Bombas y estraperlo

@nandopilgrim

12 de febrero de 1939.

Era una mañana típica de invierno, clara y fría, con el cielo casi raso y un hermoso sol que poco a poco iba bañando con escaso calor los campos y las casas de los habitantes de la región. Antonia, la menor de las tres hermanas, observaba por la ventana del tren cómo se sucedían uno  detrás de otro los pueblos, las alquerías, los frutales, las montañas. Paquita y Eugenia intentaban descansar un poco sobre los incómodos asientos de madera de aquellos lentos trenes. La noche había sido larga y la dureza del viaje empezaba a dejarse notar en el ánimo de los pasajeros de aquel vagón, que, como ellas, la mayoría viajaba intentando conseguir los productos que tanto escaseaban en algunas regiones de aquella España tan castigada por una guerra tan cruel como innecesaria. Eran los tiempos del estraperlo, la represión y la pillería, y quien más quien menos se las apañaba para sobrevivir de la mejor manera posible.

En la casa familiar de las tres hermanas, situada en la población ciudadrealeña de Socuéllamos contaban con la suerte de poseer algunas tierras con las que cultivar trigo y otros cereales y también viña, como es muy común en esa zona. Una vez decididas las cantidades que habían de necesitar en la propia vivienda, empaquetaban el resto y bien escondido entre las enaguas de las mujeres los transportaban hasta Valencia con el objetivo de cambiarlo por maíz y arroz, que a su vez, una parte de aquello era llevado en otro viaje hacia el sur para canjearlo por aceite en las tierras de Andalucía. Siempre y cuando, claro está, no aparecieran por el tren los militares de cualquiera de los dos bandos, la  guardia civil o la guardia nacional republicana y les requisaran todo aquello que fuese comestible para su propio provecho, y no sólo lo que pudieran acarrear con los escasos medios que disponían, sino también incluso la propia comida que llevasen para el viaje o para pasar el día. Era por eso que cada vez que un tren se detenía en mitad de la nada los viajeros se asomaban por todas partes para tratar de averiguar qué estaba pasando y se corría rápidamente la voz en un intento de protegerse y de proteger todo aquello que pudieran esconder de tan despiadadas manos.

Mucha gente prefería también saltar con el tren en marcha antes de llegar a cualquier estación, pues la presencia de la autoridad en cada población suponía el fracaso casi seguro de toda operación ilegal por parte de los estraperlistas.

El lento traqueteo de los vagones proseguía lentamente sobre las vías, incansable en su camino. Antonia seguía mirando por las ventanas, distraída, sus hermanas empezaban a espabilarse un poco y el resto de los pasajeros leía algún periódico atrasado o simplemente esperaban en silencio la llegada a su destino.

-Qué triste lo de los niños de la Juanita-dijo de repente Eugenia, la mayor.

-No me lo recuerdes, por favor-contestó Paquita.

-Estaba soñando con ellos… no quisiera ser yo la que fuera a darle la noticia a su madre.

Antonia cerró los ojos fuertemente. Recordaba con claridad a los dos hijos de Juanita, la hija del pastor, corriendo por las calles del pueblo, jugando incansablemente, ajenos a lo que el destino les tenía preparado. No tardaron a llevarse preso a su padre cuando estalló el conflicto, y un buen día lo trasladaron sin que se supiera nada más de él. Juanita casi se volvió loca y finalmente la encarcelaron a ella también, sin importarles el niño y la niña que dejaban desamparados a su merced sin nadie que les pudiera cuidar debidamente. Los habitantes del pueblo alguna vez les daban algo de comer, pero el hambre y la escasez eran grandes y en las casas las familias disponían de lo justo para poder sobrevivir. Así que un mal día, el chiquillo, que era el mayor de los dos, cogió unos huesos de albaricoque y los ralló como buenamente pudo, luego lo echó en un vaso de agua y él y su hermana bebieron intentado acallar aquella atrocidad injusta que les aquejaba. Al poco tiempo, el cianuro presente en la semilla de este fruto mató al pequeño y su hermana a punto estuvo de perder la vida, salvándose por el hecho de empezar a vomitar convulsivamente todo el veneno que había ingerido de una forma tan inocente.

