Whisky escocés

 

@nandopilgrim

La cabaña era tal y como había podido ver en las fotos de la agencia. Ni muy grande ni muy pequeña, rodeada de abetos en medio de la montaña, con su acogedora chimenea en la habitación que hacía las veces de salita, de comedor y de cocina (todo al mismo tiempo) y lo suficientemente lejos de la civilización como para poder abstraerse de las distracciones cotidianas, centrarse en terminar su última novela y así poder cumplir los plazos acordados con la editorial.

Claro que nunca era fácil, porque su posición social y su prestigio le proporcionaban distracciones a las que solía prestarles demasiada atención.

Por eso aquella vez había decidido aislarse en un entorno tranquilo y solitario para poder concentrarse. Eso le proporcionaría dos resultados: cumplir con lo establecido y dejar de derrochar el dinero, ya que había podido comprobar que vivir de las rentas no era tan fácil como pensaba.

Una vez Henry, el viejo casero propietario de la cabaña le hubo dado las últimas instrucciones sobre todo lo concerniente a la vida en la montaña y las precauciones a tomar cada vez que nevaba, le dejó solo y Avner se dispuso a examinar su nueva morada para las próximas semanas. Sencilla, acogedora, casi todo en la planta baja menos su habitación, situada en el primer piso abuhardillado. Comprobó con satisfacción que el tubo de la chimenea pasaba cerca de la cama y eso le daba a la estancia un ambiente cálido y agradable.

Los primeros días no se dedicó inmediatamente a escribir, sino más bien a liberar su mente de todo aquello que le impedía concentrarse y hacer un trabajo digno. Cortó leña, paseó por los bosques cercanos, bajó hasta el pueblo para comprar aquellas cosas que había creído innecesarias para su estancia en la cabaña y aprovechó para terminar de leer un par de libros o tres que tenía empezados desde ya hacía algún tiempo. Allí, encerrado con su soledad al abrigo del frío delante de la chimenea empezó a sentirse como en casa.

Justo el día que quería ponerse a trabajar apareció un inesperado compañero cerca de la cabaña. Era un border collie adulto, con un precioso pelaje blanco y negro aunque algo estropeado. Quizá se había escapado o se había perdido, pero no llevaba ningún tipo de collar ni identificación. Lo vio sentado sobre la nieve al lado de los escalones que daban acceso a la cabaña, justo cuando volvía de un largo paseo. Estaba a punto de anochecer y supuso que el perro llevaría horas o quizá días sin comer.

̶ ¿Tienes hambre, amigo? ̶ le preguntó.

El can le miró y luego miró a la puerta, moviendo el rabo enérgicamente tres o cuatro veces.

̶ Me parece que sí… ̶ y abriendo la puerta invitó al animal a entrar, lo que éste hizo sin pensárselo mucho. Olisqueó todos los muebles y todos los rincones mientras el escritor se despojaba del abrigo y de las botas. De repente, el perro empezó a ladrar, señalando con el hocico hacia una vieja cómoda que permanecía pegada a la pared. Era un mueble al que el escritor no le había hecho mucho caso, ya que no lo utilizaba. Pero al acercarse vio cómo algo parecía moverse. Entre la tapa de la cómoda y el primer cajón había un hueco, y sobre él un estante corredizo. El escritor lo sacó y pudo ver un antiguo tablero de ajedrez, con las piezas dispuestas en mitad de una partida interrumpida. Estaba un poco polvoriento, pero en buen estado. Se fijó en el desarrollo de la partida y se percató de que el alfil blanco le estaba dando jaque al Rey negro. Qué tontería pensó, y movió el Rey para ponerlo a  salvo.

Después de esto, volvió a meter el estante en su sitio y se dispuso a hacer la cena. El collie parecía ser buena compañía, así que después de cenar dejó que se tumbara al calor del hogar mientras él se acostaba en su buhardilla.

Al día siguiente el perro seguía en la casa, evidentemente, y el escritor decidió adoptarlo.

Cuando volvieron los dos de su paseo matutino se dispuso a escribir. El animal no se separaba de él y en cierto modo era reconfortante. Sacó el ordenador, ordenó sus apuntes mientras éste se encendía e intentó ordenar también sus ideas. Ahí estaba su novela a medio acabar, esperándole.

Empezó a teclear. Una, dos, tres palabras. Paró. No tenía sentido, no era coherente. Un párrafo entero. No le gustaba. ¿Qué le estaba pasando? Borró las últimas líneas y empezó de nuevo, pero no lograba plasmar su idea de una forma brillante en la pantalla. Ni siquiera de una forma decente.

