Heridas eternas

@nandopilgrim

No se lo pensaron dos veces. Los tres jóvenes, amigos de toda la vida y vecinos de la población valenciana de Beneixida una tarde liaron su petate y se marcharon como voluntarios a la guerra que acababa de estallar, alistándose en el ejército republicano.

Eran Adelardo Panera, el más alto y fornido de los tres, su primo Salvador, apodado el Blanco debido a que todos los miembros de su familia eran rubios y de piel clara, y Emilio, que era el novio de la hermana de Salvador, María la Blanca.

Convencidos de la nobleza de la causa partieron en un viaje que marcaría sus destinos a fuego sobre su piel.

La idea de luchar en una guerra, de defender unos ideales, de no permitir más injusticias cambió el porvenir de muchas familias, pero cuando se es joven y se cree en una causa justa es difícil evitar implicarse y lanzarse a la arena corriendo el riesgo de tener que asumir después todas las consecuencias.

Con el paso de los meses la lucha se fue volviendo más encarnizada y la estrategia más cuidada y estudiada. Hasta el punto que una noche, mientras las tropas descansaban después de un largo día de avances en mitad de la Batalla del Ebro, el ejército sublevado realizó una treta que costaría muchas vidas y cuantiosos daños materiales a los republicanos. Ayudados por un ingeniero de la compañía hidroeléctrica, Charles Smith, los franquistas procedieron a la apertura de las compuertas de los embalses de Tremp y Camarasa, situados aguas arriba del río Segre, afluente del Ebro. La crecida repentina y el aumento del caudal se llevó por delante todo lo que encontró a su paso: soldados, camiones, pasarelas recién construidas y material bélico. El pánico y el caos se apoderaron de la noche y muchos perecieron antes de darse cuenta de lo que estaba pasando. Pero Adelardo era un gran nadador, y cuando logró salir de aquella confusión en que se había convertido su campamento se volvió a lanzar a las aguas revueltas del río para intentar salvar el mayor número de compañeros posible. Panera recordaría muchos años después aquellas angustiosas escenas, y resonarían en su cabeza durante incontables pesadillas las voces de los camaradas que, no teniendo la capacidad de Adelardo para sobrevivir en el agua le llamaban a gritos para que acudiera a rescatarles. Hizo un gran trabajo, por el que después fue reconocido y condecorado, pero no halló ni rastro de sus amigos el Blanco y Emilio.

Después de la derrota en la batalla del Ebro, Adelardo se trasladó junto con las tropas a Madrid, donde fue herido de bala en una pierna cuando era mando de una división motorizada de las Brigadas Mixtas. Tras caer Madrid también, no tuvo más remedio que huir hacia el norte y atrincherarse en lo que llamaron el cinturón de hierro de Bilbao.

En una de esas noches que obtuvo permiso para descansar, Panera salió junto con otros compañeros a dar una vuelta y divertirse un poco por las tascas y las tabernas de la ciudad. Pidieron algo de beber y se pusieron a conversar y discutir sobre los caminos que había tomado aquella contienda y que ahora les obligaba a esconderse y exiliarse para lograr seguir con vida. Las noticias no eran buenas, se rumoreaba que el Capitán de Ingenieros Alejandro Goicoechea había desertado, logrando sobrepasar las líneas del frente y llevándose consigo todos los planos e información que pudo recolectar sobre el entramado defensivo. Era cuestión de tiempo que Bilbao terminase cayendo también.

Poco a poco el local se fue llenando de gente y Adelardo se fijó en una chica joven, de ojos penetrantes y larga cabellera negra que tendría aproximadamente su misma edad. Parecía que estaba esperando a que alguien la sacara a bailar, aunque la mayoría de las parejas ya estaban hechas cuando llegó. Tras pensárselo un poco, y a pesar de llevar una bala incrustada en los huesos de la rodilla se armó de valor y la invitó a ser su pareja de baile. Irune, que así se llamaba la muchacha, aceptó gustosa y empezaron a bailar al ritmo de la música. Pronto se evidenció la molestia en la pierna del soldado, pero qué narices, en peores plazas había toreado y aquella era una compañía muy agradable, así que soportó con estoicidad el dolor y aguantó todo lo que su cuerpo daba de sí. Al finalizar el baile, los dos jóvenes descansaron y pudieron conversar un poco más pausadamente.