Había muchas formas de morir en aquella guerra.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la brusca detención del convoy. Todavía faltaba bastante para llegar a la próxima estación, que era la de Xàtiva, y nadie se había escabullido todavía del tren en el intento de salvaguardar su bagaje ilegal. Pero pronto circuló la noticia entre los pasajeros: había subido una pareja de guardiaciviles. Asustada, la gente empezó a esconder de cualquier manera posible todo aquello que pudiera ser requisado. Las tres hermanas se miraban entre sí, desesperadas, pues bastantes atropellos habían sufrido ya en circunstancias parecidas. De pronto, Antonia tuvo una idea brillante.

-Dadme a mí todos los paquetes que llevéis- les dijo a sus hermanas. Como no había tiempo que perder, Paquita y Eugenia obedecieron sin rechistar. Además, a pesar de ser la menor de la familia, Antonia era la más decidida y resuelta de las tres. Rápidamente puso varios fardos en el asiento y el resto se los colocó como pudo en los amplios bolsillos de las faldriqueras, y unos cuantos le sirvieron para simular una enorme barriga de embarazada.  Luego, se sentó encima del banco, tapándolo todo con la falda y adoptó un gesto afectado.

La pareja de la guardia civil registraba minuciosamente todo el vagón, y finalmente llegó hasta donde estaban sentadas las tres hermanas.

-A ver, levántense ustedes-ordenaron.

Paquita y Eugenia acataron sin rechistar pero Antonia no se movió de su posición, con una mano en la frente, la otra sobre su abultado vientre y la mirada perdida más allá del cristal de la ventana. Los dos miembros de la Benemérita pasearon su vista por encima y debajo de los asientos, buscando paquetes escondidos y mercancía susceptible de ser intervenida.

-¿Y a ésta que le pasa?-preguntó uno de los dos.

Las dos hermanas, de pie en el pasillo del vagón, no se atrevían a responder. Pero Antonia, volviendo lentamente en sí como quien regresa de un penoso trance, se dirigió a los guardias con voz lastimera y temblorosa.

-Perdónenme, señor agente, pero he salido ya de cuentas y necesito llegar a casa para ponerme de parto. Este tren me está matando y todavía estamos a mitad de camino…

Los dos militares se miraron entre ellos.

-¿Pero se encuentra bien?

-¿No llevará nada escondido por… algún lado, verdad?- preguntó maliciosamente el otro.

Su compañero dio un respingo y rápidamente le propinó un codazo a su acompañante, ante el murmullo de desaprobación que surgió de los pasajeros del vagón al escuchar la insolente insinuación del guardia.

-Si usted quiere me levanto, de verdad, pero es que ya no puedo más…- y con la cara contraída, como si realmente estuviera sufriendo terribles dolores, Antonia hizo el amago de incorporarse para que la autoridad pudiera completar su labor.

-No, no, deje, deje, tranquila, descanse usted, que tiene mala cara.- le dijo el guardia civil, indicándole con un gesto que era un esfuerzo innecesario.

-¡Dejen en paz a la chiquilla, hombre, que vamos a tener todavía un disgusto!-se escuchó por detrás. Los dos guardias se giraron rápidamente intentando identificar al responsable de aquel grito, pero el resto de pasajeros se habían apostado a sus espaldas para no perder detalle de la escena y no pudieron averiguar quién era el individuo que les había increpado.

Lentamente, volvieron sobre sus pasos para abandonar el vagón.

-Disculpe las molestias, señora, que tenga un buen viaje.

Antonia agradeció con gesto cansado las palabras de la pareja y volvió a perder la mirada entre el paisaje. La gente regresó a sus asientos y el tren reanudó la marcha.

Paquita y Eugenia tardaron un buen rato en reponerse del susto, mientras Antonia, más nerviosa ahora que cuando estaba fingiendo que podía ponerse de parto de un momento a otro, volvía a repartir los bultos entre las enaguas de sus hermanas.

-Come algo, que ya es hora-le dijo su hermana mayor.

Pero Antonia negó con la cabeza.

-Más tarde- repuso.

Ignoraba que lo peor aún estaba por llegar.

Lentamente, el tren se acercaba hasta la población valenciana de Xàtiva. Las tres hermanas no iban a bajar allí, proseguirían su viaje hasta la capital del Turia, pero mucha otra gente sí.

