Archivo de la categoría: Castellano

Sueños non gratos

@nandopilgrim

Otra noche igual, casi en blanco, sin apenas descansar, en mitad del sueño y de la desesperación. Otra mañana en que se despertaba sin saber muy bien qué había soñado y qué había pasado en realidad, sabiendo que se llamaba Jacinto y que estaba en su casa porque la chica que vivía con él, Nuria, así se lo repetía.

También le decía que era su novia.

Pero él no se acordaba de nada. Ni de quién era, ni de qué hacía allí, ni de nada. No sabía cuál era su trabajo, ni sus amigos, sus aficiones…

Aquel accidente le había borrado de la cabeza toda información. Así que no tenía más remedio que creer lo que Nuria le iba contando.

Si bien era cierto que cuando despertó en el hospital fue su rostro lo primero que vio, no le produjo ninguna sensación. No sabría decir si la amaba, si la quería como a una hermana o si era lo que en ese momento representaba para él: una auténtica desconocida.

Pasaba los días en casa, viendo la televisión y perdiendo el tiempo, sin poder salir solo por miedo a perderse, y yendo a revisiones periódicas al neurólogo para comprobar que, al menos, su memoria no se había deteriorado más todavía. El médico era de la opinión de que la recuperaría con el tiempo, y que sólo tenía que tener paciencia.

Jacinto se extrañaba de no encontrar nada en el piso que le recordara a su vida pasada, pero Nuria le dijo que él tenía su propio piso y que vivían cada uno en su casa, pero que en su estado no podía dejarle ir allí. Él quiso insistir, pues pensaba que quizá una visita a su hogar le traería recuerdos a la memoria, pero Nuria lo negaba alegando que era demasiado pronto. Le enseñaba algunos discos y libros que decía que él le había regalado, pero no se acordaba de nada.

De todos modos, decidió seguir el consejo del médico y esperar a que pasara un tiempo, a ver si con ello conseguía resolver algo.

Una noche, estando en la cama, Nuria le dio una patada. Jacinto se despertó sobresaltado, y ella se disculpó diciéndole que hablaba demasiado en sueños y no la dejaba descansar. Ya no volvió a dormirse en toda la noche temiendo molestarla.

Pero esto siguió sucediéndole en los días siguientes

Jacinto pensó que quizá aquello le podría ayudar a recuperar la memoria. Una mañana, cuando Nuria ya se había marchado a trabajar salió de casa con una libreta para ir apuntando el nombre de las calles por donde pasaba hasta que encontró lo que buscaba: una tienda de electrodomésticos. Compró una grabadora pequeña y volvió al piso. Por la noche, antes de acostarse, la encendió y la colocó en la mesilla de noche de manera que Nuria no pudiera verla, pues no quería contarle por el momento para qué la quería. Como no sabía si iba a funcionar prefería guardar el proyecto en secreto. Además, Nuria se portaba muy bien con él pero había momentos en que su carácter le sorprendía un poco, y no quería decirle que había salido de casa solo. Le asustaba su posible reacción.

La primera noche apenas obtuvo resultados. Algún quejido, alguna risa, palabras unidas incoherentemente. Pero poco a poco fue consiguiendo algo más concreto, sobre todo a partir de que su novia le desterrara al sofá del salón porque apenas la dejaba dormir. Al descansar peor en aquel incómodo sofá, Jacinto tendía a hablar más en sueños.

Y la pesadilla se repetía. Ana, Iván, llanto, arrepentimiento. No conseguía unir correctamente todos los datos pero iba entendiendo de qué se trataba.

Iván podría ser un compañero de trabajo o un amigo, y Ana era su mujer. Pero Jacinto había mantenido relaciones con ella e Iván les había descubierto.

A medida que escuchaba las cintas y se convencía de ello, las borraba. Lo último que quería en el mundo era que Nuria se enterara de aquella historia. A menos que ya lo supiera, claro, pero ella nunca le había hablado de ello.

Con el paso de los días las grabaciones eran cada vez más explícitas. Parecía que aquello sí que le ayudaba a recuperar su memoria, pero solo mientras dormía. Al menos ahora también podía recordar imágenes. Reconstruyó una escena posible.

Él estaba en la cama con Ana cuando llegó Iván y discutieron. Su amigo le amenazó con despedirle. Era, pues, compañero de trabajo además, o su jefe seguramente. Estaba muy dolido, pues parecía que entre los dos había mucha confianza. Iván le reprochaba a Ana que sólo estuviese con él por su dinero, y que había sido así desde el principio. Jacinto se encontró en medio de aquella discusión viviéndola en tercera persona. Eran ellos dos los principales protagonistas.

Lo que no podía era recordar dónde estaban. Cada vez que escuchaba las cintas y reconstruía la escena se la imaginaba en el propio dormitorio del piso de Nuria. No conseguía acordarse de ningún detalle. Ni siquiera de las caras de Iván y Ana.

Su rutina cada vez le aburría más y más y no podía remediarlo de ningún modo. Nuria se levantaba, se iba a trabajar, casi todos los días volvía con algo de compra, cenaban, veían la televisión un rato y se acostaban. Desde que le había desterrado al sofá ni siquiera hacían el amor ya. Tampoco sabía a qué se dedicaba ella, aunque cuando le preguntó le dijo que trabajaba en unas oficinas.

Cada vez que Jacinto intentaba averiguar algo sobre su pasado su novia le insistía en dejar el tema. Le decía que era el médico el que tenía que marcar las pautas y que su memoria tenía que regresar de un modo gradual, sin forzar nada. Jacinto, evidentemente, no estaba para nada de acuerdo, pero no se atrevía a llevarle la contraria. Le costaba imaginar qué le había llevado a enamorarse de una persona como ella y no se sorprendía de haber tenido un lío con otra, dadas las circunstancias.

Cuando Nuria le levantó el castigo de dormir en el sofá, los episodios de hablar en sueños prosiguieron. Hasta que un día Nuria mientras desayunaban le preguntó:

̶  ¿Qué es lo que tienes en la guantera de tu coche, cariño?

Jacinto no supo qué responder.

̶  ¿A qué viene eso?

̶  Tú sabrás, que lo repetías mientras soñabas. Que lo tenías todo allí  ̶  añadió.

Jacinto no sabía siquiera si sabía conducir, ni qué coche tenía. Pero la cinta le reprodujo más tarde que lo que decía Nuria era cierto. Había dicho en sueños que todo estaba allí, en la guantera de su coche.

Pero al día siguiente la grabación le reveló una sorpresa desagradable. Ya no era tan sólo su voz la que había quedado registrada, sino la de Nuria también. Y le preguntaba si se acordaba de dónde había dejado las llaves del coche, y él le respondió que no, pero que tenía una copia en el frutero de su cocina.