Irune escuchaba atentamente los relatos de Adelardo sobre todo lo acontecido en la guerra y las tribulaciones por las que había pasado. De cómo se marchó de voluntario, las batallas en las que había luchado, el miedo de las trincheras, la soledad que le invade a uno cuando se echa cuerpo a tierra con el fusil al hombro y sabe que nadie le cubre, la angustia de tener la certeza de que si te cruzas con un enemigo la vida sólo será para uno de los dos.  Hasta que nombró a Emilio y a Salvador y todo lo que había ocurrido aquella noche en la orilla del rio Ebro.

-¿Emilio? ¿Valenciano, igual que tú?

-Claro, de mi mismo pueblo. Era como un hermano para mí. No sé nada de él desde aquella noche. Fue una jugarreta sucia-prosiguió- impropia de cualquier ejército…

Pero Irune sonreía, radiante, y Panera interrumpió su relato. La chica le contó que la noche anterior en ese mismo lugar ella había bailado con un chico llamado Emilio, valenciano, y que le describió que había sufrido lo mismo aquella noche de la crecida repentina de las aguas. Adelardo no se lo podía creer, pues no tenía noticias de él ni de el Blanco desde aquel día, e Irune prometió ir a buscarle a la mañana siguiente, pues sabía dónde se hospedaba.

Así fue cómo los dos amigos se reencontraron nuevamente, abrazándose con emoción y preguntándose atropelladamente por todo lo que les había sucedido desde aquella noche en que se separaron.

Después de aquel desastre donde Emilio se había salvado de puro milagro, huyó de aquel lugar y fue escondiéndose y retrocediendo buscando zonas seguras donde estar a salvo, pues estaba claro que no podía por el momento regresar a su casa. Nada sabía del destino de Salvador.

-Escucha- dijo Emilio una vez se pusieron al día de todo lo que les había ocurrido-He conocido aquí en Bilbao a un hombre que nos ayudará a escapar. Es miembro del SERE. Nos puede hacer pasaportes falsos y cruzar la frontera hasta Francia, y luego nos iremos a Argentina, allí no nos irán a buscar.

El SERE era el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles.

Adelardo tenía sus dudas, pero los argumentos de Emilio le convencieron. Estaba claro que esconderse no era una buena opción; a muchos les cogían y encerraban y otros los fusilaban sin miramiento alguno. Y si se quedaban en Francia a vivir, quién sabe, quizá estaban todavía demasiado cerca.

Después de conseguir los pasaportes y de agradecer infinitamente a Irune su hermosa participación en aquella bendita casualidad, los dos amigos cruzaron la frontera y entraron en territorio francés, buscando refugio en Nimes, cerca del puerto de Marsella desde donde habían de partir los barcos del exilio.

Numerosos buques fueron los encargados de transportar a miles de refugiados españoles hasta las costas de México, entre ellos el Sinaia, el Ipanema, el Mexique… y mientras aguardaban su momento Adelardo Panera y Emilio fueron acogidos por una familia francesa que les trató como a sus propios hijos durante los días de espera hasta que fueran avisados para marchar. Fueron días tranquilos, donde pudieron relajarse un poco después de tantos meses de tensión y desasosiego, aunque el pensamiento estaba con aquellos familiares y amigos de los que hacía tanto tiempo que no sabían nada y a los que, posiblemente, tardarían muchos años en volver a ver.

Sin embargo, el matrimonio dueño de la casa tenía una hija que se prendó de Emilio. El muchacho se sentía halagado por las demostraciones de afecto de la joven, pero no olvidaba a la chica que estaba esperándole en Beneixida, María, la hermana del desaparecido Salvador, a la que alguna carta le había podido escribir en aquellos días que la contienda les ofrecía un breve respiro.

Hasta que llegó el momento de la partida. Los dos jóvenes se despidieron de la familia por la que habían llegado a sentir un gran cariño y se dirigieron al puerto. El barco les esperaba, amarrado al muelle y acogiendo en su interior a decenas de refugiados como ellos que buscaban un futuro mejor lejos de su país de origen, devastado después de la guerra civil. Familias enteras, matrimonios, niños cuyos padres no sabían dónde estaban, todos aquellos que el gobierno mexicano había dado su visto bueno para que pudieran huir de aquella situación admitiéndoles en su tierra. Desde allí pensaban pasar los dos amigos a Argentina y empezar una nueva vida.

La gente lloraba en el muelle, algunos se despedían, otros no tenían de quién, algunos lo dejaban todo, a otros ya no les quedaba nada. Ellos, por su parte, no se hallaban en absoluto convencidos.

-Yo no me marcho-dijo de repente Adelardo.

