir que difícilmente se cuestionarán la veracidad de una noticia o una publicidad. Y son más de lo que nos pensamos.

La conversación que podamos tener sobre cualquier cosa en casa a la hora de comer o de cenar, que suelen ser los pocos momentos en que se reúna una familia, se ve relegada a un segundo plano por el televisor. En qué pocos hogares he visto yo a esas horas el televisor apagado.2011-01-09_IMG_2011-01-02_01.25.25__D0301.jpg ¿Y en los vuestros? ¿Y la costumbre de tener todo el día la tele encendida aunque no haya nadie mirándola? Y no me vale el argumento de que le hace compañía a la gente mayor, porque ese es un caso específico totalmente disculpable y si hablamos de la poca/escasa compañía que tiene la gente mayor más de uno/una no se va a poder disculpar a sí mismo.

Tampoco veo lógico aquello de tener un televisor en cada habitación. Lleva a lo mismo, a separar a los miembros de una familia de tal modo que prefieren ver cada uno su programa favorito antes que estar juntos. Como ya he dicho antes, nada es blanco o negro, pero no me negaréis que tiene narices la cosa.

Otro motivo importante es el ejemplo: los niños hacen todo lo que ven. Si lo que observan es que nadie habla (o le hacen callar, que es peor) por escuchar qué dice el televisor o que lo único que hacemos antes de irnos a la cama es ver cualquier cosa en tv hasta que se nos cierran los ojos van a adquirir esos hábitos para ellos mismo inconscientemente. Eso también es muy peligroso. Entre semana quizá se vayan pronto  a la cama, pero  el  fin de semana no, y los niños son esponjas de comportamientos, palabras y costumbres. 261387_181347448591677_161465307246558_519303_2055249_nEn cambio, si después de cenar, se haya tenido o no una buena conversación (no todas las cenas van a ser el guión de Redes) cogemos un libro y aprovechamos así nuestro tiempo libre vamos a ganar dos cosas: en nuestra salud y en el desarrollo del niño, puesto que va a imitar esa conducta siempre que pueda.

También creo que  son nocivos los canales infantiles “24 horas”. Cada uno tendrá su situación en casa, pero nos viene de maravilla para tener a los niños ocupados y que no molesten. Aparte de no desarrollar una afectividad eficiente con su entorno puede que disminuya su capacidad creativa, ya que al estar ocupados sin nada más que hacer que mirar la pantalla no desarrollan otras capacidades.

Pienso y defiendo que la televisión embrutece nuestro pensamiento y frena nuestro desarrollo personal, empobrece nuestra comunicación familiar y disminuye el sentido propio de los valores, ya que empezamos viendo cualquier cosa que nos parece una aberración y una barbaridad y terminamos por normalizarlo sin escandalizarnos ya apenas.

Todo en su justa medida es bueno, pero hemos sistematizado la costumbre de darle preferencia al televisor antes que a otras cosas mucho más importantes en nuestras vidas día a día. Tampoco hay que inmolarse si eres fan de las películas de Vin Diesel o seguidor de El Hormiguero o si estás esperando a que llegue cierto día de la semana para ver tu serie favorita, pero podemos cambiar muchas cosas con un poquito de costumbre y de fuerza de voluntad.

No espero que estéis todos lo que leáis esto de acuerdo conmigo, pero es mi opinión y si os hace pensar un poquito, pues mejor.

Fidelidad propia

@nandopilgrim

A ver… mira hacia a tu izquierda. Ahora  a tu derecha. ¿Ves alguna pistola apuntándote? ¿No te fías? Mira hacia atrás también, sólo por si acaso.

No, no hay ninguna pistola. Efectivamente, nadie te obliga a hacer las cosas así que no te sientas obligado a nada.

Como siempre empiezo este artículo pensando que no voy a decir nada nuevo ni que hayáis leído en otros lugares, sobretodo de personas muchísimo más preparadas que yo para hablar de cualquier tema, pero es que me sigue sorprendiendo la cantidad de gente que hace las cosas por obligación, y eso va desde hacer las cosas sólo porque las hace la mayoría hasta aguantar a esa persona que realmente no te aporta nada bueno, más bien todo al contrario, y al que aguantas por educación.

Pues ya está bien, a veces hay que mirar también por uno mismo, y yo no lo llamaría egoísmo, sino buscar el camino de tu paz interior. De sentirse bien, ni más ni menos.

No te encadenes tú solo

No te encadenes tú solo

Las personas que me conocen bien y que suelo hablar con ellas de estos temas (que no son demasiadas) saben que lo más importante para mí es la propia fidelidad, sentirse bien consigo mismo y no traicionarse. Al hacer las cosas obligados, por quedar bien, por no disgustar a alguien lo que se consigue es un sentimiento extraño de frustración que nos lleva al típico pensamiento “¿y yo que hago aquí?” y a la sensación de perder el tiempo, además de que la mayoría de las veces el sacrificio hecho ni es valorado ni compensa lo suficiente.

