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La sirena

@nandopilgrim

Siempre llega un momento que nos pilla de improviso y nos remueve todo por dentro de mala manera. Puede ser un libro, una canción, una frase o una película. Y nos pilla de repente, como un soplo de viento, frío y traicionero, que sentimos calar hasta lo más profundo de nuestros huesos.

Y es en ese momento cuando necesitamos escapar, aunque sea de nosotros mismos.

A Israel le pasó algo parecido. Se levantó de buena mañana aprovechando que tenía el día libre, hizo dos o tres recados que ya estaba dejando pasar con demasiada pereza y al volver a subir al coche se dio cuenta de que no sabía qué hacer con el tiempo que le quedaba. Era demasiado pronto hasta para almorzar, y no había planeado nada. Tampoco podía recurrir a ninguna amistad, ya que era un día laboral y todos sus amigos estaban trabajando. Así que decidió volver a casa y ya se le ocurriría algo, aunque probablemente se le irían las horas sin aprovecharlas, como siempre.

Puso en marcha el motor y automáticamente se encendió la radio. Y ahí estaba. Esa canción. La canción. Llevaba muchos años sin escucharla y justo en ese instante los primeros acordes de su melodía hicieron su aparición por los altavoces del coche. Al principio sonrió con nostalgia, mientras maniobraba para salir del aparcamiento y enfilaba la próxima rotonda. Pero luego las palabras entraron por su oído acariciándole lentamente su alma y su corazón, y al cabo de dos minutos ya tenía los ojos anegados en lágrimas. Tuvo que parar en el arcén. Y estando allí detenido, con el motor en marcha y los cuatro intermitentes, ya no escuchaba la voz de la locutora dando paso a otra canción. Sentía que necesitaba escucharse a sí mismo, y eso era algo que hacía mucho tiempo que no hacía. Así que retomó la marcha y puso rumbo a su lugar favorito: la playa.

Tan sólo veinte minutos le separaban de la población costera más cercana, y cuando llegó se fue a buscar un refugio entre las rocas. Allí se sentía a gusto, sintiendo esa soledad de vez en cuando tan necesaria para el espíritu. El mar aquel día estaba bastante calmado, las olas apenas llegaban a mojar las primeras piedras de la escollera.

Hacía mucho tiempo que no se visitaba a sí mismo, que no se ponía de cara al mar.

Al principio no pensó en nada concreto, simplemente dejó la mente en blanco y se limitó a observar distraídamente el vaivén de las olas sobre la piedra más cercana. Algunos pequeños moluscos continuaban adheridos a ella, sin importarles demasiado la presencia de Israel ni el efecto del sol que poco a poco empezaba a calentar aquel tibio día de invierno.

Luego las ideas fueron acudiendo sin ser llamadas a su cabeza. Su trabajo, su familia, su pareja. Todo aquello que es importante pero que nunca nos paramos a pensar detenidamente en ello, viviendo día tras día rutinariamente sin cuestionarnos ni plantearnos nada, sin pisar la línea que marca la frontera de nuestra zona de confort.

Su mundo interior empezó a derrumbarse empezando por su trabajo. No era feliz con lo que hacía, tampoco estaba ni de lejos relacionado con lo que había estudiado, pero le daba un sueldo a final de mes y con eso se estaba conformando desde hacía varios años. Nunca se había planteado la opción de marcharse a otra ciudad a trabajar en lo suyo, aunque sabía (o hubo algún tiempo en que lo supo) que oportunidades había.

Con sus amigos tampoco se podía plantear muchas opciones, eran los que eran y si bien no compartía del todo sus gustos y aficiones al menos siempre estaban ahí dispuestos a reunirse para tomar una cerveza o ir a ver algún partido de fútbol. Aunque cada vez menos, porque claro… algunos se habían casado ya, otros tenían incluso hasta hijos, otros trabajaban los fines de semana y alguno vivía demasiado lejos.

Llevaba tres años viviendo con su pareja, y tampoco se había planteado nunca si era feliz del todo. La monotonía se había instaurado en sus vidas, como ese caballo que se planta en medio del tablero de ajedrez y no hay quien lo capture. Hacían algunas cosas juntos, pero cada vez menos. Prácticamente la vida en común se limitaba a ver absurdos programas de televisión tirados en el sofá y un cine de vez en cuando. Las conversaciones de siempre, los silencios de siempre. Ya casi ni discutían por nada, del mismo modo que no se entusiasmaban por nada. ¿Qué les seguía uniendo? Quizá, pensó, el pánico a quedarse solos. La comodidad de tener una relación, de tener calladita esa parte del cerebro en que nos han inculcado que tienes que estar con alguien porque solo no estás bien. El miedo a empezar de nuevo.

Las olas iban y venían, en silencioso desgaste contra algunos granos de arena que se escondían entre los agujeros de la piedra, siendo lenta y mecánicamente engullidos por la inercia del agua. Y se dio cuenta de que así, casi sin percatarse, todos aquellos sueños de juventud se habían ido resbalando de su vida poco a poco para perderse en el fondo de un mar del cual ya nunca los podría recuperar. O eso pensaba él.

Empezó a agobiarse, y se maldijo a sí mismo por pensar tanto y en tantas cosas. De repente, unas gotas saladas golpearon su rostro, sacándole momentáneamente de su ensimismamiento. Sorprendido, miró al cielo y al agua, a izquierda y a derecha, pero todo continuaba igual de calmado que antes. Nada había perturbado la tranquilidad del oleaje. Volvió a concentrarse en sus pensamientos, y empezaba a verlo todo cada vez más negro, más sombrío. Entonces cayó en la cuenta también de que ya apenas sonreía, su cara reflejaba siempre una expresión adusta y seria, cuando recordaba que tan sólo unos años atrás la gente le decía que su sonrisa ofrecida siempre sin esperar nada a cambio era a menudo lo mejor que le había ocurrido ese día.

