El aprendiz de lazarillo

@nandopilgrim

Después de casi quince años, Cintia ha vuelto a la ciudad. Y no lo ha hecho por gusto, ni para quedarse. Ha vuelto porque su madre estaba enferma y va a cuidar de ella una temporada. Como su trabajo y su posición se lo permitían, había pedido una excedencia y había vuelto al lugar del que tiempo atrás se había marchado precipitadamente, como si estuviera huyendo de aquí, de su pasado, de nosotros.

Sea como fuere, había vuelto y esa noche (por fin) la iba a volver a ver.

Fue mi primer beso, mi primer amor. Mis primeras caricias, las primeras miradas cómplices, la primera chica que me rompió el corazón. Y tanto tiempo después de aquello nunca había logrado encontrar a nadie como ella. Quizá la tenía idealizada, pero ninguna de las chicas que conocí en las breves relaciones que tuve le llegaba a la suela de los zapatos. Esa elegancia innata, esa mirada sugerente, esa manera de andar. Era única y especial, y ella lo sabía. Vaya si lo sabía.

Cuando Ruth me dijo que había regresado me quedé paralizado por la sorpresa, tanto que dejé que el cigarrillo se consumiera lentamente entre mis dedos y me quemé. Ella me miró sonriendo sarcásticamente, como hacía tantas veces a propósito sabiendo que eso me sacaba de quicio, y luego se burló de mis sueños adolescentes que vio pasar por mis ojos cuando pronunció el nombre de Cintia. Los tres habíamos sido inseparables en aquella época donde lo único que te preocupa es definirte a ti mismo como persona porque no tienes nada claro, llevar la contraria a tus padres sistemáticamente y rebelarte contra todo aquello que no coincida con tu forma de pensar y de vivir. Pero yo me enamoré de Cintia, y eso estropeó un poco las cosas. Realmente nunca supe si ella llegó a sentir lo mismo que yo, pero siempre tuve la sensación de que no fue así, y Ruth lo sabía y le gustaba mortificarme con eso. Hasta que Cintia se marchó, yo hice ver que lo superaba y Ruth y yo, a pesar de encontrar otras amistades y separarnos un poco nunca llegamos a distanciarnos. Nos veíamos en los mismos bares, íbamos a los mismos conciertos y además siempre podía contar con ella cuando necesitaba hablar y que alguien me escuchase. Era mi única confidente, la única persona con la que podía ser totalmente sincero sin avergonzarme ni tener miedo a ser juzgado. Ella también podía contar conmigo, pero era mucho más reservada para sus cosas. Cuando Ruth estaba mal lo notaba porque simplemente desaparecía de escena sin dar señales de vida. Entonces iba a buscarla e intentaba hacerle salir de casa para animarla, pero con el tiempo aprendí que era mejor simplemente sentarme a su lado en el sofá y hacerle compañía, sin agobiarla queriéndola sacar a ningún lado ni preguntarle qué era lo que le pasaba. A veces me lo contaba espontáneamente, la mayoría de ocasiones no. Su mejor amiga había sido Cintia, y su marcha también fue un duro golpe para ella, así que supongo que después de aquello quizá le costaba volver a confiar en alguien y abrirse de ese modo.

Casi siempre estábamos solteros los dos, pues parece que somos difíciles de emparejar, pero nunca se nos habría pasado por la cabeza ni siquiera intentarlo juntos. Nuestra relación amor-odio habría hecho saltar por los aires cualquier intento de convivencia. A mí me irritaba su sarcasmo y su mordacidad, y a ella le exasperaba mi falta de madurez y la tranquilidad con la que desperdiciaba el tiempo y mi vida. Mejor ni pensarlo. A veces creo que es la mejor persona que puedo tener a mi lado y a veces pienso en comprarme una hucha, ahorrar un tiempo y luego pagar a un sicario para que haga el trabajo sucio por mí. Creo que nos necesitamos mutuamente pero claro, no puedo hablar de esto con Ruth, las chorradas sensibleras no van con ella y ya es demasiado cruel conmigo cada vez que puede meter el dedo en alguna llaga como para ir dándole motivos gratuitamente.

A veces no hace falta hablarlo todo, digo yo.

Pero Cintia había vuelto, y aunque fuera solo temporalmente era mi oportunidad para volver a acercarme a ella y tratar de que todo siguiera como antes, con la misma complicidad y quizá, quizá, quién sabe, se volviera a fijar en mí. Supongo que habrá cambiado algo en todos estos años, pero bueno, nunca hay que perder la esperanza.

Me dolió un poco que hubiese llamado a Ruth y no a mí para avisar de que estaba en la ciudad y que sería agradable juntarnos de nuevo, organizar una cena o algo así y volver a vernos, pero supongo que también es normal, después de todo.

Vamos a cenar en el bar de siempre, así que no tengo que preocuparme de ir demasiado elegante. En cambio, he sacado todo mi arsenal sobre vestuario rocker que poseo: mis botas de cuero estilo casi cowboy, pantalones ajustados, chaqueta vaquera.

Tengo que impresionarla como sea, y siendo fiel a mi estilo es la mejor manera, aunque últimamente no es que se me de demasiado bien pero no me importa.

Suenan en mi cabeza estrofas de la música que escucho cuando necesito motivarme y me acompañan todo el camino

…las manos sucias de trabajar, el pelo colocado para no defraudar…

Me vienen imágenes a la cabeza de los difusos recuerdos que guardo de Cintia. Apenas recuerdo bien su cara, pero sus ojos nunca los pude olvidar. Y me la imagino como una mujer sofisticada, moderna, segura de sí misma… y me voy empequeñeciendo un poco.