Porque hay algo inapelable que no podemos obviar: somos como somos y nos tenemos que aceptar. Si no lo hacemos nosotros antes siempre vamos a estar buscando la aprobación de los demás en nuestros actos. Y eso no funciona así.12080855_10207661445324990_64349950_n Primero tenemos que saber cómo somos y por qué hacemos las cosas, y después podremos actuar en consecuencia y coherentemente con esto, sin sentirnos obligados a nada.

Si os dais cuenta, todo se vuelve a resumir en lo mismo de siempre: hacer las cosas de corazón y con sinceridad.

Al hacer caso a nuestro interior a la hora de hacer las cosas vamos a encontrar que la mayoría de las veces nos va a apetecer hacer lo que hacemos, que no es lo mismo que hacer lo que nos apetezca, desde luego.  Para que nos guste lo que hacemos lo tenemos que hacer sinceramente, nada de hacerlo por aparentar o por quedar bien, como he dicho antes, y sólo así  nos encontraremos bien con nosotros mismos. Entonces nos sentiremos bien, y nuestro entorno también, porque nuestro estado de ánimo siempre influye en las personas que tenemos a nuestro alrededor y que no tienen que pagar ningún arranque de mal humor nuestro si somos nosotros los únicos culpables de no sentirnos bien.

Cuando hay una pareja en nuestra vida es más fácil que muchas veces hagamos cosas que sólo hacemos por ella y no por nosotros, pero todo se ha de valorar, claro, en el momento en que quieres hacer algo porque lo hace tu pareja y decides acompañarle para compartirlo ya no estás haciendo las cosas por obligación, sino porque quieres, del mismo modo también hay cosas que pueden ser muy importantes para tu pareja y te sacrificas por ella, eso se ha de valorar, como también ha de valorar tu pareja que no siempre vas a hacer las cosas por los dos, cada uno necesita su espacio y su tiempo, de eso escribí más o menos en el artículo Amor y libertad.

Aún así, con o sin pareja, no podemos negarnos a nosotros mismos, tenemos que buscar nuestra estabilidad emocional y saber qué no queremos hacer (saber qué queremos es mucho más difícil, pero saber qué no queremos es bastante más sencillo), así que debemos identificar lo más pronto posible aquellas situaciones que nos provocan desagrado y rechazo y evitarlas a toda costa. La mayoría de estas situaciones suelen ser reuniones sociales o familiares, y muchas de ellas, aunque nos pensemos que es un gran feo no acudir, con el tiempo la gente termina aceptándote y valorando más cuando de verdad te apetece estar en ellas. Y si no te aceptan así, pues es su problema, nadie debe de condicionar su vida por la voluntad de otros.

Con el tiempo, aprendes a valorar que no hacer lo que no quieres te aporta muchos más beneficios de lo que te pensabas.

Para matizar un poco eso de que no es lo mismo que hacer lo que nos apetezca, pienso que el que nos apetezca hacer lo que hacemos implica que lo hacemos de buen grado, porque nos nace, y hacer lo que nos apetece es muchas veces hacer lo que nos da la gana sin tener en cuenta nada ni nadie más y la mayoría de las veces esto deriva también en perder el tiempo.  Sé que no es el significado exacto de la expresión, pero es el significado que le damos hoy en día.

¿Y esa persona que aguantas por educación? Ah, amigo… ¡error!

Gran error. Del mismo modo que no somos imprescindibles para nadie, nadie es imprescindible para nosotros.

Di stop a las personas negativas

Di stop a las personas negativas

Esa persona que no sabe ver nunca el lado positivo de las cosas, que siempre tiene la queja continua en la boca, que sólo habla para criticar a los demás o burlarse de otra gente… lejos, bien lejos. Qué más da que sean amigos, familiares o compañeros de trabajo.

Esas personas son capaces de robarte la sonrisa, de fastidiarte el día y de volver tu carácter pesimista o irritable en cuestión de minutos. No se gana nada a su lado, hay que evitar también el contacto con esa gente. Lo que os voy a relatar ahora es una experiencia propia:

Hace bastante tiempo, en un trabajo anterior al que tengo ahora, me asignaron un compañero con esas características. Hablaba todo el día de los demás: mira qué hace aquel, mira el otro, que si me había dado cuenta de que dos o tres habían discutido, etc… hasta que me cansé. Me quitaba las ganas de trabajar literalmente. Así que un día me planté delante de él y le dije que no me importaba para nada la vida de los demás, si hacían las cosas bien o mal era problema de los encargados y de la empresa, que a mí me pagaban para ir a trabajar y hacer bien mi trabajo y que si continuaba con esa actitud haría lo posible para que me asignaran otro compañero. El hombre, que era veinte años mayor que yo y venia de un pueblo pequeño posiblemente nunca se había planteado que su actitud no fuese la normal  y no la correcta. Pero tuvo un efecto positivo: me pidió disculpas por su actitud y no lo volvió a hacer. Es más, tuve un compañero de trabajo magnífico con el que aprendí muchas cosas y me divertí mucho también.