Soltó un bufido y miró al cielo otra vez. Y de nuevo, esta vez en más cantidad y con más intensidad, una nueva salva de gotitas saladas cayó sobre su rostro, mojándole además la sudadera. Fijó la vista en la porción de agua que tenía delante, esperando encontrar algún pez grande que anduviera chapoteando, o alguna gaviota pescando, pero nada de eso halló. En lugar de eso, a un par de metros escasos de la roca donde se había sentado vio algo que nunca había esperado encontrar: una sirena. No era una sirena como la que pintan en los dibujos animados o en los cuentos infantiles, de larga cabellera y hermoso rostro, pero era una sirena sin duda alguna. Su torso humano y su larga y escamada cola de pez así lo confirmaban. Y le estaba mirando fijamente con unos ojos penetrantes y bellos, profundos. Abrió la boca dos o tres veces seguidas, aturdido por la sorpresa, pero no se le ocurrió pensar que aquello era imposible, que probablemente estaba sufriendo una alucinación o que simplemente, las sirenas no existen. En cambio, recordaba todas aquellas lecturas de las que tanto disfrutaba cuando era niño y que tenían que ver con los mares y los océanos, las aventuras a bordo de un barco pirata, un ballenero o un submarino con una tecnología que casi se escapaba de la razón humana. La isla del tesoro, Moby Dick, 20.000 leguas de viaje submarino; todos esos libros y sus argumentos volvieron de repente a su memoria como una ventana abierta desde donde podía observar una época más feliz y más sencilla. Un mundo desconocido de barreras de coral, fosas marinas, animales extraordinarios y galeotes hundidos en batallas legendarias. Un mundo al cual la sirena le estaba invitando a entrar, haciéndole gestos con la mano para que le acompañara a lo más profundo del océano.

Israel no sabía qué hacer. Por una parte no podía dejar de mirar a la sirena, hipnotizado por sus brillantes ojos que le prometían enseñarle todas aquellas maravillas con la que tantas veces había soñado.

Por otra parte nunca le había pasado algo así. La sirena le volvió a tirar agua, y con gestos más enérgicos le indicaba que le acompañara. Su sonrisa le inspiraba confianza, y sus ojos le ofrecían la amistad de una criatura noble y sin malicia. Se incorporó y se dispuso a lanzarse al agua, pero una especie de vértigo repentino le detuvo.

¿Y si se ahogaba? Él era muy buen nadador, pero vivir debajo del agua era otra cosa. ¿Y si no conseguía adaptarse a un medio desconocido para él? ¿Y quién le aseguraba que las intenciones de la sirena eran buenas y amistosas? Su instinto le decía que no tenía de qué preocuparse, pero aún así recelaba. ¿Y si le decepcionaba todo aquel mundo que él se había imaginado desde su niñez como algo mágico y extraordinario? Tenía respecto a esa idea las expectativas muy altas y no estaba dispuesto a que se derrumbara aquello también.

La sirena, como adivinando sus pensamientos, le miraba ahora con una expresión de tristeza, esperando su decisión. Volvió a indicarle que se lanzara al agua, aunque esta vez con menos energía.

De repente un fuerte chapoteo asustó a Israel, que estuvo a punto de caer al mar al resbalar sobre la roca. Una pareja de amigos pasaban muy cerca de la escollera con su kayak, golpeando el agua con sus remos y provocando el ruido que le había sorprendido. Israel les contempló unos instantes mientras se alejaban, y luego volvió a mirar entre las rocas. La sirena había desaparecido.

De vuelta a casa, escuchando de nuevo en la radio tontas canciones con letras comerciales y sin alma, Israel se reía él sólo de la visión que acababa de tener, y ya se le habían olvidado todos aquellos negros pensamientos sobre sus sueños, su monótona relación, su trabajo y demás historias que no tenía demasiado sentido plantearse porque al fin y al cabo, su vida era así, la había elegido él y no tenía de qué preocuparse.

Mientras tanto, la sirena nadaba mar adentro, decepcionada por el comportamiento de aquel humano que a gritos estaba pidiendo ayuda, y que en el último momento había rechazado la posibilidad de ser feliz y descubrir un mundo que ni siquiera estaba cerca de poder imaginar.

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Mi pueblo

@nandopilgrim

Me encantan los veranos en el pueblo. Concretamente el mes de agosto, cuando la mayoría de la gente vuelve para pasar sus vacaciones.

Es entonces cuando se oyen las risas de los niños en la piscina pública, inédita de bañistas hasta ese momento, y los reencuentros de la gente que se ve tan sólo de año en año en los dos únicos bares del lugar y que están en la plaza mayor.

Es cuando las abuelas reviven la ilusión por cocinar los mejores dulces y postres para sus hijos y sus nietos y cuando las casas viejas, abandonadas durante casi todo el año o apenas con uno o dos inquilinos perennes se vuelven a llenar de alegría, de voces y de jaleo.

Se oyen también, casi siempre a la hora de la siesta, los pelotazos que propinan los más pequeños con el balón nuevo de fútbol contra las paredes de algún corral, como si ellos no sintieran el calor ni necesitaran descansar después de comer. Es esa época cuando el abuelo que siempre va solo al campo llena el carro de chiquillería y, empujados por un paciente mulo se los lleva a que se bañen en las acequias y cacen las lagartijas que toman el sol en los muros de los huertos para cortarles el rabo.

Y cuando está anocheciendo se puede disfrutar de la algarabía de los pájaros que corren a retirarse escondiéndose entre las ramas más frondosas de los árboles. Es un espectáculo que las prisas del día a día no nos deja apreciar.