Le sacaron de su sombría incapacidad los ladridos del animal. Otra vez señalaba la cómoda con el hocico y la cola extendida.

̶ Sshh, ey, tranquilo, amigo… ̶ le susurró acariciándole. Pero el perro seguía atento con la vista fija en el mueble. El escritor sacó el estante donde reposaba el ajedrez y notó algo extraño. El alfil blanco que la noche anterior amenazaba al Rey negro había retrocedido hasta una posición segura. Al principio no supo muy bien como tomarse aquello, pero luego supuso que él mismo habría movido la pieza y ahora no se acordaba. Así que volvió a poner al Rey donde lo había encontrado la primera vez. Volvió al escritorio pero las ideas seguían sin acudir a su cabeza. Bueno no te preocupes, pensó, llevas días sin escribir, date tiempo…

Otro movimiento del perro le hizo volverse y efectivamente, otro alfil había cambiado su pieza en el tablero. Sin pensarlo mucho, protegió la Dama negra cambiándola de posición.

Antes de irse a dormir volvió a comprobar el tablero. La Dama blanca había retrocedido y él aprovechó para comer un peón, y se fue a dormir pensando que ya llevaba una pieza de ventaja.

Pero a la mañana siguiente cuando fue a revisar la partida instintivamente y todavía medio dormido vio que las blancas, lejos de recuperar su peón, estaban montando un ataque en la diagonal. Avner movió al azar y pensó que se estaba volviendo loco en la soledad de aquella cabaña. Intentó apartar de su cabeza los extraños movimientos del tablero e intentó concentrarse.

La pantalla del ordenador le devolvía su reflejo con indolente claridad. No estaba haciendo nada de lo que se había propuesto. Quizá un trago le animaría un poco, en aquella vieja cabaña alguna bebida tendría que haber.

Pero no encontró nada, no había una sola botella que contuviera algún tipo de licor en la casa. Pensó con nostalgia en el whisky escocés que guardaba en el mueble bar de su piso con aquel aroma a madera y aquel sabor tan seco y tan agradable a su vez, turboso y ahumado. Al principio lo guardaba para las grandes ocasiones, pero con el tiempo se había convertido en habitual acompañante en sus noches de trabajo.

Pensó en bajar al pueblo pero cayó en la cuenta de que era domingo, y en aquella pequeña población perdida en medio de las montañas no iba a encontrar nada abierto un día festivo. Quizá era mejor no tener el whisky a mano, pues sus últimas obras habían perdido algo de calidad y tal vez sería mejor escribir sin su influencia. No se le había ocurrido aquello hasta ése momento.

Viendo que no era capaz de continuar trabajando, fue hacia la cómoda y con cuidado de no tirar ninguna pieza, sacó el ajedrez del estante y lo colocó encima de la mesa del escritorio después de desempolvarlo escrupulosamente. El border collie seguía atento todos sus movimientos. Sentado en el suelo a su lado, le miraba como invitándole a que realizara su movimiento.

̶ Está bien ̶ le dijo ̶ pero necesito escribir. Moveré una pieza al día.

El perro ladró, como si estuviera de acuerdo, y el escritor movió el caballo negro consciente de que si no lo hacía las blancas tenían el mate en dos movimientos.

Después de la caminata por los nevados caminos sintió por fin como las palabras se amontonaban en su cabeza. Se sentó a escribir, preso de un delirio febril y de pronto todo cobró sentido. Su novela fluía con facilidad y grandes ideas acudían a su mente. Aquel día se fue a dormir realmente satisfecho, por fin, después de tantos días de negra perspectiva.

A partir de ahí Avner siguió la misma rutina cada mañana: se levantaba, desayunaba, movía una pieza del tablero de ajedrez y salía a caminar con el perro siempre a su lado. Por las tardes se dedicaba a escribir mientras afuera anochecía rápidamente. Acostumbrado al bullicio y las luces de su ciudad, nunca había pensado que en aquellas latitudes pudiera oscurecer a una hora tan temprana, finalizando así por completo la actividad diaria de los habitantes de la zona.

El desarrollo de la novela avanzaba rápidamente y su conclusión parecía cercana, así como la misteriosa partida de ajedrez, que debido al envite constante de las piezas blancas le causaba una gran dificultad mantener la posición defensiva apoyando al Rey negro.