La mayoría de las veces no suele ser así, la verdad. Es más fácil que empieces a ser el raro y que incluso te dejen de hablar. Pero también pienso que si eso ocurre realmente no es malo, sino que dejas de recibir una influencia negativa en tu vida que no te hace ninguna falta.

Y para finalizar dos cosas: si después de que  leáis esto pierdo alguna amistad al menos sabré que los que me quedan son sinceros y si necesitáis hablar con alguien para evitar situaciones no deseadas tened en cuenta que de ser sincero a ser un borde de cuidado hay un paso, cuanto más tacto mejor.

Y como siempre, muchísimas gracias a todos los que dedicáis unos minutitos a leerme 😉

¡Sácame de aquí!

@nandopilgrim

El victimismo es un estado que no nos lleva a ninguna parte donde nos valga la pena quedarnos mucho tiempo. Hay que desprenderse de él lo más rápidamente posible, pero caemos sin darnos cuenta, como si fuera un estado emocional de arenas movedizas en el que te vas hundiendo lentamente y cada vez ves más lejos la salvación.

Aquello de “todo me pasa a mí” “no puedo tener más mala suerte ya” “yo no me merezco esto” son los escalones que nos hunden en la depresión del victimismo, por eso la mayor parte de las veces es tan sólo una cuestión de actitud.

No debemos recrearnos en nuestros problemas, eso es sólo un pez que se muerde la cola y que no te deja avanzar, pues parece que el hecho de asimilar el pesimismo de nuestros pensamientos nos “tranquiliza” de algún modo para que nuestra mente deje de buscar soluciones y se acomode en un letargo semiinconsciente cuyo resumen final es “no puedo hacer nada más”.11925979_10207455302011536_1478806234_n

Se me ocurre un parecido con quien quiere hacer deporte pero siente dolor. Entonces se toma dos analgésicos y a correr. El problema no ha desaparecido, tan sólo se ha adormecido el dolor y puede que luego esto sea perjudicial para el desarrollo del deportista, ya que se puede lesionar aún más.

Con el victimismo pasa lo mismo. Tenemos un problema, nos llenamos de pensamientos pesimistas que nos inducen a creer que no podemos hacer nada por solucionarlo, que “adormecen” la culpa, y vamos conviviendo con ello sin tomar medidas para arrancar de raíz aquello que nos preocupa.

¿Se puede arrancar de raíz? No siempre, de hecho casi nunca se puede, la mayoría de los problemas requieren tiempo para solucionarse. Pero podemos cambiar nuestra actitud, nuestra manera de enfrentarnos a ellos, de vivir, básicamente, con nuestros pensamientos.

Porque , y esto seguro que lo habéis leído y escuchado infinitas veces, todo pasa por nosotros mismo, sólo falta que nos lo creamos.

Cambiar nuestra actitud sobre cómo nos enfrentamos a los reveses que nos puedan surgir es fundamental para que no nos afecten demasiado. Solemos también postergar las decisiones al “ya se me ocurrirá algo” sin pararse a pensar realmente en el origen del problema. El ritmo de vida actual que llevamos no nos invita a pararnos a pensar  y eso es fundamental. Detenerse un momento, analizar qué nos pasa o nos preocupa y cuales son todas las posibles soluciones del problema. Si está en nuestra mano, habrá que solucionarlo lo antes posible, si es cuestión de tiempo habrá que armarse de paciencia y esperar y si depende de terceros pues hay que hablar las cosas, siempre con cordialidad y desde la actitud de querer dar salida a una situación que nos trastorna sin tener que apremiar a nadie innecesariamente, a ser posible, pero haciéndole entender que hay una situación que nos afecta negativamente.

“Si tienes un problema que no tiene solución, ¿para qué te preocupas?, si tiene solución, ¿para qué te preocupas?” Proverbio chino.

 

Es tan sencillo como eso pero cuánto nos cuesta ponerlo en práctica… sobretodo, porque nuestros problemas nunca nos parecen sencillos.