El viento trae el fresco olor a heno de la siega, que es temporada, y después de la cena la gente saca la silla a los portales abiertos de las casas y hablan sobre todo lo que tienen pendiente, cuentan todo lo que saben e inventan lo que no. Si te acuestas con las ventanas abiertas es probable que te enteres de todo lo que se comente en tres o cuatro conversaciones diferentes a la vez.

Luego llegan las fiestas de agosto. Las de la Virgen, las mismas que en casi todos los pueblos, o las del fin de la cosecha para la gente que no quiere acudir a ningún acto religioso, aunque les cueste luego aguantar el sermón del cura cuando se los encuentra en el bar porque ya se sabe: si Mahoma no va a la montaña…

Se colocan las luces y los banderines de colores por las calles y la gente se pone esos trajes típicos regionales que sinceramente, creo que están hechos para el invierno y no para el verano; no hay más que verles las caras enrojecidas por el sofoco a los chicos y las chicas que valientemente acuden a los actos oficiales de las fiestas.

Entonces hay verbenas y pasacalles, y tiran tracas y petardos, algunos se equivocan de casa a la hora de ir a dormir cuando ya está amaneciendo y otros directamente duermen la borrachera en la fuente. Pero la plaza del pueblo llena de mesas y sillas cuando la gente sale a cenar mientras la orquesta ameniza la velada, las luces de colores, las guirnaldas, los niños correteando detrás de los perros que se acercan a por un pedazo de las sobras, todo ello es probablemente la imagen más alegre de cada verano.

Alguna anciana llora quedamente mientras recuerda a su marido que tanto le gustaban estos momentos y este año no ha llegado a disfrutarlos, y se consuela con la compañía de otra cuyos hijos este año han preferido irse al Caribe a pasar sus vacaciones tirados en una tumbona todo el día tomando el sol sin hacer absolutamente nada más que perder el tiempo.

Luego, cuando ya se acaba la procesión del día grande de las fiestas al poco empiezan las tormentas típicas de finales de verano. Se ennegrece la tarde y los chaparrones se suceden en breves intervalos mientras un airecillo con aspiraciones de violento se dedica a recorrer las casas por dentro, refrescándolas y cerrando bruscamente alguna ventana o alguna puerta.

Después de todo esto, las puestas de sol son mucho más bonitas, y el color rojizo que colorea todo el cielo nos avisa de que el verano se termina y hay que abandonar el pueblo para volver a la rutina de siempre y hay que despedirse de esas espectaculares noches estrelladas libres de la contaminación lumínica.

Por todo esto me gustan los agostos en el pueblo. Por la vida que despierta de su letargo otra vez, por esos momentos mágicos de felicidad que no por efímeros son menos intensos. Por volver a pisar las calles de mi niñez, con su empedrado encastado en el suelo, para volver a ver las paredes blancas con las plantas colgando de los balcones, para recordar todo aquello que marcó una infancia que ya queda muy atrás.

Todo esto que echo de menos no es mío. Me lo he inventado. Yo no tengo pueblo, nací en una ciudad y crecí en otra, y ni siquiera llegué a conocer a mis abuelos.

No tengo dónde volver cada agosto, por eso envidio a quienes sí lo tienen y me apena ver a quien no lo valora.

Porque hay raíces que solo rebrotan una vez al año.

Sueños non gratos

@nandopilgrim

Otra noche igual, casi en blanco, sin apenas descansar, en mitad del sueño y de la desesperación. Otra mañana en que se despertaba sin saber muy bien qué había soñado y qué había pasado en realidad, sabiendo que se llamaba Jacinto y que estaba en su casa porque la chica que vivía con él, Nuria, así se lo repetía.

También le decía que era su novia.

Pero él no se acordaba de nada. Ni de quién era, ni de qué hacía allí, ni de nada. No sabía cuál era su trabajo, ni sus amigos, sus aficiones…

Aquel accidente le había borrado de la cabeza toda información. Así que no tenía más remedio que creer lo que Nuria le iba contando.

Si bien era cierto que cuando despertó en el hospital fue su rostro lo primero que vio, no le produjo ninguna sensación. No sabría decir si la amaba, si la quería como a una hermana o si era lo que en ese momento representaba para él: una auténtica desconocida.

Pasaba los días en casa, viendo la televisión y perdiendo el tiempo, sin poder salir solo por miedo a perderse, y yendo a revisiones periódicas al neurólogo para comprobar que, al menos, su memoria no se había deteriorado más todavía. El médico era de la opinión de que la recuperaría con el tiempo, y que sólo tenía que tener paciencia.

Jacinto se extrañaba de no encontrar nada en el piso que le recordara a su vida pasada, pero Nuria le dijo que él tenía su propio piso y que vivían cada uno en su casa, pero que en su estado no podía dejarle ir allí. Él quiso insistir, pues pensaba que quizá una visita a su hogar le traería recuerdos a la memoria, pero Nuria lo negaba alegando que era demasiado pronto. Le enseñaba algunos discos y libros que decía que él le había regalado, pero no se acordaba de nada.

De todos modos, decidió seguir el consejo del médico y esperar a que pasara un tiempo, a ver si con ello conseguía resolver algo.

Una noche, estando en la cama, Nuria le dio una patada. Jacinto se despertó sobresaltado, y ella se disculpó diciéndole que hablaba demasiado en sueños y no la dejaba descansar. Ya no volvió a dormirse en toda la noche temiendo molestarla.

