La tragedia de Medina Sátiba

@nandopilgrim

La vida transcurría plácida y serena en la ciudad de Medina Sátiba. Hacía tiempo que no se libraban batallas ni guerras cerca de los territorios de la floreciente ciudad que crecía en la falda del castillo fuertemente fortificado. Aunque eran tiempos de bonanza, el visir Al-Ra’id no se dormía en los laureles, a pesar de una extraña enfermedad que desde largo tiempo le atormentaba, y aprovechaba ese período para fortalecer la ciudad y las murallas. Dentro de ellas, unos sosegados habitantes se dedicaban al cultivo, al comercio de la seda o a la recientemente instaurada en la ciudad industria del papel.

Aparte de estas ocupaciones, el visir había criado con especial cariño a su primogénito, Malik Al-Jamil, El Bello, y le había convertido en un apuesto joven diestro con las armas y cultivado en espíritu, pues aparte del entrenamiento militar que Malik había tenido desde que era un niño su padre no había descuidado los principales pilares de un alma ilustrada: la música y la poesía. También demostraba ser un hábil oponente en el juego del Shatranj (ajedrez), del que su padre era un gran aficionado.

No era un secreto para nadie que el destino del joven Malik Al-Jamil estaba ligado al de la bella Fátima, hija de uno de los distinguidos de la ciudad, Faysal Ibn Nidal, y cuya compañía el visir apreciaba considerablemente. Largas reuniones sostenían ambos nobles mientras disertaban sobre cualquier tema que se les antojara. Religión, filosofía, política, literatura… llegando a prolongar sus tertulias hasta que las estrellas dejaban de distinguirse en el firmamento, eclipsadas por la luz del astro rey. A fuerza de las frecuentes visitas que el visir propiciaba a su amigo Faysal, los dos jóvenes habían tenido tiempo de conocerse de sobra, puesto que el noble era propenso a mantener sus reuniones con la presencia de su esposa, Shihab, y la única hija que había tenido con ella, la hermosa Fátima. A pesar de poder permitirse más mujeres, Faysal nunca había querido hacerlo, pues consideraba que Shihab era inigualable en belleza e inteligencia, y nunca se fijó en ninguna otra mujer.

Así que con el paso del tiempo y como era inevitable, surgió el amor entre el hijo del visir y la hija del noble, aprobado por sus padres, aunque no era todavía oficial.

Pero Malik no era el único que se había prendado de los encantos de la joven Fátima. El criado principal de la casa de también se había enamorado de ella. Este joven se llamaba Abdel Azim, y servía a la familia de Faysal de la misma manera que su padre había servido al padre de éste. En secreto, Abdel suspiraba por los encantos de la hermosa Fátima y lamentaba el día en que el hijo del visir había puesto un pie en esa casa para robarle el corazón a la joven. Su espíritu empezó a empobrecerse cada día que pasaba y finalmente cada amanecer suponía para Abdel Azim un nuevo tormento, pues veía cómo sus esperanzas se disolvían en aquella relación que crecía constante y que nada podía hacer él por detener.

El palacio donde vivía Faysal ibn Nidal con su esposa Shihab, y su hija Fátima estaba situado en la misma falda de la ladera donde se asentaba el baluarte del visir, era la última vivienda de la ciudad antes de acceder al camino que comunicaba directamente con la fortaleza. Gracias a ello, tanto el palacio como el castillo bebían el agua de los mismos aljibes. Uno más grande, construido justo debajo de la muralla, recogía toda el agua proveniente de la vertiente de la montaña, y de ahí, limpia ya de impurezas gracias a la decantación natural pasaba a dos depósitos conectados entre sí y un poco más pequeños; del primero se servía el agua a la fortaleza y del segundo al palacio. El del palacio casi siempre estaba vacío, era Abdel el encargado de, una vez comprobada la pureza del líquido elemento, acreditando que ningún animal o planta había caído dentro de ellos, subir al aljibe del que se abastecía el castillo y soltar el agua hasta llenar el del palacio. Después, si era necesario, se acercaba hasta el aljibe mayor y llenaba el del castillo. Se acercaba la época más calurosa del año y había que extremar las precauciones, pues multitud de animales, atraídos por el frescor y la sombra de los aljibes eran capaces de penetrar en sus estancias. Tanto el  visir como el noble Faysal ponían mucho interés en la correcta realización de estas tareas, pues ambos sabían que el agua, necesaria para la vida, podía ser asesina mortal si se corrompía por cualquier descuido.