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Pero hay otro inconveniente añadido que muchas veces no nos damos ni cuenta de que está ahí y que se suma a aquello que nos está minando la moral día tras día: nuestro estado de ánimo influye en nuestras relaciones con nuestro entorno y eso puede llegar a ser mucho más grave que el problema que te afecta, ése en el que no te has parado a pensar en solucionar porque crees que no puedes hacer nada. Nuestro entorno, y cada vez es más amplio (familia, amigos, compañeros) se ve golpeado por una actitud negativa que llevamos encima y que  no todos van a entender y tolerar. En mi opinión personal, dejar que nuestro entorno sufra las consecuencias de algo que nos preocupa y que no somos capaces de encarar con una actitud positiva es mucho más grave que dejar que nos venza el abatimiento, pues entonces lo suele pagar quien no debe.

Así que podemos llegar a otro punto interesante, el de la sinceridad. Porque todos necesitamos a ésa (o ésas) persona que nos dé un toque de atención cuando nos estamos dejando llevar, lo que pasa es que mucha gente no lo hacer por falta de confianza o por temor, pero se agradece y mucho cuando te pegan una buena sacudida y te dicen “¡despierta, vuelve!” y para ello hace falta ser sinceros con la persona que vemos sufrir, muchas veces sin que ella se dé cuenta de que está sufriendo, pues como ya he dicho antes, nos dejamos arrastrar poco  a poco hasta sumirnos en un pozo del que a veces ya no podemos salir sin ayuda.

¿Y por qué no pedir ayuda si nos damos cuenta de que nos hace falta? ¿Y por qué no ofrecer nuestra ayuda si creemos que es necesaria? Ya está bien de vivir en nuestra propia burbuja en la que intentamos que nada ajeno nos afecte y en la que pensamos que nadie necesita nuestra ayuda y que no necesitamos la de nadie. No estoy hablando de montar una ONG, simplemente con preguntarle a la gente qué tal está si pensamos que necesitan hablar, de ofrecerte por si les hace falta cualquier cosa.

Sacúdete los pensamientos negativos de encima

Sacúdete los pensamientos negativos de encima

La cantidad de problemas que soluciona uno mismo sólo con que alguien le escuche, sin que ni siquiera le hayan dado una solución…

No sé cuantas veces he abordado ya la importancia de saber escuchar en mis artículos de este blog, igual que saber que sonreír a pesar de todo mejora nuestra actitud diaria: aunque empieces el día obligándote a sonreír sin ganas, siempre lo terminas con otra perspectiva. Probadlo.

William Ernest Henley

William Ernest Henley

Y no puedo evitar terminar este escrito sin una de mis debilidades…

“Más allá de la noche que me cubre,

negra como el abismo insondable,

doy gracias a cuales dioses fuere

por mi alma inconquistable.

 

En las azarosas garras de las circunstancias

nunca he gemido ni llorado.

Bajo los golpes del azar

mi cabeza sangra, pero sigue erguida.

 

Más allá de este lugar de ira y lágrimas

es inminente el horror de la sombra,

y sin embargo la amenaza de los años

me encuentra y me encontrará sin miedo.

 

No importa cuán estrecha sea la puerta,

cuán cargada de castigos la sentencia.

Soy el amo de mi destino:

Soy el capitán de mi alma.”

 

Invictus, William Ernest Henley.

 

Escúchame

@nandopilgrim

Me he encontrado últimamente con situaciones que me han contado que me dan coraje. Y son fácilmente evitables, ya lo creo. Simplemente creo que no nos damos cuenta al cometer uno de los errores más frecuentes y posiblemente, de los que más daño causan que conozca.

No escuchamos. Así de fácil. Oímos pero no escuchamos.

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A veces, por no decir la mayoría, no tenemos que escuchar palabras. Es la actitud de la persona que tenemos enfrente la que nos va a decir cómo se encuentra, si algo va mal. No vamos a saber qué es porque no tenemos telepatía ni podemos leer el pensamiento, pero tenemos suficiente capacidad para percatarnos de que las cosas no van como deberían ir o que esa persona no ha tenido un buen día. O quizá una buena semana.

¿Y qué podemos hacer? Escuchar. Con todos nuestros sentidos.

Estos pensamientos van orientados hacia las personas que tienen una persona a su lado más allá de la amistad, y es así porque son los casos de las personas que me han contado o que he escuchado que su pareja no les comprende. Se empieza a no comprender por no hacer el esfuerzo, y cuando tienes una pareja y notas esa falta de motivación por entenderte es algo muy duro.

Porque a ver… me resulta difícil de explicarlo porque es algo tan obvio, que me irrita que la gente no sea capaz de pensarlo por sí mismos y darse cuenta de ello. Al menos lo voy a intentar.