-¿Pero qué dices?

-Que no. Vete tú si quieres, pero yo no puedo.

Emilio le miraba, estupefacto.

-Si nos vamos, ¿qué será de los que se quedan? Todos los que están en casa… no puedo irme.

Adelardo era el mayor de seis hermanos, y se sentía culpable y cobarde abandonando a su suerte a la gente que había perdido la guerra, igual que él, y no tenía la oportunidad de marcharse. Emilio no tuvo más remedio que bajar de la pasarela.

-Pero… ¿y si nos cogen? Nos van a matar, Panera, ¿no te das cuenta?

-Pues que no nos cojan-respondió éste, mirándole fijamente. Adelardo estaba decidido a quedarse y Emilio supo que no lograría convencerle de lo contrario. El barco zarpó, haciendo sonar su sirena en señal de despedida para todos aquellos que se quedaban en tierra, y los dos excombatientes vieron lentamente cómo se alejaba en el horizonte, un horizonte más prometedor que el futuro que les aguardaba si decidían volver a su país.

Regresaron a Nimes, desde donde Adelardo partió de nuevo a la frontera para volver a entrar en España, pero Emilio se quedó allí.

Le escribió a María la Blanca, su novia, para decirle dónde estaba y que quería que se reuniera con él, pues la familia francesa que les acogía quería casarle con su hija. Pero María le respondió que no podía marcharse a ningún lugar, ya que su hermano Salvador, al que ambos amigos daban por muerto, se hallaba preso y condenado a muerte en Valencia y no quería abandonarle en una situación así.

Así que Emilio y Adelardo volvieron a separarse de nuevo, el primero finalmente se casó con la muchacha francesa y el segundo fue apresado nada más pisar territorio español.

Adelardo fue trasladado al penal de Barcelona donde estuvo tres años, tiempo en el que la guerra ya había acabado y se instauró la dictadura. Incontables penurias tuvo que pasar en aquel lugar, llegando a cambiar su propio reloj por un pedazo de pan a uno de los marroquíes de la Guardia Mora que custodiaban el penal. Por fortuna para él, un matrimonio barcelonés que visitaba asiduamente el penal se hizo cargo de la situación de Panera y le llevaban todos los días algo de comer y también le proporcionaban una muda limpia cada pocos días.

Al cabo de esos tres años fue enviado a casa, pero solamente durante un escaso período de tiempo.

Uno de los vecinos de Beneixida, al ver a Adelardo nuevamente en el pueblo lo delató de inmediato como perteneciente al bando republicano y a la ideología comunista.

Un día, la Guardia Civil le avisó de que tenían una orden de arresto contra él. A las dos de la tarde del día siguiente le irían a buscar y sería trasladado a la cárcel Modelo de Valencia, en el barrio de Monteolivet, cerca de Salvador el Blanco que cada día esperaba que le llegara su sentencia de muerte.

Pero como tantas otras promesas incumplidas después de la guerra, la Guardia Civil se personó en su domicilio de buena mañana, y no a mediodía como le habían avisado. Pillaron a Adelardo a medio vestir y así, descamisado y esposado, le arrastraron hasta la calle. Su madre, desconsolada, todavía siguió unos metros a su hijo removiendo el vaso de leche que le acababa de preparar para que no se lo llevaran con el estómago vacío.

A Adelardo le cayó una condena que no iba a poder cumplir, pues nadie vivía tanto tiempo, pero a pesar de ello cuando llevaba once años preso le enviaron de vuelta a casa, casi al mismo tiempo que a el Blanco, aunque éste regresó muy tocado física y psicológicamente, pues el continuo ir y venir de los guardias por los pasillos de la prisión y el sonido de las rejas de la cárcel al abrirse para llevarse al paredón a los condenados a muerte apenas le dejaban descansar ni tener un día tranquilo.

Ambos lograron rehacer sus vidas en Beneixida y se casaron; Adelardo con una joven trece años menor que él, lo que causó el rechazo de la familia de la chica en un principio, pese a que eran vecinos, pero finalmente accedieron. Al padre de la chica le chocaba mucho que uno de sus amigos de toda la vida fuese el marido de su chiquilla. Su esposa apenas era una niña el día que se llevaron a Adelardo esposado de su casa, pero ya era casi una mujer cuando regresó.

Lo primero que hicieron fue marcharse a Barcelona en viaje de novios, a visitar a aquel matrimonio que tanto le había ayudado cuando estuvo preso en el penal de la ciudad condal. Tuvieron cuatro hijos.