…tú tienes algo que me está matando y eso, nena, es tu manera de andar…

Pero bueno, tampoco hay que adelantar acontecimientos.

Cuando llego al bar soy el primero, me pido una cerveza y espero en la barra. Al poco llega Ruth y nada más verme ya se está riendo.

̶ Estás guapísimo con el traje de los domingos, cariño  ̶   me dice con su típica sonrisita burlona.

̶ Ten cuidado no te muerdas la lengua, amor ̶  le respondo yo.

Después de tan cordial saludo, la conversación ya puede fluir tranquilamente sobre los temas habituales… hasta que llega Cintia. Toda mi imaginación se había quedado corta cuando la he vuelto a ver. Mis expectativas son ampliamente superadas por esa mujer que acaba de entrar por la puerta del bar. Se acerca sonriendo (moderadamente) y Ruth para fastidiarme hace como que me limpia la baba con un pañuelo.

Nos sentamos en una mesa y ellas llevan los temas de conversación, pero al cabo de un par de cervezas más parece que el ambiente se ha relajado un poco y me encuentro más a gusto. Hablamos de todo, de cómo nos va, del trabajo que tenemos, de cómo hemos cambiado. Aunque hablamos los tres, Ruth y yo acosamos a preguntas a la hija pródiga para que nos cuente su vida y sus experiencias en el extranjero.

A la hora de cenar Cintia prefiere vino, y cuando me preguntan si tengo alguna predilección les digo que no, que elijan ellas, un poco avergonzado por no tener ni idea sobre ningún tipo de vino. Me ha tocado un poco la moral pero bueno, tampoco importa demasiado, aunque en éste bar no creo que haya mucho donde elegir.

Vino… no me fastidies… yo… a mí… tráeme otra cerveza.

Aprovechando un momento en que Ruth se levanta para ir al baño le digo a Cintia que me alegro de volverla a ver y de que esté en la ciudad.

̶ Bueno, es algo temporal. Mi vida no la tengo aquí, ya lo sabes.

̶ Sí, lo sé, pero ̶  insisto ̶  te irá bien estar aquí un tiempo.

̶  ¿Ah sí? ¿Y por qué?

Cuando me lanza esa mirada inquisidora nunca sé responder. Lo hacía antes y lo hace ahora, y sigue teniendo el mismo efecto en mí.

̶ Pues… esto… porque es tu ciudad… estamos nosotros aquí… eh… porque tu madre te necesita y siempre es bueno poder compartir tu tiempo con ella… ̶  me recupero un poco mientras creo que he encontrado una respuesta al menos algo digna y aceptable. Ella sonríe mirándome y bebiendo un poco de vino al mismo tiempo. Parece satisfecha al comprobar que su mirada me sigue turbando.

Cuando vuelve Ruth del baño seguimos hablando de lo mismo, y sin saber muy bien por qué, vuelvo a decir que volver a la ciudad es lo mejor que le podía pasar a Cintia.

̶ ¿Acaso sabes tú mejor que yo lo que me conviene? ̶ me suelta de repente. Y me ha pillado de improviso y me quedo con cara de tonto, mientras Ruth se descojona literalmente de mí, pero la risa enigmática de Cintia me duele más.

̶ No quería decir eso, solo que… bueno, no importa.

Prefiero callarme y que hablen ellas. Está claro que tienen mucha más complicidad que conmigo, así que mejor me tranquilizo un poco. Me da la sensación de que Cintia se defiende detrás de los altos muros de un castillo y yo no he traído suficiente cuerda como para escalar esa pared.

Para los postres la cosa se ha vuelto a normalizar, y Cintia ahora está mucho más agradable mientras me pregunta por todo, y me vuelvo a sentir bien. Ahora hablamos de todos aquellos sueños que teníamos cada uno y que se han quedado por el camino. Por fin siento que de verdad ha vuelto, y que es la de siempre. Su sonrisa es sincera y estamos los tres mucho más relajados. Incluso parece que Ruth ha olvidado su faceta irónica y así, simplemente, podemos disfrutar del reencuentro sin más.

Como las cervezas van teniendo sus consecuencias, también debo ir al baño. Ahora, pienso, debo dejar que la cosa fluya. Intentar averiguar qué va a hacer Cintia el tiempo que esté aquí, proponerle algún plan y ver qué tal. Normalizar nuestra relación y así poder ver si evoluciona. Sin prisas, ni agobios.

Cuando vuelvo no están en la mesa. El camarero me indica que han salido a fumar y yo hago lo mismo, pero tampoco las veo en la calle. A estas horas apenas pasa algún coche, un señor muy mayor saca a pasear a su perro, una pareja se mete mano apasionadamente refugiados en un portal y sorprendentemente pasa un ciego ofreciéndome un cupón de la O.N.C.E.

Bueno, todavía no es tan tarde, al fin y al cabo, pero de mis amigas ni rastro.

Cuando éramos adolescentes una vez me habían tocado unos sesenta euros en una quiniela y salimos los tres a celebrarlo, y entonces ellas aprovecharon una visita mía al baño para huir y dejar que pagara la cuenta yo solito, pero ahora, que yo sepa, no es el caso.

Me fumo mi cigarro despacito, preguntándome dónde estarán. Ya no me hace gracia la broma.

Sin poder evitarlo, me fijo en la pareja que está comiéndose a besos en la acera de enfrente y algo me resulta familiar. No es una pareja cualquiera, son Ruth y Cintia, y parece que para ellas no existe nada más en el mundo en estos momentos.

Aplasto la colilla contra el suelo y me voy; que paguen ellas la cuenta esta vez. Realmente tampoco me sorprende demasiado, pero a veces pienso que el palo que lleva de guía el vendedor de cupones me hace más falta a mí que a él.

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