Pero esto siguió sucediéndole en los días siguientes

Jacinto pensó que quizá aquello le podría ayudar a recuperar la memoria. Una mañana, cuando Nuria ya se había marchado a trabajar salió de casa con una libreta para ir apuntando el nombre de las calles por donde pasaba hasta que encontró lo que buscaba: una tienda de electrodomésticos. Compró una grabadora pequeña y volvió al piso. Por la noche, antes de acostarse, la encendió y la colocó en la mesilla de noche de manera que Nuria no pudiera verla, pues no quería contarle por el momento para qué la quería. Como no sabía si iba a funcionar prefería guardar el proyecto en secreto. Además, Nuria se portaba muy bien con él pero había momentos en que su carácter le sorprendía un poco, y no quería decirle que había salido de casa solo. Le asustaba su posible reacción.

La primera noche apenas obtuvo resultados. Algún quejido, alguna risa, palabras unidas incoherentemente. Pero poco a poco fue consiguiendo algo más concreto, sobre todo a partir de que su novia le desterrara al sofá del salón porque apenas la dejaba dormir. Al descansar peor en aquel incómodo sofá, Jacinto tendía a hablar más en sueños.

Y la pesadilla se repetía. Ana, Iván, llanto, arrepentimiento. No conseguía unir correctamente todos los datos pero iba entendiendo de qué se trataba.

Iván podría ser un compañero de trabajo o un amigo, y Ana era su mujer. Pero Jacinto había mantenido relaciones con ella e Iván les había descubierto.

A medida que escuchaba las cintas y se convencía de ello, las borraba. Lo último que quería en el mundo era que Nuria se enterara de aquella historia. A menos que ya lo supiera, claro, pero ella nunca le había hablado de ello.

Con el paso de los días las grabaciones eran cada vez más explícitas. Parecía que aquello sí que le ayudaba a recuperar su memoria, pero solo mientras dormía. Al menos ahora también podía recordar imágenes. Reconstruyó una escena posible.

Él estaba en la cama con Ana cuando llegó Iván y discutieron. Su amigo le amenazó con despedirle. Era, pues, compañero de trabajo además, o su jefe seguramente. Estaba muy dolido, pues parecía que entre los dos había mucha confianza. Iván le reprochaba a Ana que sólo estuviese con él por su dinero, y que había sido así desde el principio. Jacinto se encontró en medio de aquella discusión viviéndola en tercera persona. Eran ellos dos los principales protagonistas.

Lo que no podía era recordar dónde estaban. Cada vez que escuchaba las cintas y reconstruía la escena se la imaginaba en el propio dormitorio del piso de Nuria. No conseguía acordarse de ningún detalle. Ni siquiera de las caras de Iván y Ana.

Su rutina cada vez le aburría más y más y no podía remediarlo de ningún modo. Nuria se levantaba, se iba a trabajar, casi todos los días volvía con algo de compra, cenaban, veían la televisión un rato y se acostaban. Desde que le había desterrado al sofá ni siquiera hacían el amor ya. Tampoco sabía a qué se dedicaba ella, aunque cuando le preguntó le dijo que trabajaba en unas oficinas.

Cada vez que Jacinto intentaba averiguar algo sobre su pasado su novia le insistía en dejar el tema. Le decía que era el médico el que tenía que marcar las pautas y que su memoria tenía que regresar de un modo gradual, sin forzar nada. Jacinto, evidentemente, no estaba para nada de acuerdo, pero no se atrevía a llevarle la contraria. Le costaba imaginar qué le había llevado a enamorarse de una persona como ella y no se sorprendía de haber tenido un lío con otra, dadas las circunstancias.

Cuando Nuria le levantó el castigo de dormir en el sofá, los episodios de hablar en sueños prosiguieron. Hasta que un día Nuria mientras desayunaban le preguntó:

̶  ¿Qué es lo que tienes en la guantera de tu coche, cariño?

Jacinto no supo qué responder.

̶  ¿A qué viene eso?

̶  Tú sabrás, que lo repetías mientras soñabas. Que lo tenías todo allí  ̶  añadió.

Jacinto no sabía siquiera si sabía conducir, ni qué coche tenía. Pero la cinta le reprodujo más tarde que lo que decía Nuria era cierto. Había dicho en sueños que todo estaba allí, en la guantera de su coche.

Pero al día siguiente la grabación le reveló una sorpresa desagradable. Ya no era tan sólo su voz la que había quedado registrada, sino la de Nuria también. Y le preguntaba si se acordaba de dónde había dejado las llaves del coche, y él le respondió que no, pero que tenía una copia en el frutero de su cocina.

Por la noche, mientras Nuria se duchaba, Jacinto registró su bolso. Allí encontró un documento de identidad, el de Iván, y dos cartillas de ahorros, todo ello metido en un sobre. Iban las dos al nombre de su amigo y de Ana, su mujer. También había tarjetas de crédito. Al ver la foto en el dni le reconoció de inmediato: era él, su jefe y su mejor amigo de toda la vida. Jacinto se sintió miserable, pero no supo adivinar por qué Nuria tenía aquellos documentos en su poder, siendo, seguramente, lo que él guardaba en la guantera de su coche.

Mientras cenaban se armó de valor y preguntó, como quien no quiere la cosa, por Iván. Le dijo que se había acordado de él de repente.

Nuria pareció sorprendida, pero se alegró de que fuera recuperando la memoria. Le dijo que esa misma mañana había hablado con él, que no tenía que preocuparse por el tiempo que llevaba de baja, que tenía el puesto asegurado y que cuando estuviera un poco más recuperado para asimilar más información se pasaría por casa para hacerle una visita. Jacinto no sabía en ese momento si aquello era bueno o era malo, pero, como todo, el tiempo lo diría.