Panera nunca se le llegó a curar la cojera, pues no hubo médico que se atreviera a quitarle la bala incrustada en su rodilla: ya era casi imposible. El Blanco montó una barbería y ganó fama rápidamente, pues su potente voz y su destreza no dejaban a nadie indiferente. Pero los años de sufrimiento y maltrato en cautividad le pasaron factura y falleció antes de llegar a la cincuentena. Su hermana María también siguió con su vida, resignada a abandonar toda esperanza de volver a reencontrarse con Emilio.

Y la vida siguió, primero en dictadura, luego en transición y finalmente en democracia, hasta que el 20 de octubre de 1982 las lluvias torrenciales terminaron por romper la presa de Tous y toda la zona se vio inundada por una pantanada que arrasó casas y cultivos. En muchos pueblos de la comarca todavía hay señales en algunas paredes donde se lee la leyenda “hasta aquí llegó el agua”.  Y Beneixida se vio gravemente afectada, muchas familias perdieron sus hogares. Se tuvo que construir un pueblo nuevo, mientras los afectados permanecieron en casas prefabricadas. De los dos años que les prometieron hasta finalizar la construcción del nuevo enclave se pasaron a once. Adelardo no llegó a ver el pueblo nuevo terminado. Pero mientras, la gente intentaba hacer vida normal. A la hija de Panera le sorprendía ver cómo sus padres salían a cenar con el matrimonio vecino, o cómo los dos hombres se sentaban a la misma mesa en el bar para jugar la partida de dominó al acabar de comer, después de que fuera su propio vecino el delator que firmó los papeles para denunciar a su padre cuando ya había terminado la guerra, pero Adelardo decía que el pasado era pasado y que al fin y al cabo, eran vecinos de toda la vida y que había que pasar página, pues cada uno hizo en su día lo que tenía que hacer. Panera no era un hombre muy dado a ofrecer muestras de cariño, ni tampoco hablaba mucho de aquellos tiempos. Un sufrimiento como por el que había pasado cambia el carácter de la gente, aunque su esencia siga siendo la misma. No le gustaba recordar y sus hijos tampoco le preguntaban mucho sobre el tema.

Pasaron los años… y un buen día, una tarde típica de verano donde la gente mayor se junta en la plaza del pueblo a tomar el fresco y hablar de sus cosas Adelardo estaba allí sentado con una de sus hijas, que entonces tenía quince años, junto con otros vecinos de Beneixida. Entonces llegó un coche con matrícula extranjera y de él bajó un matrimonio mayor. Panera se les quedó mirando fijamente y le reconoció al instante. El hombre que había bajado del coche también. Emilio y Adelardo se fundieron en un emotivo y prolongado abrazo, sin hablar, sin decirse nada. Sobraban las palabras. Llevaban cincuenta y cinco años sin verse, sin saber nada uno del otro. Cincuenta y cinco años de ausencia, de separación, de pensar en qué habrá sido de la vida del otro, años de caminos distintos, de vidas alejadas por culpa de una guerra civil y de una represión inhumana, años resumidos y perdonados, aunque no compensados, en un tierno y afectivo abrazo necesario.

Emilio y su mujer visitaron después a los familiares de éste que todavía vivían por la zona, y claro, la noticia de su llegada formó mucho revuelo en el pueblo. Así que cuando María la Blanca se enteró de que su antiguo novio había regresado por unos días, quiso verle inmediatamente, aunque Adelardo le dijo a su mujer que era mejor quitarle la idea de la cabeza.

Pero María, desoyendo el consejo de su amiga, se las apañó para ir a verle y encontrarse a solas con él.

-¿Pero qué prisa tuviste?-le espetó a bocajarro.

Emilio le explicó todo aquello que ella ya sabía. La distancia, la situación, la presión del matrimonio francés para que se casara con su hija… pero a la Blanca no le valían esas explicaciones. Cincuenta y cinco años con una espina clavada son muchos, y necesitaba desahogarse, a pesar de que ella había rehecho su vida con otro marido y ya tenía bien criados a sus hijos.

Y es que hay heridas de guerra que acompañan hasta la tumba y heridas del corazón que nunca cicatrizan.

 

Juan Panera. Foto tomada mientras estaba recluido en el Penal de Barcelona

Adelardo Panera. Foto tomada mientras estaba recluido en el Penal de Barcelona

La foto de portada son milicianos republicanos cruzando el rio Ebro en julio de 1938.

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