La muñeca de Mary King’s Close

Habían recorrido en poco más de una hora el trayecto que unía mediante la vía férrea las ciudades de Glasgow y Edimburgo. Un viejo tren, amarillo y azul, les había dejado en la Waverley Station de la que fue llamada cinco siglos atrás la Atenas del Norte, ya que, gracias a su Universidad, fue uno de los centros más importantes de educación y cultura durante la Ilustración. Javier se había pasado casi todo el camino dormitando sobre su asiento del vagón, mientras Marta no dejaba de observar, fascinada, el paisaje escocés. Hacía años que ese viaje era un sueño que ambos tenían pendiente, y por fin lo habían materializado, aunque para Javier el tener que ir a contrarreloj para poder visitar la mayor cantidad de curiosidades en un día le resultaba demasiado agotador. El Reino Unido tampoco se había construido en un día, pensaba.

            Sin embargo, Edimburgo siempre había ejercido sobre él una fascinación especial. Había leído muchas historias sobre sus empedradas y estrechas callejuelas, las leyendas sobre su magnífico castillo o aquellas otras, un poco más oscuras, sobre los fantasmas de sus famosas catacumbas. Javier no creía en nada de eso y siempre se había mostrado bastante escéptico a cualquier relato que intentara convencerle de la existencia de algo más que aquello que veían sus propios ojos, pero siempre le había gustado escuchar esas historias.

            Y una de sus favoritas había sucedido allí, en Edimburgo.

            Durante la Navidad de 1644 una plaga había desembarcado en la ciudad, proveniente del continente europeo. Las pulgas que trajeron consigo las ratas causaron una epidemia de peste que cercenó la vida de un buen número de ciudadanos escoceses. La humedad, la estrechez de sus callejones y la falta de higiene propiciaron que la enfermedad se extendiera rápidamente. Los médicos, ataviados con ropas hechas de cuero y máscaras con forma de pico de pájaro contribuían a darle un toque más siniestro aún, si cabe, a aquellos días malditos. El Mary King’s Close, uno de los barrios más conocidos de la ciudad, no fue una excepción a la hora de padecer los efectos de la plaga, y aunque parcialmente soterrado bajo los edificios de la urbe moderna, todavía conserva una parte visitable. Y dentro de ella, la casa de Annie.

            Annie es el fantasma de una niña que Aiko Gibo, una médium japonesa, descubrió en su viaje a la capital escocesa. La niña le contó que, cientos de años atrás, sus padres habían muerto dejándola sola en medio de la epidemia en aquel lugar, donde terminaría muriendo. La médium, para que Annie no se sintiera tan sola, le compró una muñeca y la depositó encima de un viejo baúl. Desde entonces se ha convertido en una tradición que los turistas que pasen por allí le dejen algún juguete a Annie y Javier y Marta pensaban cumplir con el rito establecido.

            De hecho, Marta había confeccionado para la ocasión una muñeca de trapo como las que cada año regalaba a sus sobrinas por Navidad, pero esta vez la había vestido con un largo chaquetón rojo y unos pantalones azules de tela vaquera, que era su combinación favorita.

            Al día siguiente de su llegada a Edimburgo se dirigieron hacia Mary King’s Close justo después de un copioso desayuno, a buscar a la guía que habían contratado para la ocasión. Sin embargo, a pesar de la emoción que les  causaban las expectativas de los dos por visitar aquel lugar, Javier se fue sintiendo indispuesto según se acercaban, cada vez más. A pesar de todo, decidieron continuar con el plan previsto y realizar la visita. Al entrar en las callejuelas del barrio el aire se volvió tan denso que dificultaba la respiración, y tuvo que quitarse el chaquetón que llevaba puesto para no marearse más de lo que ya lo estaba. Los adoquines de sus calles y las piedras de sus muros les transportaban a un tiempo muy distante y remoto, pero a Javier le parecía que todo estaba borroso y escuchaba la voz de la guía como algo lejano y ajeno a él. De pronto, tropezó con algo y cuando levantó la vista vio los ojos negros de Marta fijados en los suyos.

            —¿Te encuentras bien, cariño?

            —Sí, sí, no pasa nada… ¿por qué hemos parado?

            La guía contestó antes de que Marta pudiera hacerlo.

            —Estamos ante la famosa casa de Annie, la niña abandonada y sus muñecas. ¿Entramos?

            Javier asintió con la cabeza, no sin que cierto escalofrío recorriese su espalda. Allí dentro apenas prestó atención a las explicaciones, absorto en su propio estado de ánimo. Paseaba la mirada sobre los desvencijados muebles que aún conservaba la casa cuando de pronto vio el baúl: un viejo arcón de madera atiborrado de muñecas y otros juguetes, de todos los tamaños y vestidas de todos los estilos, que se amontonaban unos encima de otros configurando una tétrica pila de horrores infantiles. Era una visión perturbadora. Le pareció escuchar, como si la voz de la guía estuviera instalada en algún lugar perdido y profundo de su propio cerebro, que esos juguetes cada cierto tiempo eran donados a distintos orfanatos para regalarlos a las niñas y niños huérfanos. Javier no pudo evitar sentir otro escalofrío al escuchar aquello. Detrás de él, una vieja cómoda sostenía un espejo antiguo, dorado y con motivos florales en su marco. Javier se acercó un poco más para contemplarlo mejor. En su reflejo pudo ver, apenas a dos metros detrás de él, a Marta atendiendo la parrafada interminable de la guía. Su chica llevaba consigo la muñeca de trapo que pretendía dejar encima de ese terrible baúl, mientras una niña pequeña observaba con interés ahora a Marta, ahora a la muñeca que sostenía en sus manos. Consciente de que en la casa no había ninguna visita más, Javier se volvió rápidamente. Al lado de Marta no había nadie, no pudo ver a ninguna niña correteando por la habitación. Estoy sugestionado por la historia de este lugar, se dijo, y excusándose ante las dos chicas salió de la casa para poder respirar un poco de aire fresco.