Nuevas grabaciones le aportaron más datos. Su amigo había conseguido dar un buen golpe con sus negocios y Ana y Jacinto planeaban robarle todo el dinero y marcharse a otro país. No daba crédito a lo que escuchaba cuando reproducía las cintas. Era todo demasiado frío y despiadado, demasiado irreal. No había humanidad alguna en aquella historia y él se negaba a aceptar ese yo que apenas reconocía. No podía creer que en esos sueños hablara de él mismo. Quizá antes de perder la memoria era así: traidor, infiel y un ladrón, una persona sin escrúpulos.

Y llegó la pesadilla definitiva.

Ana y Jacinto se hallaban en la cama cuando llegó Iván. Discutieron. Su amigo no podía creérselo. Incluso lloraba. Ana gritaba acusando a su marido de que nunca la había querido. Él decía que no era cierto. A su vez, él le reprochaba que sólo le quisiera por el dinero. Una pistola apareció en manos de Ana, Jacinto intentó impedirlo, empujó a Iván y este se golpeó la cabeza contra la mesilla de noche.

La mesilla de su propia habitación. Luego, la oscuridad y el silencio.

Jacinto no tenía ninguna duda: Iván estaba muerto y Nuria le mentía. Quizá por ello tenía sus documentos. Quizá ya conocía toda la historia. Quizá le iba a acusar de asesinato y las cartillas y el dni eran la prueba.

Pero ¿y Ana? ¿Qué había pasado con ella?

Jacinto no tenía ni idea pero aquello le inquietaba sobremanera. Había descubierto que además de engañar a su mejor amigo y a su propia novia, le había matado. Fue un accidente, sí, pero por su culpa.

Aquella noche Jacinto apenas pudo dormir. Sus sueños intranquilos se convirtieron en pesadillas que desembocaban en bruscos despertares. Nuria intentaba consolarle cada vez que se incorporaba, sobresaltado. No estaba enfadada, sino más bien comprensiva y Jacinto lo agradeció, aunque no lograba mitigar su desasosiego con sus caricias.

Volvió a soñar. La discusión, la pelea, el golpe en la mesilla. Se despertó sudando, dormía de lado y sus ojos tropezaron directamente con el mueble. Y  sí, allí estaba el golpe. En la mesilla de noche de la habitación de Nuria.

Que también era la habitación de Iván.

Jacinto saltó sobre la cama y se volvió hacia ella.

̶  Tú eres Ana, ¿verdad?

Ana, lentamente, levantó el arma y disparó.

Tortilla de patatas

@nandopilgrim

Me acababa de sacar el permiso de conducir pero aún no tenía coche. Trabajaba, tenía a mis amigos, mis aficiones… no me podía quejar. Aún no era consciente de muchas de las preocupaciones que pueden atormentar a una persona adulta, ni tener idea siquiera de en qué circunstancias puede verse uno envuelto, ni de cuáles son las consecuencias que a veces nos traen las decisiones tomadas desde el fondo del abismo del dolor y la desesperación.

Una noche de tantas. Invernal, fría, ya hacía tres o cuatro horas que se había escondido el sol y era hora de cenar. Pero antes fui a bajar la basura. Mis padres ya habían terminado de poner la mesa y no debía retrasarme.

De repente un desconocido me aborda en la misma calle. Me pilla absorto en mis propios pensamientos y le pido que me repita lo que me ha dicho, pues no le he entendido.

̶ Que si me puedes dar algo de comer.

Le observo bien. Es un hombre de unos cincuenta y pocos años, bajito, con el pelo canoso y unos ojos azules muy claros y muy profundos. Cansados. Lleva unos pantalones vaqueros desgastados, una cazadora marrón y una mochila en la espalda. Su actitud es decidida pero al mismo tiempo parece que ha vivido muchos años más de los que aparenta y que justo en este momento, no quiere vivir más. No sé qué decirle.

̶ No llevo dinero ̶ le respondo, finalmente.

̶ Me da igual, un trozo de pan, cualquier cosa… ̶ no se mueve de la acera. Tampoco es que me impida el paso, pero no puedo dejarle así. Tiene algo que me inspira confianza. Y parece que yo a él también, por lo que me cuenta a continuación.

̶ Acabo de salir de Picassent, (del centro penitenciario) ¿sabes? hoy mismo, no tengo nada… He llegado hasta aquí haciendo autoestop y voy a Gandía.

̶ ¿Y por qué estaba allí?

Mi miró con tranquilidad y respondió sin titubear.

̶ Maté al hombre que violó a mi hija hace dieciocho años. Tengo hambre, no tengo dinero, y necesito llegar allí, a casa de mi hija. No sabe que ya he salido.

̶ ¿Su hija… vive en Gandía? ̶  Sinceramente, no sabía qué decirle.

Pero él me entendió, y con un enorme suspiro de tristeza, me respondió.

̶ No, ésa no. Tengo otra. Mi hija… no ha venido  a verme nunca a la cárcel. No sé dónde está ni dónde vive.

Aquello me encogió el corazón. Eso era durísimo. No podía ni imaginar el dolor de aquel hombre encerrado en una celda durante dieciocho años sin que su hija fuera a visitarle ni una sola vez.

Le dije que esperara dentro del portal del edificio para no padecer más las inclemencias de aquella noche y subí a casa. Íbamos a cenar ya. Le dije a mi madre que un hombre me había pedido algo de comida, y que si le podíamos ofrecer algo. Mi padre se enfadó. Me dijo que estaba loco por pararme a hablar con cualquier persona de la calle y más a esas horas. Sabía que no le iba a gustar, pero tenía que hacerlo. Mi madre, finalmente, cogió una barra de pan y preparó un bocadillo de tortilla de patatas, que era lo que íbamos a cenar aquella noche. Bajé la escalera y se lo di, y luego le acompañé hasta donde empezaba la avenida que le llevaría hasta la Plaza de España, donde había una gasolinera y por donde pasaba la carretera que lleva a Gandía.