Por la noche, mientras Nuria se duchaba, Jacinto registró su bolso. Allí encontró un documento de identidad, el de Iván, y dos cartillas de ahorros, todo ello metido en un sobre. Iban las dos al nombre de su amigo y de Ana, su mujer. También había tarjetas de crédito. Al ver la foto en el dni le reconoció de inmediato: era él, su jefe y su mejor amigo de toda la vida. Jacinto se sintió miserable, pero no supo adivinar por qué Nuria tenía aquellos documentos en su poder, siendo, seguramente, lo que él guardaba en la guantera de su coche.

Mientras cenaban se armó de valor y preguntó, como quien no quiere la cosa, por Iván. Le dijo que se había acordado de él de repente.

Nuria pareció sorprendida, pero se alegró de que fuera recuperando la memoria. Le dijo que esa misma mañana había hablado con él, que no tenía que preocuparse por el tiempo que llevaba de baja, que tenía el puesto asegurado y que cuando estuviera un poco más recuperado para asimilar más información se pasaría por casa para hacerle una visita. Jacinto no sabía en ese momento si aquello era bueno o era malo, pero, como todo, el tiempo lo diría.

Nuevas grabaciones le aportaron más datos. Su amigo había conseguido dar un buen golpe con sus negocios y Ana y Jacinto planeaban robarle todo el dinero y marcharse a otro país. No daba crédito a lo que escuchaba cuando reproducía las cintas. Era todo demasiado frío y despiadado, demasiado irreal. No había humanidad alguna en aquella historia y él se negaba a aceptar ese yo que apenas reconocía. No podía creer que en esos sueños hablara de él mismo. Quizá antes de perder la memoria era así: traidor, infiel y un ladrón, una persona sin escrúpulos.

Y llegó la pesadilla definitiva.

Ana y Jacinto se hallaban en la cama cuando llegó Iván. Discutieron. Su amigo no podía creérselo. Incluso lloraba. Ana gritaba acusando a su marido de que nunca la había querido. Él decía que no era cierto. A su vez, él le reprochaba que sólo le quisiera por el dinero. Una pistola apareció en manos de Ana, Jacinto intentó impedirlo, empujó a Iván y este se golpeó la cabeza contra la mesilla de noche.

La mesilla de su propia habitación. Luego, la oscuridad y el silencio.

Jacinto no tenía ninguna duda: Iván estaba muerto y Nuria le mentía. Quizá por ello tenía sus documentos. Quizá ya conocía toda la historia. Quizá le iba a acusar de asesinato y las cartillas y el dni eran la prueba.

Pero ¿y Ana? ¿Qué había pasado con ella?

Jacinto no tenía ni idea pero aquello le inquietaba sobremanera. Había descubierto que además de engañar a su mejor amigo y a su propia novia, le había matado. Fue un accidente, sí, pero por su culpa.

Aquella noche Jacinto apenas pudo dormir. Sus sueños intranquilos se convirtieron en pesadillas que desembocaban en bruscos despertares. Nuria intentaba consolarle cada vez que se incorporaba, sobresaltado. No estaba enfadada, sino más bien comprensiva y Jacinto lo agradeció, aunque no lograba mitigar su desasosiego con sus caricias.

Volvió a soñar. La discusión, la pelea, el golpe en la mesilla. Se despertó sudando, dormía de lado y sus ojos tropezaron directamente con el mueble. Y  sí, allí estaba el golpe. En la mesilla de noche de la habitación de Nuria.

Que también era la habitación de Iván.

Jacinto saltó sobre la cama y se volvió hacia ella.

̶  Tú eres Ana, ¿verdad?

Ana, lentamente, levantó el arma y disparó.

Tortilla de patatas

@nandopilgrim

Me acababa de sacar el permiso de conducir pero aún no tenía coche. Trabajaba, tenía a mis amigos, mis aficiones… no me podía quejar. Aún no era consciente de muchas de las preocupaciones que pueden atormentar a una persona adulta, ni tener idea siquiera de en qué circunstancias puede verse uno envuelto, ni de cuáles son las consecuencias que a veces nos traen las decisiones tomadas desde el fondo del abismo del dolor y la desesperación.

Una noche de tantas. Invernal, fría, ya hacía tres o cuatro horas que se había escondido el sol y era hora de cenar. Pero antes fui a bajar la basura. Mis padres ya habían terminado de poner la mesa y no debía retrasarme.

De repente un desconocido me aborda en la misma calle. Me pilla absorto en mis propios pensamientos y le pido que me repita lo que me ha dicho, pues no le he entendido.

̶ Que si me puedes dar algo de comer.

Le observo bien. Es un hombre de unos cincuenta y pocos años, bajito, con el pelo canoso y unos ojos azules muy claros y muy profundos. Cansados. Lleva unos pantalones vaqueros desgastados, una cazadora marrón y una mochila en la espalda. Su actitud es decidida pero al mismo tiempo parece que ha vivido muchos años más de los que aparenta y que justo en este momento, no quiere vivir más. No sé qué decirle.

̶ No llevo dinero ̶ le respondo, finalmente.

̶ Me da igual, un trozo de pan, cualquier cosa… ̶ no se mueve de la acera. Tampoco es que me impida el paso, pero no puedo dejarle así. Tiene algo que me inspira confianza. Y parece que yo a él también, por lo que me cuenta a continuación.

̶ Acabo de salir de Picassent, (del centro penitenciario) ¿sabes? hoy mismo, no tengo nada… He llegado hasta aquí haciendo autoestop y voy a Gandía.

̶ ¿Y por qué estaba allí?

Mi miró con tranquilidad y respondió sin titubear.

̶ Maté al hombre que violó a mi hija hace dieciocho años. Tengo hambre, no tengo dinero, y necesito llegar allí, a casa de mi hija. No sabe que ya he salido.

̶ ¿Su hija… vive en Gandía? ̶  Sinceramente, no sabía qué decirle.

Pero él me entendió, y con un enorme suspiro de tristeza, me respondió.

̶ No, ésa no. Tengo otra. Mi hija… no ha venido  a verme nunca a la cárcel. No sé dónde está ni dónde vive.

Aquello me encogió el corazón. Eso era durísimo. No podía ni imaginar el dolor de aquel hombre encerrado en una celda durante dieciocho años sin que su hija fuera a visitarle ni una sola vez.

Le dije que esperara dentro del portal del edificio para no padecer más las inclemencias de aquella noche y subí a casa. Íbamos a cenar ya. Le dije a mi madre que un hombre me había pedido algo de comida, y que si le podíamos ofrecer algo. Mi padre se enfadó. Me dijo que estaba loco por pararme a hablar con cualquier persona de la calle y más a esas horas. Sabía que no le iba a gustar, pero tenía que hacerlo. Mi madre, finalmente, cogió una barra de pan y preparó un bocadillo de tortilla de patatas, que era lo que íbamos a cenar aquella noche. Bajé la escalera y se lo di, y luego le acompañé hasta donde empezaba la avenida que le llevaría hasta la Plaza de España, donde había una gasolinera y por donde pasaba la carretera que lleva a Gandía.