             Al abandonar la espantosa sensación de humedad y el rancio olor que desprendía aquella casa se sintió inmediatamente mejor. Marta y la guía salieron poco después, riendo y charlando, y despidiéndose amigablemente de ella, la pareja continuó su visita por Edimburgo por su cuenta, tal y como tenían previsto.

            Pero esa noche Javier no lograba descansar. Tumbado boca arriba sobre la cama del hotel, envidiaba el sonido rítmico y pausado del sueño tranquilo de su novia. En un momento dado se levantó para ir al baño y al volver a la habitación le sorprendió un olor a humedad que antes no había notado. Era muy parecido al que había sentido en Mary King’s Close, y al tiempo que se le erizaban todos los cabellos de su cuerpo distinguió su presencia: la misma niña que había podido ver en el espejo de la casa de Annie, ahora estaba de pie, al lado de la cama, mirando a Marta y acariciándola dulcemente.

            —Es muy bonita —dijo, dirigiéndose a él y sin dejar de pasar, suavemente, su mano por la mejilla de su chica dormida. —Es la muñeca más bonita que me han regalado jamás —añadió.

            Javier sintió como si un rayo le atravesara todo el cuerpo al escuchar esas palabras y no pudo reaccionar inmediatamente. Cuando lo hizo, apenas acertó a balbucear:

            —No es ni-ninguna mu-muñeca.

            —Oh, sí lo es —susurró Annie— Mira.

            Y le enseñó la muñeca de trapo que Marta había dejado encima del baúl. Javier tuvo que reconocer que visto así, con la ropa que le había puesto a la muñeca, el parecido era más de lo que le hubiese gustado en ese momento. Y fue justo en ese momento cuando Marta le despertó.

            —Javier, ¡despierta! Madre mía que pesadilla debes haber tenido, estás empapado.

            Javier se incorporó sobre la cama, sobresaltado. Era cierto que el sudor mojaba su rostro y su ropa, mientras afuera ya empezaba a clarear.

            —Desde luego mira que te cuesta dormir cuando no estamos en nuestra cama.

            Marta ya se estaba cepillando los dientes, preparándose para patearse otra vez la maravillosa ciudad de Edimburgo, dispuesta a no dejarse ni un solo rincón por visitar y fotografiar.

            —Hoy… ¿hoy dónde íbamos?

            Marta le miró, a medias entre sorprendida y divertida.

            —A la catedral de San Giles, ¿no recuerdas? Es una joya gótica. Será espectacular —le contestó, mientras se vestía con esos vaqueros ajustados que le quedaban tan bien. Cuando Javier la vio coger el chaquetón rojo para dirigirse ya hacia la calle, le preguntó si no podía ponerse otra cosa.

            —¿Otra chaqueta? Cariño, pareces tonto, sabes que sólo he traído esta en la maleta. Además —añadió— es mi favorita.

            Y le guiñó un ojo.

            Marta era realmente muy bonita. Mucho, como una muñeca perfecta, pensó Javier.

            La visita a la imponente catedral, un buen almuerzo y una buena cerveza en un pub consiguieron que Javier olvidara por completo la pesadilla de la noche anterior. Hasta la ligera lluvia que había comenzado a caer a media mañana le alegraba, pues el ambiente gélido de los países británicos tenía su encanto, sobre todo si sólo estás de visita.

            Cuando estaban buscando un buen lugar donde comer, Javier distinguió una pequeña tienda de ropa deportiva en una esquina. Como buen aficionado al rugby, no podría dejar de pasar la oportunidad de acercarse al escaparate de un local que llevara por nombre Murrayfield: la “otra” catedral de Edimburgo, la sede de la Unión Escocesa de Rugby. Mientras observaba la belleza de los uniformes deportivos allí expuestos, un reflejo rojo apareció por el cristal del escaparate. Era Marta, que pasaba justo por detrás de él en ese momento, cogida de la mano de la niña que había visto en el espejo de una casa en Mary King’s Close y también en la habitación del hotel esa misma noche. Annie se giró hacia él y le miró, sonriendo, feliz, mientras caminaba al lado de su novia.

            Cuando Javier se volvió, sudando de nuevo, detrás de él no había nadie, y en la acera de enfrente un grupo de transeúntes intentaba reanimar el cuerpo de una chica vestida con un chaquetón rojo que había caído al suelo, inerte, sobre el pavimento de las mojadas calles escocesas.

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