Si tu pareja ha tenido un mal día, o una mala semana, o un mal momento, ¿qué más da? O notas algo fuera de lugar, siempre hay una razón. Siempre. Y no vale el “ya se le pasará” porque eso no siempre funciona. Incluso cuando te dicen “vete” seguramente en el 99 % de los casos no lo están sintiendo así. Por muy independiente que sea una persona, por muy fuerte, todos necesitamos ese apoyo incondicional que nos demuestre que realmente le importamos a alguien. Es en ese momento cuando se ha de demostrar que estamos ahí para lo que sea, y tienen muchísimo más peso cinco minutos en un momento malo que un año de momentos buenos. Porque a las buenas todos sabemos estar, es tan fácil…11734061_10207076232575037_1021771409_o

A las malas es un poco más complicado. Y sí, por mucho que intentemos ponernos en la piel del otro no lo vamos a conseguir nunca, así que no hace falta intentar asimilar completamente qué es lo que le está ocurriendo a la persona que te importa. Pero hay que estar ahí, la mayoría de las veces no hace falta ni hablar. Simplemente, que note tu presencia. No siempre va a contarte todo cuando le preguntes qué le pasa. Creo que eso no pasa nunca. Pero si de repente tiene ganas de contártelo, si le apetece o lo necesita, no puedes no estar. Hay gente que huye de los problemas cuando no encuentra una solución o piensa que le superan. Desaparecen sin más. Por unas horas o para siempre. Los hay que zanjan los temas de un modo muy rápido y efectivo, “no entiendo porqué te pones así si es una tontería”. Otros le quieren quitar hierro al asunto con humor, sin darle importancia, pero hay que tener mucho tacto para conseguirlo y no siempre es la mejor opción, aunque cuando da resultado también hay que decir que es la más efectiva de todas y al fin y al cabo, la voluntad también cuenta y se ha de valorar.

Pero ignorar el problema sí que no está permitido en ningún caso. No hay peor soledad que estar acompañado por alguien no ya que no te comprenda, cada uno tenemos nuestras limitaciones y también hay que entender eso, sino por alguien que no hace el esfuerzo de entenderte, que no lo intenta, que prefiere pasar página o que te lo comas tú solo.

Ése no es el camino, desde luego, si lo que quieres es que tu camino siga siendo paralelo a la persona que tiene el problema.

Una respuesta fuera de lugar, un silencio sin motivo alguno, un gesto de indiferencia pueden ser los indicadores de que algo no marcha bien. Esos y mil más, cuando llevamos un tiempo al lado de alguien ya sabemos qué actitudes denotan un problema. Pues entonces hay que actuar para demostrarle que nos importa. Como preguntar qué le pasa ya sabemos que pocas veces da resultado, pues escuchemos de otro modo, porque (esto me sucede a mi) cuando le preguntas a alguien diez veces que qué le pasa o le insistes para que te lo cuente, se puede agobiar y es peor incluso que no hacer nada.  Estando ahí es un modo, no huir. Me parece una actitud cobarde y mezquina, y si lo escribo es porque sé que sucede, no me lo estoy inventando. Evitar una conversación que puede llegar a irritar a la otra persona también es algo que no tenemos muy asumido, pero que debemos practicar. Hay temas que por urgentes que parezcan se pueden posponer a un mejor momento. Los dejas pasar unas horas, o unos días, y luego se abordan y se tratan de otro modo. Y por supuesto, el contacto humano. Esto ya quizá sea algo más personal, sobre todo desde mi punto de vista, pero agradezco el roce de una mano por la espalda, una caricia, o una mano en la rodilla cuando estoy sentado perdido en mis pensamientos. Porque eso me dice que hay alguien ahí, alguien en quien poder confiar y alguien que me va a escuchar si necesito expresar mi preocupación.

Hay que saber estar, nada más. No somos psicólogos ni orientadores, no tenemos las palabras adecuadas, no sabemos la solución de cada problema. Pero podemos estar, y estando, escuchamos. Que es lo que realmente ayuda, y que cada vez practicamos menos.11737068_10207076233455059_796425281_n

(Y si la persona afectada se decide a hablar, un consejo: apaga la tele! Me da igual que sea la final de la Champions o que vayan a decir quién es el asesino, apaga la tele, en ese preciso momento, no hay nada más importante que sus palabras!!!)