̶ Algún camionero o alguien le podrá recoger y acercar hasta allí  ̶  le dije. El hombre me lo agradeció dándome la mano y se marchó, caminando despacito entre los árboles de la avenida.

Esperé hasta que le perdí de vista y luego volví a casa, cabizbajo.

Dieciocho años.

Dieciocho años por matar a un hombre.

Por matar a un hombre que con total seguridad habría cumplido menos tiempo de condena por haber destrozado la vida de una joven, marcándola para siempre con el recuerdo de un momento espantoso, terrible.

Prefirió que le encerraran a él antes que ver cómo aquel tipo volvía a disfrutar de la luz del sol y de la libertad, de la vida.

Vengando la afrenta cometida sobre su hija.

Aquel hombre no me pareció para nada un asesino. Ni una mala persona. Aquel hombre me inspiraba confianza y no sentía ningún temor en su presencia, a pesar de su macabra declaración. Es más, podía empatizar con él, con su situación y con lo que hizo. Yo mismo le hubiera acercado hasta Gandía si hubiera tenido con qué hacerlo, pero aún no tenía coche.

Dieciocho años por asesinato.

Asesinar: verbo transitivo

Matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante.

 ¿Es suficiente ese tiempo como castigo por quitarle a alguien la vida?

¿Es justo que siga viviendo alguien que le ha quitado la vida a una joven, sin matarla físicamente?

¿O que cumpla una corta condena y vuelva a salir a la calle, con el peligro de que vuelva a cometer tan despreciable acto?

¿Quién tiene derecho a saltarse la ley y tomarse la justicia por su mano?

¿Es justa una ley que permite que una persona así vuelva a estar en la calle?

¿Qué harías tú?

Ella

@nandopilgrim

No hay nada mejor después de cenar que dar un buen paseo. Te despeja la mente, te relaja, te ayuda a digerir los alimentos. En definitiva: te prepara para dormir bien.

Y eso he hecho yo. Hace el vientecillo un tanto fresco pero no llega a molestar en este último día de junio, aunque aquí en estas comarcas de interior el clima no es para nada parecido a la humedad sofocante a la que estoy acostumbrado. De hecho se me secan los labios continuamente desde que estoy aquí, no me acostumbro a este cambio.

Estas callejuelas estrechas y empedradas me vienen de maravilla para mi propósito: perderme en ellas y perderme yo también en mis propios pensamientos. Y no tardo nada en hacerlo. Admirando las antiguas construcciones y la belleza de los viejos adoquines llego hasta una calle que desemboca en una cuesta hacia lo que parece un río. Desde aquí escucho el sonido del agua. Y como es natural, bajo a ver qué me depara esa salida.

Al final de la calle hay un puente construido, según un cartel, en el siglo XVIII. Lleva nombre de santo, como la mayoría de las calles de este precioso pueblo. Me detengo un momento a contemplarlo. Está hecho enteramente de piedra, estrecho, con tres grandes arcos sobre el barranco y una pequeña capilla en mitad de su recorrido. Un carro de la época quizá no pasaba por él. Caballos y mulas sí. De pie en el centro, si abro los brazos toco con mis manos ambos muros de piedra que sirven de barandilla. Por debajo del arco central transcurre el cauce fluvial de un pequeño arroyo que sirve de afluente para el río que atraviesa la otra parte del pueblo. El quedo rumor de sus aguas es un regalo para los oídos, acompañado a intervalos irregulares por el croar de algunas ranas.

Intento imaginar a la gente de aquí cuando inauguraron el puente, cuando empezaron a cruzarlo, las mejoras que traería a sus vidas, los conflictos por pasar primero cuando la carga de dos animales a la vez no cabía y había que esperar. La mercancía que llevarían, las buenas o malas noticias que traerían, los ladrones y pícaros que quizá huyeron a través de él corriendo una noche de verano sin luna como la de hoy.

Al llegar a la mitad del puente miro abajo. El arroyo hace más ruido que el agua que realmente lleva, ayudado por las piedras que salpican su recorrido. Al mirar arriba veo un cielo despejado, sereno, débilmente empañado por la contaminación lumínica que desprenden las luces del pueblo. Seguro que cuando lo construyeron la oscuridad en esta parte era completa y se podía observar el firmamento en todo su esplendor. Quizá, pienso, un farol alumbraba la imagen del santo en la capilla situada en el centro, pero no se podría comparar a la potencia de las farolas que alumbran las calles hoy en día, por poca que sea.

Detrás de la montaña que tengo enfrente puedo ver un fuerte resplandor blanquecino. Supongo que la luna está a punto de salir, así que me apoyo en el muro de piedra esperando su aparición. Mientras, el murmullo del agua y la quietud reinante me traen su imagen a la memoria. Sus ojos claros, su sonrisa, su pelo atado en una coleta que le deja al descubierto un perfecto cuello de un blanco inmaculado.

Sus labios rojos, recuerdo sus labios pintados de rojo por encima de todo lo demás.

Y su vestidito corto de verano, alegre y fresco como las gotas de rocío al amanecer, colorido como los frutos de las zarzamoras.

Cuando la conocí me impuso de inmediato su presencia. Muy segura de sí misma, con su voz y sus gestos, su determinación. Su saber estar y su dominio de la situación.

Pero ahora sé la verdad.

En el fondo está asustada. Tiene miedo porque una vez ya le hicieron mucho daño y no es fácil recomponer un corazón joven cuando se ha roto en tantos pedazos. Su risa nerviosa y el movimiento rápido de sus ojos así me lo confirman. Puede aparentar ser la que lleva la voz cantante en cualquier circunstancia siempre que sea banal, intrascendente. Si se trata de sentimientos o de dejarse conocer un poco más, desaparece. No puede abrirse a nadie, está encerrada en sí misma como una oruga perezosa que no quiere convertirse en mariposa porque una vez ya le cortaron sus alas. Y es natural.

Tengo que saber adaptarme a su ritmo, a su tiempo. Aunque me muera de ganas de volver a hablar con ella, de invitarla a cenar, de llevarla a bailar. De hablar de todo, de su música, de mis libros, de sus composiciones, de mis escritos, de sus obras preferidas que hacen que se le ponga la piel de gallina, de los párrafos que me han sacado una lágrima alguna vez, cuando me han pillado desprevenido.

O de permanecer en silencio junto a ella, nada más. Sin hablar, compartiendo el momento. Escuchar su respiración y saber que si está ahí es porque quiere estar, porque no ha preferido estar en otro sitio. Con eso tengo suficiente.

Y esperar, porque ella vale la pena. Es así de simple. El zorro le dijo al Principito que fue el tiempo que pasó con su rosa lo que la hizo tan valiosa, destacándola por encima de todas las demás rosas. Pero esta rosa, además, ya es especial en su propia naturaleza.

“Si vas a venir a las cuatro, desde las tres ya seré feliz”, decía el zorro. Y tenía razón. Yo soy feliz sólo de pensar en volver a verla. Y ni siquiera sé si esa posibilidad existe.