̶ Algún camionero o alguien le podrá recoger y acercar hasta allí  ̶  le dije. El hombre me lo agradeció dándome la mano y se marchó, caminando despacito entre los árboles de la avenida.

Esperé hasta que le perdí de vista y luego volví a casa, cabizbajo.

Dieciocho años.

Dieciocho años por matar a un hombre.

Por matar a un hombre que con total seguridad habría cumplido menos tiempo de condena por haber destrozado la vida de una joven, marcándola para siempre con el recuerdo de un momento espantoso, terrible.

Prefirió que le encerraran a él antes que ver cómo aquel tipo volvía a disfrutar de la luz del sol y de la libertad, de la vida.

Vengando la afrenta cometida sobre su hija.

Aquel hombre no me pareció para nada un asesino. Ni una mala persona. Aquel hombre me inspiraba confianza y no sentía ningún temor en su presencia, a pesar de su macabra declaración. Es más, podía empatizar con él, con su situación y con lo que hizo. Yo mismo le hubiera acercado hasta Gandía si hubiera tenido con qué hacerlo, pero aún no tenía coche.

Dieciocho años por asesinato.

Asesinar: verbo transitivo

Matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante.

 ¿Es suficiente ese tiempo como castigo por quitarle a alguien la vida?

¿Es justo que siga viviendo alguien que le ha quitado la vida a una joven, sin matarla físicamente?

¿O que cumpla una corta condena y vuelva a salir a la calle, con el peligro de que vuelva a cometer tan despreciable acto?

¿Quién tiene derecho a saltarse la ley y tomarse la justicia por su mano?

¿Es justa una ley que permite que una persona así vuelva a estar en la calle?

¿Qué harías tú?

Ella

@nandopilgrim

No hay nada mejor después de cenar que dar un buen paseo. Te despeja la mente, te relaja, te ayuda a digerir los alimentos. En definitiva: te prepara para dormir bien.

Y eso he hecho yo. Hace el vientecillo un tanto fresco pero no llega a molestar en este último día de junio, aunque aquí en estas comarcas de interior el clima no es para nada parecido a la humedad sofocante a la que estoy acostumbrado. De hecho se me secan los labios continuamente desde que estoy aquí, no me acostumbro a este cambio.

Estas callejuelas estrechas y empedradas me vienen de maravilla para mi propósito: perderme en ellas y perderme yo también en mis propios pensamientos. Y no tardo nada en hacerlo. Admirando las antiguas construcciones y la belleza de los viejos adoquines llego hasta una calle que desemboca en una cuesta hacia lo que parece un río. Desde aquí escucho el sonido del agua. Y como es natural, bajo a ver qué me depara esa salida.

Al final de la calle hay un puente construido, según un cartel, en el siglo XVIII. Lleva nombre de santo, como la mayoría de las calles de este precioso pueblo. Me detengo un momento a contemplarlo. Está hecho enteramente de piedra, estrecho, con tres grandes arcos sobre el barranco y una pequeña capilla en mitad de su recorrido. Un carro de la época quizá no pasaba por él. Caballos y mulas sí. De pie en el centro, si abro los brazos toco con mis manos ambos muros de piedra que sirven de barandilla. Por debajo del arco central transcurre el cauce fluvial de un pequeño arroyo que sirve de afluente para el río que atraviesa la otra parte del pueblo. El quedo rumor de sus aguas es un regalo para los oídos, acompañado a intervalos irregulares por el croar de algunas ranas.

Intento imaginar a la gente de aquí cuando inauguraron el puente, cuando empezaron a cruzarlo, las mejoras que traería a sus vidas, los conflictos por pasar primero cuando la carga de dos animales a la vez no cabía y había que esperar. La mercancía que llevarían, las buenas o malas noticias que traerían, los ladrones y pícaros que quizá huyeron a través de él corriendo una noche de verano sin luna como la de hoy.

Al llegar a la mitad del puente miro abajo. El arroyo hace más ruido que el agua que realmente lleva, ayudado por las piedras que salpican su recorrido. Al mirar arriba veo un cielo despejado, sereno, débilmente empañado por la contaminación lumínica que desprenden las luces del pueblo. Seguro que cuando lo construyeron la oscuridad en esta parte era completa y se podía observar el firmamento en todo su esplendor. Quizá, pienso, un farol alumbraba la imagen del santo en la capilla situada en el centro, pero no se podría comparar a la potencia de las farolas que alumbran las calles hoy en día, por poca que sea.

Detrás de la montaña que tengo enfrente puedo ver un fuerte resplandor blanquecino. Supongo que la luna está a punto de salir, así que me apoyo en el muro de piedra esperando su aparición. Mientras, el murmullo del agua y la quietud reinante me traen su imagen a la memoria. Sus ojos claros, su sonrisa, su pelo atado en una coleta que le deja al descubierto un perfecto cuello de un blanco inmaculado.

Sus labios rojos, recuerdo sus labios pintados de rojo por encima de todo lo demás.

Y su vestidito corto de verano, alegre y fresco como las gotas de rocío al amanecer, colorido como los frutos de las zarzamoras.

Cuando la conocí me impuso de inmediato su presencia. Muy segura de sí misma, con su voz y sus gestos, su determinación. Su saber estar y su dominio de la situación.

Pero ahora sé la verdad.

En el fondo está asustada. Tiene miedo porque una vez ya le hicieron mucho daño y no es fácil recomponer un corazón joven cuando se ha roto en tantos pedazos. Su risa nerviosa y el movimiento rápido de sus ojos así me lo confirman. Puede aparentar ser la que lleva la voz cantante en cualquier circunstancia siempre que sea banal, intrascendente. Si se trata de sentimientos o de dejarse conocer un poco más, desaparece. No puede abrirse a nadie, está encerrada en sí misma como una oruga perezosa que no quiere convertirse en mariposa porque una vez ya le cortaron sus alas. Y es natural.

