Ella

@nandopilgrim

No hay nada mejor después de cenar que dar un buen paseo. Te despeja la mente, te relaja, te ayuda a digerir los alimentos. En definitiva: te prepara para dormir bien.

Y eso he hecho yo. Hace el vientecillo un tanto fresco pero no llega a molestar en este último día de junio, aunque aquí en estas comarcas de interior el clima no es para nada parecido a la humedad sofocante a la que estoy acostumbrado. De hecho se me secan los labios continuamente desde que estoy aquí, no me acostumbro a este cambio.

Estas callejuelas estrechas y empedradas me vienen de maravilla para mi propósito: perderme en ellas y perderme yo también en mis propios pensamientos. Y no tardo nada en hacerlo. Admirando las antiguas construcciones y la belleza de los viejos adoquines llego hasta una calle que desemboca en una cuesta hacia lo que parece un río. Desde aquí escucho el sonido del agua. Y como es natural, bajo a ver qué me depara esa salida.

Al final de la calle hay un puente construido, según un cartel, en el siglo XVIII. Lleva nombre de santo, como la mayoría de las calles de este precioso pueblo. Me detengo un momento a contemplarlo. Está hecho enteramente de piedra, estrecho, con tres grandes arcos sobre el barranco y una pequeña capilla en mitad de su recorrido. Un carro de la época quizá no pasaba por él. Caballos y mulas sí. De pie en el centro, si abro los brazos toco con mis manos ambos muros de piedra que sirven de barandilla. Por debajo del arco central transcurre el cauce fluvial de un pequeño arroyo que sirve de afluente para el río que atraviesa la otra parte del pueblo. El quedo rumor de sus aguas es un regalo para los oídos, acompañado a intervalos irregulares por el croar de algunas ranas.

Intento imaginar a la gente de aquí cuando inauguraron el puente, cuando empezaron a cruzarlo, las mejoras que traería a sus vidas, los conflictos por pasar primero cuando la carga de dos animales a la vez no cabía y había que esperar. La mercancía que llevarían, las buenas o malas noticias que traerían, los ladrones y pícaros que quizá huyeron a través de él corriendo una noche de verano sin luna como la de hoy.

Al llegar a la mitad del puente miro abajo. El arroyo hace más ruido que el agua que realmente lleva, ayudado por las piedras que salpican su recorrido. Al mirar arriba veo un cielo despejado, sereno, débilmente empañado por la contaminación lumínica que desprenden las luces del pueblo. Seguro que cuando lo construyeron la oscuridad en esta parte era completa y se podía observar el firmamento en todo su esplendor. Quizá, pienso, un farol alumbraba la imagen del santo en la capilla situada en el centro, pero no se podría comparar a la potencia de las farolas que alumbran las calles hoy en día, por poca que sea.

Detrás de la montaña que tengo enfrente puedo ver un fuerte resplandor blanquecino. Supongo que la luna está a punto de salir, así que me apoyo en el muro de piedra esperando su aparición. Mientras, el murmullo del agua y la quietud reinante me traen su imagen a la memoria. Sus ojos claros, su sonrisa, su pelo atado en una coleta que le deja al descubierto un perfecto cuello de un blanco inmaculado.

Sus labios rojos, recuerdo sus labios pintados de rojo por encima de todo lo demás.

Y su vestidito corto de verano, alegre y fresco como las gotas de rocío al amanecer, colorido como los frutos de las zarzamoras.

Cuando la conocí me impuso de inmediato su presencia. Muy segura de sí misma, con su voz y sus gestos, su determinación. Su saber estar y su dominio de la situación.

Pero ahora sé la verdad.

En el fondo está asustada. Tiene miedo porque una vez ya le hicieron mucho daño y no es fácil recomponer un corazón joven cuando se ha roto en tantos pedazos. Su risa nerviosa y el movimiento rápido de sus ojos así me lo confirman. Puede aparentar ser la que lleva la voz cantante en cualquier circunstancia siempre que sea banal, intrascendente. Si se trata de sentimientos o de dejarse conocer un poco más, desaparece. No puede abrirse a nadie, está encerrada en sí misma como una oruga perezosa que no quiere convertirse en mariposa porque una vez ya le cortaron sus alas. Y es natural.

Tengo que saber adaptarme a su ritmo, a su tiempo. Aunque me muera de ganas de volver a hablar con ella, de invitarla a cenar, de llevarla a bailar. De hablar de todo, de su música, de mis libros, de sus composiciones, de mis escritos, de sus obras preferidas que hacen que se le ponga la piel de gallina, de los párrafos que me han sacado una lágrima alguna vez, cuando me han pillado desprevenido.

O de permanecer en silencio junto a ella, nada más. Sin hablar, compartiendo el momento. Escuchar su respiración y saber que si está ahí es porque quiere estar, porque no ha preferido estar en otro sitio. Con eso tengo suficiente.

Y esperar, porque ella vale la pena. Es así de simple. El zorro le dijo al Principito que fue el tiempo que pasó con su rosa lo que la hizo tan valiosa, destacándola por encima de todas las demás rosas. Pero esta rosa, además, ya es especial en su propia naturaleza.

“Si vas a venir a las cuatro, desde las tres ya seré feliz”, decía el zorro. Y tenía razón. Yo soy feliz sólo de pensar en volver a verla. Y ni siquiera sé si esa posibilidad existe.

A todo esto la luna no aparece. El resplandor se ha esfumado. Y me doy cuenta de que Selene[1] se acaba de ocultar, al contrario de lo que yo pensaba. No he sabido orientarme a tiempo para comprender este hecho, tan sólo me he percatado al darme cuenta de su ausencia en el cielo.

Tendré que volver a mi habitación. La suave brisa que soplaba a principio se ha convertido en una molestia un tanto desagradable. No sé cuánto tiempo llevo aquí parado. La Osa Mayor domina el cielo con claridad, mientras que durante el solsticio de verano, Orion es invisible porque el Sol está delante de ella. Son las dos únicas constelaciones que puedo reconocer.

Mientras vuelvo lentamente sobre mis pasos sigo pensando en ella. Quizá algún día le sepa escribir un poema que le devuelva la confianza, y quizá ella pueda componer la música que hace tiempo dejó de sonar en mi interior.

 

 

[1] Luna es el nombre genérico de un satélite que orbita alrededor de un planeta. La nuestra se llama Selene, y si estuviera habitada sus habitantes recibirían el nombre de selenitas.

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