A todo esto la luna no aparece. El resplandor se ha esfumado. Y me doy cuenta de que Selene[1] se acaba de ocultar, al contrario de lo que yo pensaba. No he sabido orientarme a tiempo para comprender este hecho, tan sólo me he percatado al darme cuenta de su ausencia en el cielo.

Tendré que volver a mi habitación. La suave brisa que soplaba a principio se ha convertido en una molestia un tanto desagradable. No sé cuánto tiempo llevo aquí parado. La Osa Mayor domina el cielo con claridad, mientras que durante el solsticio de verano, Orion es invisible porque el Sol está delante de ella. Son las dos únicas constelaciones que puedo reconocer.

Mientras vuelvo lentamente sobre mis pasos sigo pensando en ella. Quizá algún día le sepa escribir un poema que le devuelva la confianza, y quizá ella pueda componer la música que hace tiempo dejó de sonar en mi interior.

 

 

[1] Luna es el nombre genérico de un satélite que orbita alrededor de un planeta. La nuestra se llama Selene, y si estuviera habitada sus habitantes recibirían el nombre de selenitas.

El extraño

@nandopilgrim

Siempre espero que el verano tarde un poco en llegar, que no tenga prisa. Prefiero el frío del invierno, la lluvia, el viento, los días grises. No es que me guste regodearme en la melancolía de la caída de las hojas en otoño, los árboles desnudos y demás, pero simplemente me parece que cuando hace frío los días son más productivos. Y más hogareños.

El verano, con todo ese calor que te juzga a cada paso que das por una calle que parece el embudo de un secador de pelo, con la sensación desagradable y pegajosa del sudor perenne, la pereza de hacer nada… me puede. Luego, claro, está la parte buena: las vacaciones, la playa, las piscinas, las siestas con o sin Tour de Francia, las charlas hasta la madrugada, los paseos nocturnos…

Cada estación tiene su parte positiva y hay que exprimirlas al máximo para no perder un ápice de vida.

Pero cuando he salido a por el pan algo me ha dicho que el verano ya estaba aquí. Así, sin avisar, de golpe. Ha caído sobre mí con todo su peso. Resignado, he ido a la panadería-cafetería que por suerte está cerca de mi casa pensando en que los pantalones vaqueros ya me empiezan a molestar. Al menos el establecimiento tiene el aire acondicionado encendido.

Después de hacer la compra he visto a la pareja de ancianos que cada día acuden allí a tomarse una cervecita y un aperitivo ligero. Se sientan delante del televisor y se entretienen con el concurso matinal. Lo comentan y parecen felices. Él le toma la mano y ella le mira. Pero algo en su mirada es diferente a la de ayer. No le conoce. Hoy no.

Él lleva en su rostro toda una vida de recuerdos y de experiencias vividas a su lado. Y hay días en que hablan de ello, y se ríen, y recuerdan. Y si ella no se acuerda, él sigue hablando de otros tiempos y siguen construyendo juntos el pasado. Parece que cada arruga en su piel y en su cara tiene algo que contar.

Pero hoy no hablan, ni ríen, ni recuerdan. Hoy simplemente miran el televisor y de vez en cuando él comenta algo relacionado con el concurso, y ella asiente sin decir nada. No conoce a ese hombre que está sentado a su lado. Sin embargo, se ha dejado vestir con sus mejores ropas (como cada día) y lleva un pelo estupendo y las manos llenas de sortijas y pulseras. E incluso va un poco maquillada. Cada mañana él la viste y la prepara antes de salir de casa, aunque no se acuerde de quién es ni de por qué tiene que hacerlo. Para ellos cada día es domingo, y van vestidos para la mejor de las ocasiones. ¿Qué más da si hoy es jueves? A ellos no les importa.

Hoy él coge sus manos entre las suyas y las acaricia amorosamente. Ella le mira, agradecida y al mismo tiempo extrañada ante esas muestras continuas de cariño. Como se porta bien, no le dice nada. No le molesta. Él puede ver en sus ojos cómo se asoma el abismo de la incertidumbre, y se muere por explicarle todo lo que han pasado juntos, por relatarle cada capítulo de su vida como si de una novela se tratase. Pero sabe que es inútil, que no servirá de nada. Ya se dio cuenta de que ello no la ayuda a recordar, es más, la hace sentir peor, porque se siente culpable por no acordarse de todas esas cosas bonitas que él le cuenta. Así que él calla, coge su  mano y mira la tele.

Cuando se terminan la cerveza y el concurso ha acabado, van como todos los días a dar un paseo por el parque y por la avenida.

Hay días en que él es para ella su marido, el compañero de toda una vida, y otros en que solamente es un extraño.

Impuntual

@nandopilgrim

Otra vez llego tarde. A veces me pregunto si algún día podré cambiar esta costumbre mía de dejarme llevar y de no saber gestionar el tiempo debidamente. He salido de la ducha y ni he mirado el reloj. Ahora, cuando pongo la llave en el contacto del coche y miro la hora no puedo creérmelo: ¡veinte minutos de retraso! Algún día esto me saldrá caro. Inconscientemente me pongo nervioso y conduzco de una forma mucho más agresiva.

El otro día a punto estuve de tener un accidente. Estaba adelantando por la autovía y de repente me encontré con que la curva era más cerrada de lo que me pensaba. Por suerte el asfalto estaba seco y pude controlar el coche más  o menos bien después de una brusca frenada que podría haber evitado. El camionero al que estaba adelantando hizo sonar la bocina y me tiró las luces largas. Si llega a estar lloviendo… no quiero ni pensarlo.

Y podría cambiar esta fea costumbre, por supuesto. Solo se trata de fuerza de voluntad y aplicarme un poquito. Fijarme más en la hora, tomar conciencia, no sé, intentar llegar siempre antes y no tan justo de tiempo, que es lo que provoca que al final siempre llegue tarde.

Pero yo recuerdo que no siempre fue así. Claro. La culpa la tienen mis amigos (cómo no). Cuando éramos adolescentes y quedábamos para salir a dar una vuelta, tomar algo por ahí e ir a los recreativos a jugar a futbolines o al billar yo siempre era el primero en acudir al punto de la cita. Y a veces, si habíamos quedado varios en el mismo lugar, desde que llegaba yo hasta que aparecía el último podrían pasar perfectamente tres cuartos de hora. Hasta que me cansé de aquello. Empecé a no preocuparme por la hora cuando quedábamos. Primero con los amigos, pero luego el mal hábito se fue generalizando hasta que ocupó la mayor parte de lo que hacía. Y cuesta mucho volver a cambiar una rutina, tanto que todavía no he sido capaz, a pesar de que ya han pasado un buen porrón de años.