Tengo que saber adaptarme a su ritmo, a su tiempo. Aunque me muera de ganas de volver a hablar con ella, de invitarla a cenar, de llevarla a bailar. De hablar de todo, de su música, de mis libros, de sus composiciones, de mis escritos, de sus obras preferidas que hacen que se le ponga la piel de gallina, de los párrafos que me han sacado una lágrima alguna vez, cuando me han pillado desprevenido.

O de permanecer en silencio junto a ella, nada más. Sin hablar, compartiendo el momento. Escuchar su respiración y saber que si está ahí es porque quiere estar, porque no ha preferido estar en otro sitio. Con eso tengo suficiente.

Y esperar, porque ella vale la pena. Es así de simple. El zorro le dijo al Principito que fue el tiempo que pasó con su rosa lo que la hizo tan valiosa, destacándola por encima de todas las demás rosas. Pero esta rosa, además, ya es especial en su propia naturaleza.

“Si vas a venir a las cuatro, desde las tres ya seré feliz”, decía el zorro. Y tenía razón. Yo soy feliz sólo de pensar en volver a verla. Y ni siquiera sé si esa posibilidad existe.

A todo esto la luna no aparece. El resplandor se ha esfumado. Y me doy cuenta de que Selene[1] se acaba de ocultar, al contrario de lo que yo pensaba. No he sabido orientarme a tiempo para comprender este hecho, tan sólo me he percatado al darme cuenta de su ausencia en el cielo.

Tendré que volver a mi habitación. La suave brisa que soplaba a principio se ha convertido en una molestia un tanto desagradable. No sé cuánto tiempo llevo aquí parado. La Osa Mayor domina el cielo con claridad, mientras que durante el solsticio de verano, Orion es invisible porque el Sol está delante de ella. Son las dos únicas constelaciones que puedo reconocer.

Mientras vuelvo lentamente sobre mis pasos sigo pensando en ella. Quizá algún día le sepa escribir un poema que le devuelva la confianza, y quizá ella pueda componer la música que hace tiempo dejó de sonar en mi interior.

 

 

[1] Luna es el nombre genérico de un satélite que orbita alrededor de un planeta. La nuestra se llama Selene, y si estuviera habitada sus habitantes recibirían el nombre de selenitas.

El extraño

@nandopilgrim

Siempre espero que el verano tarde un poco en llegar, que no tenga prisa. Prefiero el frío del invierno, la lluvia, el viento, los días grises. No es que me guste regodearme en la melancolía de la caída de las hojas en otoño, los árboles desnudos y demás, pero simplemente me parece que cuando hace frío los días son más productivos. Y más hogareños.

El verano, con todo ese calor que te juzga a cada paso que das por una calle que parece el embudo de un secador de pelo, con la sensación desagradable y pegajosa del sudor perenne, la pereza de hacer nada… me puede. Luego, claro, está la parte buena: las vacaciones, la playa, las piscinas, las siestas con o sin Tour de Francia, las charlas hasta la madrugada, los paseos nocturnos…

Cada estación tiene su parte positiva y hay que exprimirlas al máximo para no perder un ápice de vida.

Pero cuando he salido a por el pan algo me ha dicho que el verano ya estaba aquí. Así, sin avisar, de golpe. Ha caído sobre mí con todo su peso. Resignado, he ido a la panadería-cafetería que por suerte está cerca de mi casa pensando en que los pantalones vaqueros ya me empiezan a molestar. Al menos el establecimiento tiene el aire acondicionado encendido.

Después de hacer la compra he visto a la pareja de ancianos que cada día acuden allí a tomarse una cervecita y un aperitivo ligero. Se sientan delante del televisor y se entretienen con el concurso matinal. Lo comentan y parecen felices. Él le toma la mano y ella le mira. Pero algo en su mirada es diferente a la de ayer. No le conoce. Hoy no.

Él lleva en su rostro toda una vida de recuerdos y de experiencias vividas a su lado. Y hay días en que hablan de ello, y se ríen, y recuerdan. Y si ella no se acuerda, él sigue hablando de otros tiempos y siguen construyendo juntos el pasado. Parece que cada arruga en su piel y en su cara tiene algo que contar.

Pero hoy no hablan, ni ríen, ni recuerdan. Hoy simplemente miran el televisor y de vez en cuando él comenta algo relacionado con el concurso, y ella asiente sin decir nada. No conoce a ese hombre que está sentado a su lado. Sin embargo, se ha dejado vestir con sus mejores ropas (como cada día) y lleva un pelo estupendo y las manos llenas de sortijas y pulseras. E incluso va un poco maquillada. Cada mañana él la viste y la prepara antes de salir de casa, aunque no se acuerde de quién es ni de por qué tiene que hacerlo. Para ellos cada día es domingo, y van vestidos para la mejor de las ocasiones. ¿Qué más da si hoy es jueves? A ellos no les importa.

Hoy él coge sus manos entre las suyas y las acaricia amorosamente. Ella le mira, agradecida y al mismo tiempo extrañada ante esas muestras continuas de cariño. Como se porta bien, no le dice nada. No le molesta. Él puede ver en sus ojos cómo se asoma el abismo de la incertidumbre, y se muere por explicarle todo lo que han pasado juntos, por relatarle cada capítulo de su vida como si de una novela se tratase. Pero sabe que es inútil, que no servirá de nada. Ya se dio cuenta de que ello no la ayuda a recordar, es más, la hace sentir peor, porque se siente culpable por no acordarse de todas esas cosas bonitas que él le cuenta. Así que él calla, coge su  mano y mira la tele.