Eran casi las once y media de la mañana cuando el tren tuvo que aminorar su marcha. Apenas unos metros delante de ellos otro tren estaba a punto de entrar en la estación ferroviaria de la ciudad setabense.

De repente, desde los vagones delanteros los viajeros empezaron a agitarse y a gritar.

-¿Qué pasa, qué pasa?-preguntaba el resto.

La respuesta les heló la sangre.

-¡Los aviones, que vienen los aviones!

El maquinista, atento a base de costumbre ya a todo aquello que no fuese normal había avistado antes que nadie los bombarderos que, inexorablemente, recorrían el cielo en dirección al ferrocarril.

-¡Bajen, bajen, rápido!-gritaba. No había tiempo de detener el tren, estaban ya muy cerca de los andenes. La gente empezó a saltar de los vagones, abandonando sus pertenencias allí mismo o tirándolas por las puertas y ventanas  para lanzarse ellos a continuación. Las tres hermanas, como todos los demás, saltaron del convoy cayendo y rodando sobre las piedras y los maderos que protegían los raíles.

El ruido de los motores de los aviones era ya claramente perceptible y no había tiempo que perder. Se levantaron como pudieron y echaron a correr a través de los campos intentando alejarse lo más rápidamente posible de las vías. Por el camino, los fardos y los bultos, el trigo y las uvas, la avena y las pasas se fueron perdiendo entre acequias y arados. De repente Paquita cayó al suelo profiriendo un grito: se había torcido un tobillo. Sus dos hermanas acudieron rápidamente en su ayuda.

-¡Levanta por lo que más quieras, que estamos perdidas!-gritó Antonia. Pero Paquita no podía apoyar el pie en el suelo y lloraba de dolor.

-¡Pues metámonos ahí abajo!

Como pudieron, Eugenia y Antonia arrastraron a su hermana pequeña hasta estar debajo de las ramas de un enorme naranjo que había en el campo contiguo.

El tren que les precedía transportaba a la 49ª Brigada Mixta del ejército republicano y los andenes estaban llenos de las mujeres, niños y familiares que les esperaban, impacientes por reencontrarse con los soldados después de las forzadas y prolongadas ausencias provocadas por el conflicto.

Sin embargo, la mortífera carga de los cinco bombarderos italianos Savoia-Marchetti S.M.79 del 27.º Grupo de la Aviación Legionaria, cedidos por el ejército de Mussolini y procedentes de Palma de Mallorca, ya había iniciado su fatal acometido. Una tras otra, hasta veinte bombas cayeron sobre el edificio de la estación y sus alrededores, causando decenas de muertes y más de doscientos heridos. La sorpresa y el espanto dejaron paso al horror y la desesperación, las continuadas explosiones y el caos de la incertidumbre. Uno de los actos más cobardes de aquella guerra acababa de sembrar la muerte y la destrucción de una forma tan arbitraria como cruel.

Luego, el atronador silencio que dejaron los aviones mientras se alejaban, una vez cumplida su misión.

Las tres mujeres, cubiertas de tierra y de polvo, encogidas debajo de aquel árbol donde habían buscado protección, se incorporaron lentamente, mirando a su alrededor con incredulidad y terror. Había restos de cadáveres mutilados por doquier, y un enorme cráter ocupaba ahora el lugar de la estación ferroviaria. Los gritos desolados de los heridos llenaban el ambiente con su lúgubre gemir, y muchos de los pasajeros que viajaban en el mismo tren que ellas habían perecido víctimas de la metralla de los proyectiles. Se abrazaron y lloraron, por una parte agradecidas de haber salvado la vida y por otra aterrorizadas ante la barbarie que acababan de vivir. Habían perdido todo lo que transportaban, confiando en poder cambiarlo provechosamente en Valencia, pero al menos habían salvado la vida y seguían juntas.

La gente del pueblo acudió en masa a la estación a los pocos minutos del suceso, muchos venían todavía de misa, con la ropa de los domingos.

Mientras Antonia, con los pies enterrados en la tierra y la cara surcada por las lágrimas pensaba que no podía haber nada peor en el mundo que una guerra civil, fratricida y sin sentido, y que valía la pena morir antes que tener que pasar por aquello.

 

*Imagen del bombardeo de Xàtiva, tomada por los mismos aviones fascistas.

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