Una vez recuerdo que me dejaron plantado con un buen par de narices. Había conocido a una chica de la República Checa que vivía a unos 70 kilómetros de mi ciudad. Llevaba diez años en el país y hablaba perfectamente el castellano. Le encantaba visitar ciudades y pueblos que no conocía y fotografiarlos, pues era muy aficionada, y yo me ofrecí a hacerle de guía por mi zona. Recuerdo que quedé con ella un domingo por la mañana y se me hizo tarde para salir de casa. Para mas inri había olvidado las gafas de sol, y en pleno verano que estábamos con lo que fastidia ir por ahí sin las gafas, pues di la vuelta y volví para recogerlas. Le envié un mensaje para avisarla de que llegaría tarde pero cuando acudí a la estación ya no estaba. 30 minutos habían pasado. Quizá en la cultura de su país aquello era una falta de educación demasiado grave. Hubiera preferido aguantar el sermón y luego pasar el día con ella, como habíamos previsto, a que se fuera y me dejara plantado. Por una parte quizá me lo merecía pero por otra pienso que fue una reacción un tanto excesiva. Yo quería excusarme diciendo que los españoles somos así, que es algo habitual y tal y tal pero no tuve la oportunidad. Supongo que es fácil acostumbrarse a la paella, al buen tiempo y al tinto de verano, pero hay cosas que no podía tolerar.

No la volví a ver más, supongo que perdí la oportunidad de trabar una buena e interesante amistad.

De todos modos de poco me ha servido aquella lección, porque sigo igual de impuntual y de despistado. Y no lo hago por mala educación ni como una falta de respeto, simplemente… sucede una y otra vez. A veces pienso que mi simpatía, mi don de gentes y mi carisma pueden suplir tal defecto, pero luego recuerdo que no todo el mundo me ve con los ojos de mi madre y entiendo cuando se molestan conmigo.

Y para complicarlo un poco más, ahora hay un accidente en la carretera. Puedo ver una larga fila de coches parados de la cual el mío es el último. Hay luces de ambulancias y policía. Si ya llegaba tarde, solo me faltaba esto. Me agarro al volante, abatido, no quiero ni mirar el reloj. Ya no sé si estoy escuchando la radio o música o qué suena, solo intento ver si la cola progresa un poco más rápido.

Parece que los guardias han conseguido dominar un poco la situación y avanzamos lentamente. Pasamos todos muy cerca de los coches accidentados. Hay tres apartados en el arcén, un vehículo está completamente destrozado. Hay cuerpos tapados en el suelo con mantas isotérmicas del equipo de rescate, aunque poco pueden hacer ya por ellos. Parece que el golpe ha sido brutal.

Y ahí, en mitad del accidente, está ella. La he vuelto a ver. Con su largo vestido negro, la capucha tapándole la cabeza y la guadaña en la mano. Hay dos espíritus a su lado, un hombre y una mujer: están resignados a su suerte. Desde que no fui puntual a mi primera cita con Ella puedo verla cuando está cerca. A veces pasa por mi lado, a veces está acompañando a alguien y de vez en cuando recoge a quien ya le ha llegado su hora.

Aunque no puedo verle el rostro, sé que me está mirando con cara de desesperación. Yo paso lentamente con el coche y me encojo de hombros a modo de disculpa, mientras pongo cara de “sí, ya lo sé, lo siento, pero no he podido evitarlo…”.

Y es que he vuelto a llegar tarde.

Whisky escocés

 

@nandopilgrim

La cabaña era tal y como había podido ver en las fotos de la agencia. Ni muy grande ni muy pequeña, rodeada de abetos en medio de la montaña, con su acogedora chimenea en la habitación que hacía las veces de salita, de comedor y de cocina (todo al mismo tiempo) y lo suficientemente lejos de la civilización como para poder abstraerse de las distracciones cotidianas, centrarse en terminar su última novela y así poder cumplir los plazos acordados con la editorial.

Claro que nunca era fácil, porque su posición social y su prestigio le proporcionaban distracciones a las que solía prestarles demasiada atención.

Por eso aquella vez había decidido aislarse en un entorno tranquilo y solitario para poder concentrarse. Eso le proporcionaría dos resultados: cumplir con lo establecido y dejar de derrochar el dinero, ya que había podido comprobar que vivir de las rentas no era tan fácil como pensaba.

Una vez Henry, el viejo casero propietario de la cabaña le hubo dado las últimas instrucciones sobre todo lo concerniente a la vida en la montaña y las precauciones a tomar cada vez que nevaba, le dejó solo y Avner se dispuso a examinar su nueva morada para las próximas semanas. Sencilla, acogedora, casi todo en la planta baja menos su habitación, situada en el primer piso abuhardillado. Comprobó con satisfacción que el tubo de la chimenea pasaba cerca de la cama y eso le daba a la estancia un ambiente cálido y agradable.

Los primeros días no se dedicó inmediatamente a escribir, sino más bien a liberar su mente de todo aquello que le impedía concentrarse y hacer un trabajo digno. Cortó leña, paseó por los bosques cercanos, bajó hasta el pueblo para comprar aquellas cosas que había creído innecesarias para su estancia en la cabaña y aprovechó para terminar de leer un par de libros o tres que tenía empezados desde ya hacía algún tiempo. Allí, encerrado con su soledad al abrigo del frío delante de la chimenea empezó a sentirse como en casa.

Justo el día que quería ponerse a trabajar apareció un inesperado compañero cerca de la cabaña. Era un border collie adulto, con un precioso pelaje blanco y negro aunque algo estropeado. Quizá se había escapado o se había perdido, pero no llevaba ningún tipo de collar ni identificación. Lo vio sentado sobre la nieve al lado de los escalones que daban acceso a la cabaña, justo cuando volvía de un largo paseo. Estaba a punto de anochecer y supuso que el perro llevaría horas o quizá días sin comer.

̶ ¿Tienes hambre, amigo? ̶ le preguntó.

El can le miró y luego miró a la puerta, moviendo el rabo enérgicamente tres o cuatro veces.

̶ Me parece que sí… ̶ y abriendo la puerta invitó al animal a entrar, lo que éste hizo sin pensárselo mucho. Olisqueó todos los muebles y todos los rincones mientras el escritor se despojaba del abrigo y de las botas. De repente, el perro empezó a ladrar, señalando con el hocico hacia una vieja cómoda que permanecía pegada a la pared. Era un mueble al que el escritor no le había hecho mucho caso, ya que no lo utilizaba. Pero al acercarse vio cómo algo parecía moverse. Entre la tapa de la cómoda y el primer cajón había un hueco, y sobre él un estante corredizo. El escritor lo sacó y pudo ver un antiguo tablero de ajedrez, con las piezas dispuestas en mitad de una partida interrumpida. Estaba un poco polvoriento, pero en buen estado. Se fijó en el desarrollo de la partida y se percató de que el alfil blanco le estaba dando jaque al Rey negro. Qué tontería pensó, y movió el Rey para ponerlo a  salvo.

Después de esto, volvió a meter el estante en su sitio y se dispuso a hacer la cena. El collie parecía ser buena compañía, así que después de cenar dejó que se tumbara al calor del hogar mientras él se acostaba en su buhardilla.