Cuando se terminan la cerveza y el concurso ha acabado, van como todos los días a dar un paseo por el parque y por la avenida.

Hay días en que él es para ella su marido, el compañero de toda una vida, y otros en que solamente es un extraño.

Impuntual

@nandopilgrim

Otra vez llego tarde. A veces me pregunto si algún día podré cambiar esta costumbre mía de dejarme llevar y de no saber gestionar el tiempo debidamente. He salido de la ducha y ni he mirado el reloj. Ahora, cuando pongo la llave en el contacto del coche y miro la hora no puedo creérmelo: ¡veinte minutos de retraso! Algún día esto me saldrá caro. Inconscientemente me pongo nervioso y conduzco de una forma mucho más agresiva.

El otro día a punto estuve de tener un accidente. Estaba adelantando por la autovía y de repente me encontré con que la curva era más cerrada de lo que me pensaba. Por suerte el asfalto estaba seco y pude controlar el coche más  o menos bien después de una brusca frenada que podría haber evitado. El camionero al que estaba adelantando hizo sonar la bocina y me tiró las luces largas. Si llega a estar lloviendo… no quiero ni pensarlo.

Y podría cambiar esta fea costumbre, por supuesto. Solo se trata de fuerza de voluntad y aplicarme un poquito. Fijarme más en la hora, tomar conciencia, no sé, intentar llegar siempre antes y no tan justo de tiempo, que es lo que provoca que al final siempre llegue tarde.

Pero yo recuerdo que no siempre fue así. Claro. La culpa la tienen mis amigos (cómo no). Cuando éramos adolescentes y quedábamos para salir a dar una vuelta, tomar algo por ahí e ir a los recreativos a jugar a futbolines o al billar yo siempre era el primero en acudir al punto de la cita. Y a veces, si habíamos quedado varios en el mismo lugar, desde que llegaba yo hasta que aparecía el último podrían pasar perfectamente tres cuartos de hora. Hasta que me cansé de aquello. Empecé a no preocuparme por la hora cuando quedábamos. Primero con los amigos, pero luego el mal hábito se fue generalizando hasta que ocupó la mayor parte de lo que hacía. Y cuesta mucho volver a cambiar una rutina, tanto que todavía no he sido capaz, a pesar de que ya han pasado un buen porrón de años.

Una vez recuerdo que me dejaron plantado con un buen par de narices. Había conocido a una chica de la República Checa que vivía a unos 70 kilómetros de mi ciudad. Llevaba diez años en el país y hablaba perfectamente el castellano. Le encantaba visitar ciudades y pueblos que no conocía y fotografiarlos, pues era muy aficionada, y yo me ofrecí a hacerle de guía por mi zona. Recuerdo que quedé con ella un domingo por la mañana y se me hizo tarde para salir de casa. Para mas inri había olvidado las gafas de sol, y en pleno verano que estábamos con lo que fastidia ir por ahí sin las gafas, pues di la vuelta y volví para recogerlas. Le envié un mensaje para avisarla de que llegaría tarde pero cuando acudí a la estación ya no estaba. 30 minutos habían pasado. Quizá en la cultura de su país aquello era una falta de educación demasiado grave. Hubiera preferido aguantar el sermón y luego pasar el día con ella, como habíamos previsto, a que se fuera y me dejara plantado. Por una parte quizá me lo merecía pero por otra pienso que fue una reacción un tanto excesiva. Yo quería excusarme diciendo que los españoles somos así, que es algo habitual y tal y tal pero no tuve la oportunidad. Supongo que es fácil acostumbrarse a la paella, al buen tiempo y al tinto de verano, pero hay cosas que no podía tolerar.

No la volví a ver más, supongo que perdí la oportunidad de trabar una buena e interesante amistad.

De todos modos de poco me ha servido aquella lección, porque sigo igual de impuntual y de despistado. Y no lo hago por mala educación ni como una falta de respeto, simplemente… sucede una y otra vez. A veces pienso que mi simpatía, mi don de gentes y mi carisma pueden suplir tal defecto, pero luego recuerdo que no todo el mundo me ve con los ojos de mi madre y entiendo cuando se molestan conmigo.

Y para complicarlo un poco más, ahora hay un accidente en la carretera. Puedo ver una larga fila de coches parados de la cual el mío es el último. Hay luces de ambulancias y policía. Si ya llegaba tarde, solo me faltaba esto. Me agarro al volante, abatido, no quiero ni mirar el reloj. Ya no sé si estoy escuchando la radio o música o qué suena, solo intento ver si la cola progresa un poco más rápido.

Parece que los guardias han conseguido dominar un poco la situación y avanzamos lentamente. Pasamos todos muy cerca de los coches accidentados. Hay tres apartados en el arcén, un vehículo está completamente destrozado. Hay cuerpos tapados en el suelo con mantas isotérmicas del equipo de rescate, aunque poco pueden hacer ya por ellos. Parece que el golpe ha sido brutal.

Y ahí, en mitad del accidente, está ella. La he vuelto a ver. Con su largo vestido negro, la capucha tapándole la cabeza y la guadaña en la mano. Hay dos espíritus a su lado, un hombre y una mujer: están resignados a su suerte. Desde que no fui puntual a mi primera cita con Ella puedo verla cuando está cerca. A veces pasa por mi lado, a veces está acompañando a alguien y de vez en cuando recoge a quien ya le ha llegado su hora.

Aunque no puedo verle el rostro, sé que me está mirando con cara de desesperación. Yo paso lentamente con el coche y me encojo de hombros a modo de disculpa, mientras pongo cara de “sí, ya lo sé, lo siento, pero no he podido evitarlo…”.

Y es que he vuelto a llegar tarde.