Finalmente, terminó de escribir. Esta sería sin duda alguna su obra maestra que le devolvería a la primera fila de los autores más influyentes del momento. Cuanto más la releía, más perfecta le parecía la trama, más ágil y audaz, y los personajes más tangibles.

En cambio, sobre el tablero las piezas blancas también culminaban su particular obra maestra. Sin demasiadas bajas en ninguno de los dos bandos, las negras languidecían acorraladas por el potente ataque de sus adversarias. En un esfuerzo inútil por prolongar la agonía, Avner movió la torre tapándole el jaque a la Dama blanca, y tremendamente agotado, se fue a dormir.

A la mañana siguiente se despertó sintiéndose mejor que nunca. Había dormido de un tirón por primera vez en muchos días y la satisfacción de tener la novela terminada inundaba su estado de ánimo. Ése mismo día recogería sus cosas y volvería a la ciudad, así que llamó al dueño de la cabaña para avisarle de ello.

Bajó a la salita y allí sentado junto al escritorio el perro le aguardaba pacientemente. Se sentó despreocupadamente enfrente del ordenador y lo encendió. El border collie ladró, regañándole, y volvió su vista al tablero con atención. Tal y como había imaginado, el movimiento de la torre atacante unido a la clavada de la torre negra, incapaz de defender dos posiciones a la vez le daban la victoria a las piezas blancas.

̶ Jaque mate, amigo ̶ le dijo, acariciándole la cabeza y tumbando el Rey negro sobre el tablero. Después, paladeando con enorme placer una copa del mejor whisky escocés que había probado jamás le dio el último repaso a la novela antes de hacer las maletas. Definitivamente, ésa era su mejor obra, y aquel whisky era el mejor whisky del mundo.

Cuando llegó el viejo Henry Avner ya lo tenía todo a punto. Cargó los bultos en el coche del anciano y luego miró alrededor, buscando al perro, pero éste no aparecía. Silbó.

̶ ¿Qué hace?

̶ Pues llamando al perro. Ha estado conmigo aquí este tiempo y me lo llevo a mi casa. Apareció de repente, era un border collie blanco y negro…

̶¿Está seguro? ̶ le preguntó el casero.

̶ Hombre, claro. Me ha hecho compañía estos días…

̶ El único perro así que había en esta zona era el del viejo Jack. El último propietario de esta casa antes de que sus hijos me la vendieran a mí.

̶ ¿El viejo Jack? ¿De quién se trataba?

̶ Verás, muchacho… el viejo Jack construyó esta cabaña cuando se retiró del negocio. Vino aquí para disfrutar de su vejez y de su soledad después de la muerte de su esposa. Sólo tenía como compañía a un perro como el que tú dices y a un antiguo empleado que subía hasta aquí para jugar al ajedrez con él alguna tarde, cuando el mal tiempo se lo permitía. Ambos eran muy aficionados a ese juego. Hasta que murió. ̶  Hizo una pausa  ̶ Entonces sus hijos se llevaron todas sus cosas y pusieron en venta la cabaña. Yo no la quería, pero tampoco quería que se echara a perder y así la compré para alquilarla a gente como usted.

El escritor escuchaba atentamente cada palabra del anciano, intentando asimilar lo vivido aquellos días. Se habían puesto ya en marcha hacia el pueblo, donde Avner cogería el tren que le devolvería a su ciudad. Del collie negro y blanco no había ni rastro.

̶ No se lo llevaron todo, entonces ̶ dijo.

̶ ¿Cómo dices, hijo?

̶ Pues… el ajedrez. Estaba allí, en una cómoda. Yo lo vi ̶  pero no se atrevió a decirle a Henry que había estado terminando una partida sobre ese mismo tablero.

̶ Oh no, te lo aseguro. Cuando me quedé la cabaña yo mismo cambié los muebles de sitio y organicé un poco todo aquel desastre. Sus hijos se lo habían llevado todo, la ropa, los cuadros, el ajedrez también. Ni tan siquiera pude encontrar una botella. ̶ añadió, guiñándole un ojo ̶ y mira que busqué bien por toda la casa.

̶ ¿Una botella… de qué? ̶ preguntó Avner.

̶ De whisky, hijo, de whisky. El viejo Jack tenía una destilería y la dejó a sus hijos cuando murió su mujer, y se retiró a la montaña, pero él siempre tenía una botella de su brebaje en casa para las visitas. Eso era lo mejor de venir a verle porque ¿sabes una cosa? el whisky escocés del viejo Jack era realmente el mejor whisky del mundo.

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