Hay una actitud que recomiendo porque creo que funciona, y lo digo de verdad. ¿Quién no ha pagado los platos rotos que no le correspondían? Todos hemos pasado por ahí, y hemos hecho que otros lo paguen también. Pero entonces, cuando lo paguen contigo, aguanta la tormenta. No la devuelvas, quédatela. Entiende que esa persona está teniendo una actitud anormal contigo y que esa actitud tiene un motivo que seguramente ni te imaginas. Entonces deja pasar unos minutos y cuando se haya calmado, acércate y dale un abrazo, y un beso. Sin prisas, sonriendo. Sin palabras. Ese gesto le dice que sabes que ha tenido un mal día, que no le tienes en cuanta su actitud contigo de hace un momento y que estás ahí para lo que haga falta. Que le acompañas. Nada más. Quizá entonces se decida a contártelo y desahogarse, o quizá toda la rabia y la frustración se haya deshecho con ese gesto y simplemente, no tenga ganas de hablarlo por no recordarlo. Sea como sea, hay que estar ahí. La gente necesita que se la quiera cuando menos se lo merecen. Y hay momentos malos que duran meses, y hay que estar ahí, si realmente esa persona te importa y sabes que cuando el problema se supere, volverá a sonreír. No nos perdamos esa sonrisa, suele ser la mejor de todas.

Carpe Diem

@nandopilgrim

-¿Estás preparado?

-El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento.

-Eso decís todos, pero yo no concedo prórrogas.

-Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?

-¿Cómo lo sabes?

-Lo he visto en pinturas y lo he oído en canciones.

-Pues sí, realmente soy un excelente jugador de ajedrez.

-No creo que seas tan bueno como yo.

-¿Para qué quieres jugar conmigo?

-Es cuenta mía.

-Por supuesto.

-Juguemos con una condición, si ganas me llevarás contigo, si pierdes la partida, me dejarás vivir. Las negras para ti.

-Es lo lógico, ¿No te parece?

Este es un diálogo que aparece en la película El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman. Habla primero la Muerte, que llega para llevarse a un caballero cruzado interpretado por Max von Sydow, pero se encuentra con que éste quiere retrasar el momento de la partida retándole al ajedrez. Y la Muerte, claro está, acepta el reto.

La vida son dos días, cuántas veces habremos oído esa expresión… pero, ¿le hacemos caso? ¿Nos hemos parado  a pensar que realmente es así? Porque es que es así, no te das cuenta y pasa el tiempo volando. Parece un tópico pero de repente te levantas un día y te das cuenta de que se te escapa la vida como la arena entre tus dedos, y que no has hecho ni la mitad de cosas que te propusiste hace un tiempo.

¿Y por qué no las has hecho?

A veces por cobardía, otras por falta de tiempo. Y como de la cobardía ya hablé en ¿Y por qué no? (¿os acordáis?) pues me apetece escribir sobre el tiempo. Mañana dicen que igual llueve (no, ése no, estaba de broma).

Llevamos un ritmo de vida que no hay por dónde cogerlo. Que alguien lo pare, por favor. No tenemos tiempo de casi nada, acudimos con precipitación a todos los sitios. No debe ser muy sano eso…

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Si es que no llegamos a todo!

Y nos estresamos con cualquier tontería. Estrés es una palabra que ha surgido desde que la tecnología, las telecomunicaciones y los avances en general han llegado a nuestras vidas. En teoría llegan para facilitarnos la vida, pero nos la han acelerado la mayoría de veces. A mí me gusta mucho leer libros clásicos y en ninguno he encontrado la palabra “estrés”. ¿Alguien le ha oído pronunciar a sus abuelos esa palabra? No contestéis, es una pregunta retórica.

También tendemos a magnificar muchos problemas. Y no es que no tengan su importancia, pues los hay muy graves, sino que deberíamos, aparte de concederles la justa importancia, relativizarlos un poco. Porque muchas veces nos comemos la cabeza con problemas cuya solución no pasa por nuestras manos, lo que pasa es que nos cuesta darnos cuenta de eso. Y sobre los problemas que sí podemos solucionar, pues hay que hacerlo cuanto antes, no dejar pasar el tiempo porque tienden a empeorar.

Muchas veces el único problema que existe es la actitud que tenemos ante las diferentes situaciones que nos acontecen. Nuestra actitud puede determinar si realmente es un problema o no, que la mayoría de las veces no lo sería si afrontásemos los contratiempos con más calma y una sonrisa. Que sí, que cuesta, pero todo es cuestión de mentalizarse porque se puede hacer, es un hábito que nos facilitaría mucho la vida si nos lo tomamos en serio.

La vida, eso que tanto nos apreciamos pero que no sabemos tratar. Porque es así, maltratamos nuestra vida. ¡Nos hipotecamos a cuarenta años! Cualquiera no se estresa…

Nos planificamos la vida a largo plazo sin ser conscientes de que mañana podemos no estar aquí. Nos preocupamos sufriendo por un futuro que no sabemos si llegará. Y muchas veces vivimos amargados por ese futuro tan incierto que nos oculta la belleza del presente.