Al día siguiente el perro seguía en la casa, evidentemente, y el escritor decidió adoptarlo.

Cuando volvieron los dos de su paseo matutino se dispuso a escribir. El animal no se separaba de él y en cierto modo era reconfortante. Sacó el ordenador, ordenó sus apuntes mientras éste se encendía e intentó ordenar también sus ideas. Ahí estaba su novela a medio acabar, esperándole.

Empezó a teclear. Una, dos, tres palabras. Paró. No tenía sentido, no era coherente. Un párrafo entero. No le gustaba. ¿Qué le estaba pasando? Borró las últimas líneas y empezó de nuevo, pero no lograba plasmar su idea de una forma brillante en la pantalla. Ni siquiera de una forma decente.

Le sacaron de su sombría incapacidad los ladridos del animal. Otra vez señalaba la cómoda con el hocico y la cola extendida.

̶ Sshh, ey, tranquilo, amigo… ̶ le susurró acariciándole. Pero el perro seguía atento con la vista fija en el mueble. El escritor sacó el estante donde reposaba el ajedrez y notó algo extraño. El alfil blanco que la noche anterior amenazaba al Rey negro había retrocedido hasta una posición segura. Al principio no supo muy bien como tomarse aquello, pero luego supuso que él mismo habría movido la pieza y ahora no se acordaba. Así que volvió a poner al Rey donde lo había encontrado la primera vez. Volvió al escritorio pero las ideas seguían sin acudir a su cabeza. Bueno no te preocupes, pensó, llevas días sin escribir, date tiempo…

Otro movimiento del perro le hizo volverse y efectivamente, otro alfil había cambiado su pieza en el tablero. Sin pensarlo mucho, protegió la Dama negra cambiándola de posición.

Antes de irse a dormir volvió a comprobar el tablero. La Dama blanca había retrocedido y él aprovechó para comer un peón, y se fue a dormir pensando que ya llevaba una pieza de ventaja.

Pero a la mañana siguiente cuando fue a revisar la partida instintivamente y todavía medio dormido vio que las blancas, lejos de recuperar su peón, estaban montando un ataque en la diagonal. Avner movió al azar y pensó que se estaba volviendo loco en la soledad de aquella cabaña. Intentó apartar de su cabeza los extraños movimientos del tablero e intentó concentrarse.

La pantalla del ordenador le devolvía su reflejo con indolente claridad. No estaba haciendo nada de lo que se había propuesto. Quizá un trago le animaría un poco, en aquella vieja cabaña alguna bebida tendría que haber.

Pero no encontró nada, no había una sola botella que contuviera algún tipo de licor en la casa. Pensó con nostalgia en el whisky escocés que guardaba en el mueble bar de su piso con aquel aroma a madera y aquel sabor tan seco y tan agradable a su vez, turboso y ahumado. Al principio lo guardaba para las grandes ocasiones, pero con el tiempo se había convertido en habitual acompañante en sus noches de trabajo.

Pensó en bajar al pueblo pero cayó en la cuenta de que era domingo, y en aquella pequeña población perdida en medio de las montañas no iba a encontrar nada abierto un día festivo. Quizá era mejor no tener el whisky a mano, pues sus últimas obras habían perdido algo de calidad y tal vez sería mejor escribir sin su influencia. No se le había ocurrido aquello hasta ése momento.

Viendo que no era capaz de continuar trabajando, fue hacia la cómoda y con cuidado de no tirar ninguna pieza, sacó el ajedrez del estante y lo colocó encima de la mesa del escritorio después de desempolvarlo escrupulosamente. El border collie seguía atento todos sus movimientos. Sentado en el suelo a su lado, le miraba como invitándole a que realizara su movimiento.

̶ Está bien ̶ le dijo ̶ pero necesito escribir. Moveré una pieza al día.

El perro ladró, como si estuviera de acuerdo, y el escritor movió el caballo negro consciente de que si no lo hacía las blancas tenían el mate en dos movimientos.

Después de la caminata por los nevados caminos sintió por fin como las palabras se amontonaban en su cabeza. Se sentó a escribir, preso de un delirio febril y de pronto todo cobró sentido. Su novela fluía con facilidad y grandes ideas acudían a su mente. Aquel día se fue a dormir realmente satisfecho, por fin, después de tantos días de negra perspectiva.

A partir de ahí Avner siguió la misma rutina cada mañana: se levantaba, desayunaba, movía una pieza del tablero de ajedrez y salía a caminar con el perro siempre a su lado. Por las tardes se dedicaba a escribir mientras afuera anochecía rápidamente. Acostumbrado al bullicio y las luces de su ciudad, nunca había pensado que en aquellas latitudes pudiera oscurecer a una hora tan temprana, finalizando así por completo la actividad diaria de los habitantes de la zona.

El desarrollo de la novela avanzaba rápidamente y su conclusión parecía cercana, así como la misteriosa partida de ajedrez, que debido al envite constante de las piezas blancas le causaba una gran dificultad mantener la posición defensiva apoyando al Rey negro.

Finalmente, terminó de escribir. Esta sería sin duda alguna su obra maestra que le devolvería a la primera fila de los autores más influyentes del momento. Cuanto más la releía, más perfecta le parecía la trama, más ágil y audaz, y los personajes más tangibles.

En cambio, sobre el tablero las piezas blancas también culminaban su particular obra maestra. Sin demasiadas bajas en ninguno de los dos bandos, las negras languidecían acorraladas por el potente ataque de sus adversarias. En un esfuerzo inútil por prolongar la agonía, Avner movió la torre tapándole el jaque a la Dama blanca, y tremendamente agotado, se fue a dormir.

A la mañana siguiente se despertó sintiéndose mejor que nunca. Había dormido de un tirón por primera vez en muchos días y la satisfacción de tener la novela terminada inundaba su estado de ánimo. Ése mismo día recogería sus cosas y volvería a la ciudad, así que llamó al dueño de la cabaña para avisarle de ello.

Bajó a la salita y allí sentado junto al escritorio el perro le aguardaba pacientemente. Se sentó despreocupadamente enfrente del ordenador y lo encendió. El border collie ladró, regañándole, y volvió su vista al tablero con atención. Tal y como había imaginado, el movimiento de la torre atacante unido a la clavada de la torre negra, incapaz de defender dos posiciones a la vez le daban la victoria a las piezas blancas.

̶ Jaque mate, amigo ̶ le dijo, acariciándole la cabeza y tumbando el Rey negro sobre el tablero. Después, paladeando con enorme placer una copa del mejor whisky escocés que había probado jamás le dio el último repaso a la novela antes de hacer las maletas. Definitivamente, ésa era su mejor obra, y aquel whisky era el mejor whisky del mundo.

Cuando llegó el viejo Henry Avner ya lo tenía todo a punto. Cargó los bultos en el coche del anciano y luego miró alrededor, buscando al perro, pero éste no aparecía. Silbó.

̶ ¿Qué hace?

