Tortilla de patatas

@nandopilgrim

Me acababa de sacar el permiso de conducir pero aún no tenía coche. Trabajaba, tenía a mis amigos, mis aficiones… no me podía quejar. Aún no era consciente de muchas de las preocupaciones que pueden atormentar a una persona adulta, ni tener idea siquiera de en qué circunstancias puede verse uno envuelto, ni de cuáles son las consecuencias que a veces nos traen las decisiones tomadas desde el fondo del abismo del dolor y la desesperación.

Una noche de tantas. Invernal, fría, ya hacía tres o cuatro horas que se había escondido el sol y era hora de cenar. Pero antes fui a bajar la basura. Mis padres ya habían terminado de poner la mesa y no debía retrasarme.

De repente un desconocido me aborda en la misma calle. Me pilla absorto en mis propios pensamientos y le pido que me repita lo que me ha dicho, pues no le he entendido.

̶ Que si me puedes dar algo de comer.

Le observo bien. Es un hombre de unos cincuenta y pocos años, bajito, con el pelo canoso y unos ojos azules muy claros y muy profundos. Cansados. Lleva unos pantalones vaqueros desgastados, una cazadora marrón y una mochila en la espalda. Su actitud es decidida pero al mismo tiempo parece que ha vivido muchos años más de los que aparenta y que justo en este momento, no quiere vivir más. No sé qué decirle.

̶ No llevo dinero ̶ le respondo, finalmente.

̶ Me da igual, un trozo de pan, cualquier cosa… ̶ no se mueve de la acera. Tampoco es que me impida el paso, pero no puedo dejarle así. Tiene algo que me inspira confianza. Y parece que yo a él también, por lo que me cuenta a continuación.

̶ Acabo de salir de Picassent, (del centro penitenciario) ¿sabes? hoy mismo, no tengo nada… He llegado hasta aquí haciendo autoestop y voy a Gandía.

̶ ¿Y por qué estaba allí?

Mi miró con tranquilidad y respondió sin titubear.

̶ Maté al hombre que violó a mi hija hace dieciocho años. Tengo hambre, no tengo dinero, y necesito llegar allí, a casa de mi hija. No sabe que ya he salido.

̶ ¿Su hija… vive en Gandía? ̶  Sinceramente, no sabía qué decirle.

Pero él me entendió, y con un enorme suspiro de tristeza, me respondió.

̶ No, ésa no. Tengo otra. Mi hija… no ha venido  a verme nunca a la cárcel. No sé dónde está ni dónde vive.

Aquello me encogió el corazón. Eso era durísimo. No podía ni imaginar el dolor de aquel hombre encerrado en una celda durante dieciocho años sin que su hija fuera a visitarle ni una sola vez.

Le dije que esperara dentro del portal del edificio para no padecer más las inclemencias de aquella noche y subí a casa. Íbamos a cenar ya. Le dije a mi madre que un hombre me había pedido algo de comida, y que si le podíamos ofrecer algo. Mi padre se enfadó. Me dijo que estaba loco por pararme a hablar con cualquier persona de la calle y más a esas horas. Sabía que no le iba a gustar, pero tenía que hacerlo. Mi madre, finalmente, cogió una barra de pan y preparó un bocadillo de tortilla de patatas, que era lo que íbamos a cenar aquella noche. Bajé la escalera y se lo di, y luego le acompañé hasta donde empezaba la avenida que le llevaría hasta la Plaza de España, donde había una gasolinera y por donde pasaba la carretera que lleva a Gandía.

̶ Algún camionero o alguien le podrá recoger y acercar hasta allí  ̶  le dije. El hombre me lo agradeció dándome la mano y se marchó, caminando despacito entre los árboles de la avenida.

Esperé hasta que le perdí de vista y luego volví a casa, cabizbajo.

Dieciocho años.

Dieciocho años por matar a un hombre.

Por matar a un hombre que con total seguridad habría cumplido menos tiempo de condena por haber destrozado la vida de una joven, marcándola para siempre con el recuerdo de un momento espantoso, terrible.

Prefirió que le encerraran a él antes que ver cómo aquel tipo volvía a disfrutar de la luz del sol y de la libertad, de la vida.

Vengando la afrenta cometida sobre su hija.

Aquel hombre no me pareció para nada un asesino. Ni una mala persona. Aquel hombre me inspiraba confianza y no sentía ningún temor en su presencia, a pesar de su macabra declaración. Es más, podía empatizar con él, con su situación y con lo que hizo. Yo mismo le hubiera acercado hasta Gandía si hubiera tenido con qué hacerlo, pero aún no tenía coche.

Dieciocho años por asesinato.

Asesinar: verbo transitivo

Matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante.

 ¿Es suficiente ese tiempo como castigo por quitarle a alguien la vida?

¿Es justo que siga viviendo alguien que le ha quitado la vida a una joven, sin matarla físicamente?

¿O que cumpla una corta condena y vuelva a salir a la calle, con el peligro de que vuelva a cometer tan despreciable acto?

¿Quién tiene derecho a saltarse la ley y tomarse la justicia por su mano?

¿Es justa una ley que permite que una persona así vuelva a estar en la calle?

¿Qué harías tú?

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