Nadie tiene una vida fácil. A todos nos ocurren cosas que no podemos evitar y por las que no queremos pasar. Pero centrarnos sólo en las cosas negativas que nos ocurren nos ciega para disfrutar de otras muchas que existen a nuestro alrededor y que sólo necesitan que abramos los ojos para ofrecernos una alegría, un detalle, cualquier cosa. Y cuando llegamos a apreciar este tipo de cosas todo se lleva mejor, a pesar de la crudeza de la vida en sí. Es así, aunque comprendo que hay quien lo esté pasando fatal, quien crea que no hay salida, que nada volverá a ser igual. Todo pasa. Todo. Por negro que parezca el horizonte. Por difícil que lo veamos. Llega un momento en que la situación se supera. La superas. Descubres que hay más vida detrás de situaciones que te han parecido límites. Y entonces miras atrás… y te das cuenta de que ha pasado mucho tiempo y sólo tenías una cosa en la cabeza que no te ha dejado vivir nada más.

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Sonríe!

Y hay que soltar lastre, hacedme caso. Lo decimos mucho pero no lo hacemos. Soltar cargas emocionales inútiles (inútiles si el dolor ya ha pasado, si no forma parte de tu presente) nos ayuda a avanzar más ligeros. El “equipaje” de situaciones anteriores no debe acompañarnos en nuestro camino, es un estorbo innecesario. Vale la pena vivir cada día como si fuera a ofrecernos algo nuevo, pero sobre todo vale la pena ofrecernos al mundo con los ojos de un niño, dejar que nos sorprenda, no estar de vuelta de todo.

Hay un truco que funciona, pero funciona de verdad. Sonreír aunque no queramos, aunque no tengamos ganas. Poco a poco nuestra actitud cambia a lo largo no ya del día, sino de la mañana. Así de fácil. Porque cuando entramos en una dinámica negativa todo nos afecta más, pero hemos de ser conscientes de que podemos revertir esa dinámica. Los problemas no van a desaparecer por arte de magia, pero podemos minimizar el efecto de muchas situaciones que con una actitud no positiva nos afectan mucho más y cuando llegas ahí, ya nada es bueno. Entonces es cuando sentimos que todo nos sale mal.

Vive la vida. Disfrútala. Que no llegue la Muerte a buscarnos y sintamos que nos quedan cosas por hacer, por vivir, por sentir, como al caballero de Bergman. No le des tanta importancia a cosas que no se lo merecen. No te centres en lo negativo. A veces más vale tener paz que tener razón, leí por ahí un día, muy cierto. Relájate. Tómate más tiempo para ti. Descubre que el mundo puede vivir sin que te agobies por cada pequeñísima cosa que suceda a tu alrededor. Nadie es imprescindible. Busca los pequeños placeres, en ellos está la felicidad, eso también lo leí hace poco. Valóralos, no todo el mundo sabe hacerlo. Aprende a ver las cosas desde otro punto de vista si es que la primera impresión no es buena. Dale la vuelta a la tortilla, no es ninguna broma, tenemos el poder para ser un poco más felices en nuestras vidas, lo que pasa es que estamos esperando a que ese momento llegue, sin hacer nada para que suceda, y sólo sucede si lo sientes.  Porque se trata de sentir, de sentir que podemos con todo, de seguir luchando. De sonreír.

Básicamente, se trata de sonreír.

Quería terminar con dos notas que ayudan a reflexionar, una muy antigua, otra más moderna.

“La perfección moral consiste en pasar cada día como si fuera el último; sin agitación, turbación ni hipocresías”

Meditaciones de Marco Aurelio.

Y ésta otra de una película, “Si la cosa funciona”, de Woody Allen:

“Odio las fiestas de Año Nuevo, todos desesperados por divertirse, tratando de celebrarlo de algún modo mísero. ¿Celebrar qué? ¿Un paso más hacia la tumba? De ahí que nunca me canse de decir: aprovecha todo el amor que puedas dar o recibir, toda la felicidad que puedas birlar o brindar, cualquier medida de gracia pasajera, si la cosa funciona.”

Cuídate, cuídale

@nandopilgrim

Hay que cuidarse. Por uno mismo, sí, pero sobretodo por tu pareja. Porque por muchos años que dos personas lleven juntas o por mucho que se conozcan, hay que esforzarse en agradar. Siempre. Perdemos esa costumbre con facilidad.

Veréis… no sé muy bien cómo empezar. Yo nunca me había depilado las piernas hasta hace poco, y he empezado a hacerlo por la afición al ciclismo: por comodidad e higiene. Voy  a ahorraros los detalles de mi incursión en este desconocido mundo de cera, pinzas y dolor pero os puedo dejar alguna reflexión que me vino a la mente mientras charlaba con la esteticista. Sí, esteticista y no esteticién, que viene del francés y la utilizamos incorrectamente. Si no me creéis, lo buscáis (como he hecho yo) (se aceptan correcciones).