̶ Pues llamando al perro. Ha estado conmigo aquí este tiempo y me lo llevo a mi casa. Apareció de repente, era un border collie blanco y negro…

̶¿Está seguro? ̶ le preguntó el casero.

̶ Hombre, claro. Me ha hecho compañía estos días…

̶ El único perro así que había en esta zona era el del viejo Jack. El último propietario de esta casa antes de que sus hijos me la vendieran a mí.

̶ ¿El viejo Jack? ¿De quién se trataba?

̶ Verás, muchacho… el viejo Jack construyó esta cabaña cuando se retiró del negocio. Vino aquí para disfrutar de su vejez y de su soledad después de la muerte de su esposa. Sólo tenía como compañía a un perro como el que tú dices y a un antiguo empleado que subía hasta aquí para jugar al ajedrez con él alguna tarde, cuando el mal tiempo se lo permitía. Ambos eran muy aficionados a ese juego. Hasta que murió. ̶  Hizo una pausa  ̶ Entonces sus hijos se llevaron todas sus cosas y pusieron en venta la cabaña. Yo no la quería, pero tampoco quería que se echara a perder y así la compré para alquilarla a gente como usted.

El escritor escuchaba atentamente cada palabra del anciano, intentando asimilar lo vivido aquellos días. Se habían puesto ya en marcha hacia el pueblo, donde Avner cogería el tren que le devolvería a su ciudad. Del collie negro y blanco no había ni rastro.

̶ No se lo llevaron todo, entonces ̶ dijo.

̶ ¿Cómo dices, hijo?

̶ Pues… el ajedrez. Estaba allí, en una cómoda. Yo lo vi ̶  pero no se atrevió a decirle a Henry que había estado terminando una partida sobre ese mismo tablero.

̶ Oh no, te lo aseguro. Cuando me quedé la cabaña yo mismo cambié los muebles de sitio y organicé un poco todo aquel desastre. Sus hijos se lo habían llevado todo, la ropa, los cuadros, el ajedrez también. Ni tan siquiera pude encontrar una botella. ̶ añadió, guiñándole un ojo ̶ y mira que busqué bien por toda la casa.

̶ ¿Una botella… de qué? ̶ preguntó Avner.

̶ De whisky, hijo, de whisky. El viejo Jack tenía una destilería y la dejó a sus hijos cuando murió su mujer, y se retiró a la montaña, pero él siempre tenía una botella de su brebaje en casa para las visitas. Eso era lo mejor de venir a verle porque ¿sabes una cosa? el whisky escocés del viejo Jack era realmente el mejor whisky del mundo.

El aprendiz de lazarillo

@nandopilgrim

Después de casi quince años, Cintia ha vuelto a la ciudad. Y no lo ha hecho por gusto, ni para quedarse. Ha vuelto porque su madre estaba enferma y va a cuidar de ella una temporada. Como su trabajo y su posición se lo permitían, había pedido una excedencia y había vuelto al lugar del que tiempo atrás se había marchado precipitadamente, como si estuviera huyendo de aquí, de su pasado, de nosotros.

Sea como fuere, había vuelto y esa noche (por fin) la iba a volver a ver.

Fue mi primer beso, mi primer amor. Mis primeras caricias, las primeras miradas cómplices, la primera chica que me rompió el corazón. Y tanto tiempo después de aquello nunca había logrado encontrar a nadie como ella. Quizá la tenía idealizada, pero ninguna de las chicas que conocí en las breves relaciones que tuve le llegaba a la suela de los zapatos. Esa elegancia innata, esa mirada sugerente, esa manera de andar. Era única y especial, y ella lo sabía. Vaya si lo sabía.

Cuando Ruth me dijo que había regresado me quedé paralizado por la sorpresa, tanto que dejé que el cigarrillo se consumiera lentamente entre mis dedos y me quemé. Ella me miró sonriendo sarcásticamente, como hacía tantas veces a propósito sabiendo que eso me sacaba de quicio, y luego se burló de mis sueños adolescentes que vio pasar por mis ojos cuando pronunció el nombre de Cintia. Los tres habíamos sido inseparables en aquella época donde lo único que te preocupa es definirte a ti mismo como persona porque no tienes nada claro, llevar la contraria a tus padres sistemáticamente y rebelarte contra todo aquello que no coincida con tu forma de pensar y de vivir. Pero yo me enamoré de Cintia, y eso estropeó un poco las cosas. Realmente nunca supe si ella llegó a sentir lo mismo que yo, pero siempre tuve la sensación de que no fue así, y Ruth lo sabía y le gustaba mortificarme con eso. Hasta que Cintia se marchó, yo hice ver que lo superaba y Ruth y yo, a pesar de encontrar otras amistades y separarnos un poco nunca llegamos a distanciarnos. Nos veíamos en los mismos bares, íbamos a los mismos conciertos y además siempre podía contar con ella cuando necesitaba hablar y que alguien me escuchase. Era mi única confidente, la única persona con la que podía ser totalmente sincero sin avergonzarme ni tener miedo a ser juzgado. Ella también podía contar conmigo, pero era mucho más reservada para sus cosas. Cuando Ruth estaba mal lo notaba porque simplemente desaparecía de escena sin dar señales de vida. Entonces iba a buscarla e intentaba hacerle salir de casa para animarla, pero con el tiempo aprendí que era mejor simplemente sentarme a su lado en el sofá y hacerle compañía, sin agobiarla queriéndola sacar a ningún lado ni preguntarle qué era lo que le pasaba. A veces me lo contaba espontáneamente, la mayoría de ocasiones no. Su mejor amiga había sido Cintia, y su marcha también fue un duro golpe para ella, así que supongo que después de aquello quizá le costaba volver a confiar en alguien y abrirse de ese modo.

Casi siempre estábamos solteros los dos, pues parece que somos difíciles de emparejar, pero nunca se nos habría pasado por la cabeza ni siquiera intentarlo juntos. Nuestra relación amor-odio habría hecho saltar por los aires cualquier intento de convivencia. A mí me irritaba su sarcasmo y su mordacidad, y a ella le exasperaba mi falta de madurez y la tranquilidad con la que desperdiciaba el tiempo y mi vida. Mejor ni pensarlo. A veces creo que es la mejor persona que puedo tener a mi lado y a veces pienso en comprarme una hucha, ahorrar un tiempo y luego pagar a un sicario para que haga el trabajo sucio por mí. Creo que nos necesitamos mutuamente pero claro, no puedo hablar de esto con Ruth, las chorradas sensibleras no van con ella y ya es demasiado cruel conmigo cada vez que puede meter el dedo en alguna llaga como para ir dándole motivos gratuitamente.

A veces no hace falta hablarlo todo, digo yo.

Pero Cintia había vuelto, y aunque fuera solo temporalmente era mi oportunidad para volver a acercarme a ella y tratar de que todo siguiera como antes, con la misma complicidad y quizá, quizá, quién sabe, se volviera a fijar en mí. Supongo que habrá cambiado algo en todos estos años, pero bueno, nunca hay que perder la esperanza.

