Impuntual

@nandopilgrim

Otra vez llego tarde. A veces me pregunto si algún día podré cambiar esta costumbre mía de dejarme llevar y de no saber gestionar el tiempo debidamente. He salido de la ducha y ni he mirado el reloj. Ahora, cuando pongo la llave en el contacto del coche y miro la hora no puedo creérmelo: ¡veinte minutos de retraso! Algún día esto me saldrá caro. Inconscientemente me pongo nervioso y conduzco de una forma mucho más agresiva.

El otro día a punto estuve de tener un accidente. Estaba adelantando por la autovía y de repente me encontré con que la curva era más cerrada de lo que me pensaba. Por suerte el asfalto estaba seco y pude controlar el coche más  o menos bien después de una brusca frenada que podría haber evitado. El camionero al que estaba adelantando hizo sonar la bocina y me tiró las luces largas. Si llega a estar lloviendo… no quiero ni pensarlo.

Y podría cambiar esta fea costumbre, por supuesto. Solo se trata de fuerza de voluntad y aplicarme un poquito. Fijarme más en la hora, tomar conciencia, no sé, intentar llegar siempre antes y no tan justo de tiempo, que es lo que provoca que al final siempre llegue tarde.

Pero yo recuerdo que no siempre fue así. Claro. La culpa la tienen mis amigos (cómo no). Cuando éramos adolescentes y quedábamos para salir a dar una vuelta, tomar algo por ahí e ir a los recreativos a jugar a futbolines o al billar yo siempre era el primero en acudir al punto de la cita. Y a veces, si habíamos quedado varios en el mismo lugar, desde que llegaba yo hasta que aparecía el último podrían pasar perfectamente tres cuartos de hora. Hasta que me cansé de aquello. Empecé a no preocuparme por la hora cuando quedábamos. Primero con los amigos, pero luego el mal hábito se fue generalizando hasta que ocupó la mayor parte de lo que hacía. Y cuesta mucho volver a cambiar una rutina, tanto que todavía no he sido capaz, a pesar de que ya han pasado un buen porrón de años.

Una vez recuerdo que me dejaron plantado con un buen par de narices. Había conocido a una chica de la República Checa que vivía a unos 70 kilómetros de mi ciudad. Llevaba diez años en el país y hablaba perfectamente el castellano. Le encantaba visitar ciudades y pueblos que no conocía y fotografiarlos, pues era muy aficionada, y yo me ofrecí a hacerle de guía por mi zona. Recuerdo que quedé con ella un domingo por la mañana y se me hizo tarde para salir de casa. Para mas inri había olvidado las gafas de sol, y en pleno verano que estábamos con lo que fastidia ir por ahí sin las gafas, pues di la vuelta y volví para recogerlas. Le envié un mensaje para avisarla de que llegaría tarde pero cuando acudí a la estación ya no estaba. 30 minutos habían pasado. Quizá en la cultura de su país aquello era una falta de educación demasiado grave. Hubiera preferido aguantar el sermón y luego pasar el día con ella, como habíamos previsto, a que se fuera y me dejara plantado. Por una parte quizá me lo merecía pero por otra pienso que fue una reacción un tanto excesiva. Yo quería excusarme diciendo que los españoles somos así, que es algo habitual y tal y tal pero no tuve la oportunidad. Supongo que es fácil acostumbrarse a la paella, al buen tiempo y al tinto de verano, pero hay cosas que no podía tolerar.

No la volví a ver más, supongo que perdí la oportunidad de trabar una buena e interesante amistad.

De todos modos de poco me ha servido aquella lección, porque sigo igual de impuntual y de despistado. Y no lo hago por mala educación ni como una falta de respeto, simplemente… sucede una y otra vez. A veces pienso que mi simpatía, mi don de gentes y mi carisma pueden suplir tal defecto, pero luego recuerdo que no todo el mundo me ve con los ojos de mi madre y entiendo cuando se molestan conmigo.

Y para complicarlo un poco más, ahora hay un accidente en la carretera. Puedo ver una larga fila de coches parados de la cual el mío es el último. Hay luces de ambulancias y policía. Si ya llegaba tarde, solo me faltaba esto. Me agarro al volante, abatido, no quiero ni mirar el reloj. Ya no sé si estoy escuchando la radio o música o qué suena, solo intento ver si la cola progresa un poco más rápido.

Parece que los guardias han conseguido dominar un poco la situación y avanzamos lentamente. Pasamos todos muy cerca de los coches accidentados. Hay tres apartados en el arcén, un vehículo está completamente destrozado. Hay cuerpos tapados en el suelo con mantas isotérmicas del equipo de rescate, aunque poco pueden hacer ya por ellos. Parece que el golpe ha sido brutal.

Y ahí, en mitad del accidente, está ella. La he vuelto a ver. Con su largo vestido negro, la capucha tapándole la cabeza y la guadaña en la mano. Hay dos espíritus a su lado, un hombre y una mujer: están resignados a su suerte. Desde que no fui puntual a mi primera cita con Ella puedo verla cuando está cerca. A veces pasa por mi lado, a veces está acompañando a alguien y de vez en cuando recoge a quien ya le ha llegado su hora.

Aunque no puedo verle el rostro, sé que me está mirando con cara de desesperación. Yo paso lentamente con el coche y me encojo de hombros a modo de disculpa, mientras pongo cara de “sí, ya lo sé, lo siento, pero no he podido evitarlo…”.

Y es que he vuelto a llegar tarde.

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