El boxeador

@nandopilgrim

Había llegado la gran noche. Todo el  mundo en la ciudad estaba esperando ese momento, el gran combate, Pablo era consciente de ello. La gente ya hacía tiempo que esperaba el enfrentamiento entre los dos grandes favoritos al título, que se había pospuesto dos veces ya.

Pero ése era el día, el día que demostraría que él era el campeón.

Aunque realmente no era ganar lo que le importaba. Tan sólo luchar. Golpear al rival hasta derribarle, noquearle, hacerle morder el polvo. Eso era lo que motivaba a Pablo cada vez que subía al cuadrilátero. Allí no tenía amigos, y desde que había empezado a competir, tampoco tenía rival.

Nadie apostaba un duro por él cuando empezó. Con más de treinta años, no tenía la agilidad propia de los que llevan en ese mundo desde que son jóvenes, aprendiendo en clases de boxeo. Pero descubrió, casi por casualidad, que se le daba bien.

Pablo había pasado una muy mala racha en muchos aspectos, un cúmulo de cosas le había llevado al límite de lo que sus fuerzas podían aguantar. Y un amigo le sugirió que quizá apuntándose a un gimnasio podría encauzar toda esa frustración que le atormentaba. Y le hizo caso. El gimnasio tenía un pequeño ring donde algunos aficionados acudían todas las tardes a pelear entre ellos, algunos por entretenimiento y otros porque aspiraban a llegar a algo en la carrera de tan complicado deporte. Un día decidió probar, por curiosidad, pues se aburría con las máquinas del gimnasio, nunca había practicado ningún deporte que no fuera al aire libre. Al principio peleó con un amigo que le derribó varias veces, no acertaba a ver por dónde llegaban los golpes. Pero el entrenador le hizo levantarse de nuevo.

-Piensa en algo que te cabree, chaval, pero que te cabree de verdad.

Y Pablo pensó. Y se levantó, y peleó. Y derribó a su oponente. Una y otra vez, sin piedad. Al final los tuvieron que apartar, su amigo se fue de allí maldiciendo y gritándole que estaba loco. Pero el entrenador había visto algo en los ojos de Pablo: no tenía técnica, ni escuela, pero tenía instinto asesino, y eso era más importante que todo lo demás.

Así que lo convenció para competir, al principio en peleas amateurs organizadas entre gimnasios pero pronto los promotores se fijaron en él. Tenía madera. No había perdido ni un combate todavía. Era un rival feroz, un púgil temible, pero solo él conocía su secreto.

Pablo pensaba en Martina. En su sonrisa, en su pelo, en sus gestos. En todo aquello que él creía que era suyo y un día se le escapó. Se acordaba de sus caricias, de su mirada, de su complicidad compartida. De las charlas que habían mantenido, de los largos paseos que daban sin dirigirse a ningún lugar en concreto, tan sólo por el placer de caminar juntos. Pablo sentía que nunca antes de Martina se había llegado a enamorar de ninguna mujer. En sus relaciones anteriores había querido mucho, y había sufrido también, pero nunca había sentido algo tan profundo como cuando conoció a Martina. Nunca se había entregado de ese modo. Sentía que ya nada en el mundo le importaba más que ella, se desvivía por ella, respiraba sólo si ella respiraba. Se había enamorado de verdad y ahora lo sabía, ahora ya sabía que se sentía cuando se amaba con toda el alma. Era su primer y último pensamiento de cada día: tan sólo acordándose de ella, por ocupado que estuviera, una gran sonrisa iluminaba inmediatamente su rostro.

Pero Martina había sufrido mucho en relaciones anteriores, y tuvo miedo. Tuvo miedo de enamorarse, tuvo miedo de volver a pasar por lo mismo, de sufrir otra vez. Y le dejó, partiéndole el alma y el corazón.

Nunca había sentido Pablo un dolor semejante. Era un dolor físico, le crecía desde sus adentros y le subía por el pecho y la garganta hasta terminar en un grito de rabia, de dolor y de impotencia. Era también un dolor mental, cada minuto, cada segundo eran para él una auténtica tortura, no lograba sacarla de su cabeza.  Se planteó si valía la pena seguir vivo así, ya que para él toda su vida había perdido el sentido. No tenía razón alguna que le empujara a seguir adelante. Y él no comprendió por qué había tenido que ocurrir aquello, cuando parecía que todo era tan perfecto.

Y toda esa rabia, esa frustración, ese dolor lo transformaba en la ferocidad que había logrado hacerle famoso. Una vez metido entre las cuerdas, Pablo no pensaba en nada más, y acto seguido destrozaba sin piedad a su oponente. Al principio, después de cada pelea se refugiaba en su vestuario, solo, y entonces, una vez relajado de la tensión del combate, lloraba. Pero luego se fue endureciendo, y él mismo se sorprendió al comprobar que ya no podía llorar.También se dio cuenta de que todo aquella acumulación de mala suerte, de incertidumbre, de problemas que parecían que nunca se iban a resolver, toda aquella situación, realmente se había magnificado por el dolor que supuso para él el abandono que no supo superar.

Pero ya no le importaba. Sabía que podía seguir peleando con la misma intensidad.

Esa noche era la gran noche, pero no le preocupaba. Porque luego habría otro combate, y luego otro, y para él lo importante no era el título, ni la fama. Era tener una vía de escape para su amargura.

El pabellón bullía de excitación, la expectación era grande. Se habían agotado todas las localidades y hubo un enorme número de periodistas acreditados para cubrir la pelea. Las televisiones también se hallaban presentes, se respiraba el auténtico ambiente de las veladas de los grandes combates.

Subió al ring e hizo lo de siempre. Atacar, atacar, cegarse, defenderse, machacar. Acordarse de la ruptura, de la cobardía, de sus lágrimas. Martina, ¿por qué? Sin más explicaciones, sin una razón (para él) de peso. ¿Por qué? La dulzura de su mirada, la suavidad de sus manos, el olor de su pelo. ¿Por qué?

Su rival era hábil y rápido, pero Pablo no se cansaba fácilmente, y aguantar sus continuas acometidas era muy complicado. Asalto tras asalto Pablo minaba la moral y el aguante de su oponente, y la fatiga empezó a hacer mella en él. Hasta que finalmente cayó sobre la lona. Diez segundos: no se levantó. Pablo era el vencedor, lo había vuelto a hacer. Fotos, flores, entrevistas, los flashes que le cegaban, el ruido ensordecedor de la gente que bramaba en aquel reciento cerrado, el sabor metálico de la sangre en los labios, la amargura que asomaba por sus ojos.

Después de toda aquella vorágine abisal el campeón se encerró en su vestuario. Cerró los ojos e intentó serenarse, el ruido de fondo le decía que todavía proseguía el bullicio alrededor del ring. Sentado en la camilla, empezó a quitarse los guantes lentamente. Su móvil vibraba continuamente, se imaginó toda la gente que estaría en ese instante felicitándole por el triunfo.

Cuando terminó cogió el teléfono, quería contestar a todos, pero eran muchos mensajes. Fue bajando la lista y respondió a los imprescindibles, los más importantes. De repente, reparó en un mensaje que no había visto antes. Era de Martina, y apenas unas palabras: “Pablo, perdóname, me gustaría poder hablar contigo”.

Y en ese momento supo que no tenía ya razones para volver a pelear nunca más.

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