Me dolió un poco que hubiese llamado a Ruth y no a mí para avisar de que estaba en la ciudad y que sería agradable juntarnos de nuevo, organizar una cena o algo así y volver a vernos, pero supongo que también es normal, después de todo.

Vamos a cenar en el bar de siempre, así que no tengo que preocuparme de ir demasiado elegante. En cambio, he sacado todo mi arsenal sobre vestuario rocker que poseo: mis botas de cuero estilo casi cowboy, pantalones ajustados, chaqueta vaquera.

Tengo que impresionarla como sea, y siendo fiel a mi estilo es la mejor manera, aunque últimamente no es que se me de demasiado bien pero no me importa.

Suenan en mi cabeza estrofas de la música que escucho cuando necesito motivarme y me acompañan todo el camino

…las manos sucias de trabajar, el pelo colocado para no defraudar…

Me vienen imágenes a la cabeza de los difusos recuerdos que guardo de Cintia. Apenas recuerdo bien su cara, pero sus ojos nunca los pude olvidar. Y me la imagino como una mujer sofisticada, moderna, segura de sí misma… y me voy empequeñeciendo un poco.

…tú tienes algo que me está matando y eso, nena, es tu manera de andar…

Pero bueno, tampoco hay que adelantar acontecimientos.

Cuando llego al bar soy el primero, me pido una cerveza y espero en la barra. Al poco llega Ruth y nada más verme ya se está riendo.

̶ Estás guapísimo con el traje de los domingos, cariño  ̶   me dice con su típica sonrisita burlona.

̶ Ten cuidado no te muerdas la lengua, amor ̶  le respondo yo.

Después de tan cordial saludo, la conversación ya puede fluir tranquilamente sobre los temas habituales… hasta que llega Cintia. Toda mi imaginación se había quedado corta cuando la he vuelto a ver. Mis expectativas son ampliamente superadas por esa mujer que acaba de entrar por la puerta del bar. Se acerca sonriendo (moderadamente) y Ruth para fastidiarme hace como que me limpia la baba con un pañuelo.

Nos sentamos en una mesa y ellas llevan los temas de conversación, pero al cabo de un par de cervezas más parece que el ambiente se ha relajado un poco y me encuentro más a gusto. Hablamos de todo, de cómo nos va, del trabajo que tenemos, de cómo hemos cambiado. Aunque hablamos los tres, Ruth y yo acosamos a preguntas a la hija pródiga para que nos cuente su vida y sus experiencias en el extranjero.

A la hora de cenar Cintia prefiere vino, y cuando me preguntan si tengo alguna predilección les digo que no, que elijan ellas, un poco avergonzado por no tener ni idea sobre ningún tipo de vino. Me ha tocado un poco la moral pero bueno, tampoco importa demasiado, aunque en éste bar no creo que haya mucho donde elegir.

Vino… no me fastidies… yo… a mí… tráeme otra cerveza.

Aprovechando un momento en que Ruth se levanta para ir al baño le digo a Cintia que me alegro de volverla a ver y de que esté en la ciudad.

̶ Bueno, es algo temporal. Mi vida no la tengo aquí, ya lo sabes.

̶ Sí, lo sé, pero ̶  insisto ̶  te irá bien estar aquí un tiempo.

̶  ¿Ah sí? ¿Y por qué?

Cuando me lanza esa mirada inquisidora nunca sé responder. Lo hacía antes y lo hace ahora, y sigue teniendo el mismo efecto en mí.

̶ Pues… esto… porque es tu ciudad… estamos nosotros aquí… eh… porque tu madre te necesita y siempre es bueno poder compartir tu tiempo con ella… ̶  me recupero un poco mientras creo que he encontrado una respuesta al menos algo digna y aceptable. Ella sonríe mirándome y bebiendo un poco de vino al mismo tiempo. Parece satisfecha al comprobar que su mirada me sigue turbando.

Cuando vuelve Ruth del baño seguimos hablando de lo mismo, y sin saber muy bien por qué, vuelvo a decir que volver a la ciudad es lo mejor que le podía pasar a Cintia.

̶ ¿Acaso sabes tú mejor que yo lo que me conviene? ̶ me suelta de repente. Y me ha pillado de improviso y me quedo con cara de tonto, mientras Ruth se descojona literalmente de mí, pero la risa enigmática de Cintia me duele más.

̶ No quería decir eso, solo que… bueno, no importa.

Prefiero callarme y que hablen ellas. Está claro que tienen mucha más complicidad que conmigo, así que mejor me tranquilizo un poco. Me da la sensación de que Cintia se defiende detrás de los altos muros de un castillo y yo no he traído suficiente cuerda como para escalar esa pared.

Para los postres la cosa se ha vuelto a normalizar, y Cintia ahora está mucho más agradable mientras me pregunta por todo, y me vuelvo a sentir bien. Ahora hablamos de todos aquellos sueños que teníamos cada uno y que se han quedado por el camino. Por fin siento que de verdad ha vuelto, y que es la de siempre. Su sonrisa es sincera y estamos los tres mucho más relajados. Incluso parece que Ruth ha olvidado su faceta irónica y así, simplemente, podemos disfrutar del reencuentro sin más.

Como las cervezas van teniendo sus consecuencias, también debo ir al baño. Ahora, pienso, debo dejar que la cosa fluya. Intentar averiguar qué va a hacer Cintia el tiempo que esté aquí, proponerle algún plan y ver qué tal. Normalizar nuestra relación y así poder ver si evoluciona. Sin prisas, ni agobios.

Cuando vuelvo no están en la mesa. El camarero me indica que han salido a fumar y yo hago lo mismo, pero tampoco las veo en la calle. A estas horas apenas pasa algún coche, un señor muy mayor saca a pasear a su perro, una pareja se mete mano apasionadamente refugiados en un portal y sorprendentemente pasa un ciego ofreciéndome un cupón de la O.N.C.E.

Bueno, todavía no es tan tarde, al fin y al cabo, pero de mis amigas ni rastro.

Cuando éramos adolescentes una vez me habían tocado unos sesenta euros en una quiniela y salimos los tres a celebrarlo, y entonces ellas aprovecharon una visita mía al baño para huir y dejar que pagara la cuenta yo solito, pero ahora, que yo sepa, no es el caso.

Me fumo mi cigarro despacito, preguntándome dónde estarán. Ya no me hace gracia la broma.

Sin poder evitarlo, me fijo en la pareja que está comiéndose a besos en la acera de enfrente y algo me resulta familiar. No es una pareja cualquiera, son Ruth y Cintia, y parece que para ellas no existe nada más en el mundo en estos momentos.

Aplasto la colilla contra el suelo y me voy; que paguen ellas la cuenta esta vez. Realmente tampoco me sorprende demasiado, pero a veces pienso que el palo que lleva de guía el vendedor de cupones me hace más falta a mí que a él.