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No pain, no glory…

A lo que iba… en una de esas charlas me comentó el caso de un hombre que una vez separado de su mujer fue a que le “arreglara” el rostro. Pues supongo que sería depilarse las cejas, la nariz, las orejas…  No voy a hacer apología de la depilación, no me malinterpretéis, pero el concepto es éste: ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Acaso antes no le haría falta, o es que ahora piensa que así puede agradar a otra mujer?

Ni ése caso en concreto ni otros pretendo juzgar, pero pensémoslo un poco. Nos descuidamos a nosotros mismos en la comodidad de que ya tenemos los deberes hechos. Sobre todo los hombres. Sí, chico, sí… obri l’ ull…

¿A quién no le gusta presumir de pareja? No sólo como la persona que es, que por eso la queremos, sino físicamente también, aunque está claro que debemos aceptarnos tal y como somos y aceptar a la otra persona tal y como es, pero siempre se puede hacer un pelín más por agradar. Porque eso se nota, y se valora.

Hay muchísima gente que empieza a cuidarse cuando se ven solos. Cuando se separan, cuando se divorcian o se rompe una relación. Entonces se dan cuenta de que pueden hacer mucho más por dar una buena primera impresión, y esa primera impresión siempre es física, no conoces cómo es una persona en un golpe de vista, pero sí puedes decidir si te gusta lo que ves o no. Entonces pensamos “podría depilarme las cejas, podría tener un poco menos de barriguita, podría hacer más ejercicio”.

¿Y si todo eso lo pensamos y lo ponemos en práctica durante la relación, que beneficios nos puede aportar?

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No, así no…

Pues bastantes. Para empezar mejorar nuestra propia autoestima, que siempre conviene reforzar un poquito (sin pasarse). Una persona segura de sí misma siempre es más atractiva, y su pareja lo nota. Y buscar agradar a nuestra pareja, que se dé cuenta de que lo hacemos por ella, por gustarle cada día, por darle a entender que aunque le hayamos jurado amor eterno (por decirlo de alguna manera) lo que pretendemos es conquistarla día a día para que nos valore y se sienta bien por ello a nuestro lado.

Hay muchas maneras de mejorar en una relación y ésta es una de ellas, no menos importante que intentar aprender cada día cosas nuevas o seguir culturizándose. Si siempre vas vestido de la misma manera, tanto si bajas a por el pan como si vas a la boda de un amigo pues llegará un  momento en que tu pareja se canse de eso, puesto que al “arreglarnos” para salir con ella le estamos demostrando que nos importa la imagen que damos a su lado.

No quiero decir con esto que haya que perder uno su propio estilo o dejar que nos imponga la otra persona lo que nos tenemos que poner (que si eso pasa, huye bien lejos, eso también te lo digo).

También hay chicas que sólo se depilan las piernas en verano, evidentemente lo hacen por ellas mismas y no por su pareja, que le ve las piernas todo el año. Ahí ya cada cual con lo que le importe, pero arreglarse sólo en determinadas épocas porque pueden llevar faldas y pantalones cortos… podría ser un error.

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Así tampoco…

Y si tu pareja no se da cuenta de esas cosas que podría hacer y no hace… pues díselo tú. Con tacto, cariño y suavidad, claro. Que estas cosas cuestan a veces mucho de encajar, hay que tenerlo en cuenta, pero todo se puede hablar. La comunicación en la pareja es básicamente lo más importante, nadie somos adivinos (ni siquiera los que dicen que lo son) y acertar lo que le puede molestar a tu pareja puede ser algo tremendamente complicado por muy bien que os conozcáis. Así que si algo te molesta o crees que puede mejorar, pues háblalo, pues es probable de que la otra persona ni se haya percatado de ello.

Matizo de nuevo: no se trata de cambiar a nadie, por supuesto, sólo de mejorar ciertas cosas que no implican tanto sacrificio como creemos.

Seguro que todos habéis oído comentarios de la gente cuando habla de sus “ex” del tipo: “toda la vida diciéndoselo y nunca me ha hecho caso” y “ahora va y le da por apuntarse al gimnasio” o “mírale, el que decía que depilarse era para nenazas”.

Pues eso, ¿por qué esperar a estar solos para reaccionar?

El deterioro de la pareja puede llegar por muchos caminos, y si apreciamos lo que tenemos no hay que bajar la guardia. La dejadez y la pereza nos empujan a la rutina, que es una enfermedad de difícil cura.

Como siempre escribo de una manera muy personal y tengo la impresión de que escribo cosas que todo el mundo ya sabe, pero quizá a alguien le venga bien pararse a pensar este tipo de cosas.