El resto de la población se abastecía de los numerosos manantiales que brotaban por toda la ciudad, no en vano Medina Sátiba era conocida como la ciudad de las mil fuentes, aunque en los veranos calurosos la mitad de ellas no brotaban.

Un día, el visir Al-Ra’id mandó llamar a su presencia a su amigo Faysal. No tenía buenas noticias y su rostro lo delataba.

Había recibido una misiva de Imad Al-Din, señor del Califato de Córdoba del cual dependían, y le anunciaba su inminente visita. El motivo de tan gran honor no era otro que afianzar la lealtad de sus territorios, y para conseguirlo, había decidido casar a una de sus hijas con el hijo del visir Al-Ra’id, para evitar así, por medio de una estratagema política, que Malik en un futuro pudiera fundar una dinastía propia y rebelarse contra el Califato. El señor Imad quería controlarles militarmente y familiarmente también. Eso significaba un duro golpe para la unión de los dos jóvenes amantes, pues suponía con casi toda seguridad que Malik tendría que abandonar su tierra una vez consumado el matrimonio para poder servir a su suegro en su propio palacio, bien como escolta, bien como consejero, mientras que Al-Ra’id continuaría al cargo del castillo de Medina Sátiba mientras sus fuerzas le permitieran. La carta decía también que en un plazo de siete semanas el Califa y su hija Yaiza, la elegida para el enlace, visitarían la ciudad para oficializar el compromiso.

La noticia ensombreció el corazón de Faysal, que sin embargo, sabía que el visir poco o nada podía hacer ante la imposición de aquella alianza. A pesar de ello, algo se rompió para siempre entre los dos, pues le dolía profundamente que aquel mandato tuviera que ser el entierro de la felicidad de su hija. Apesadumbrado, volvió a su casa y les dio la noticia a las dos mujeres que  le esperaban impacientes para saber qué nuevas traería. Fátima se refugió en sus habitaciones llorando desconsoladamente, nada ni nadie podían aliviar su dolor.

El joven Malik Al-Jamil temblaba de la ira mientras su padre le exponía la situación. No podían oponerse. No tenía más remedio que resignarse a su destino, y sin embargo, se negaba a aceptarlo. Su padre, finalmente, le dejó solo para que pudiera asimilar el curso de los acontecimientos.

La noticia sin embargo sí que había logrado consolar un corazón: el de Abdel Azim, el criado, que celebraba con regocijo el regreso de sus esperanzas, pobres, pero esperanzas al fin y al cabo.

En el castillo se ultimaban los preparativos para la visita del Califa, era evidente que el hecho de desplazarse él en vez de llamar a su palacio de Córdoba al visir y a su hijo era signo inequívoco de la importancia que le otorgaba a tal empresa, y no quería marcharse de allí sin dejar el pacto sellado. El hijo de Al-Ra’id, por su parte, no pudo someterse a tal decisión. Quince días antes de la llegada de Imad Al-Din y de su hija Yaiza, envió un criado al palacio de Faysal con una nota para Fátima.

-Dásela a ella en mano, personalmente, y a nadie más. Y procura que no te vea nadie.

El chiquillo asentía con los ojos muy abiertos.

-Y si fracasas en esto lo pagarás con tu vida-añadió Malik, mirándole fijamente.

El pobre criado, espantado ante la perspectiva de las consecuencias, salió de la estancia rápidamente dispuesto a cumplir con los deseos de su amo. Malik sabía, por la devoción que le profesaba su servicio, que esta última amenaza no era para nada necesaria, pero quiso remarcar la importancia que tenía para él que el cometido se llevara a cabo satisfactoriamente.

Abdel volvía, junto con dos sirvientes más, del aljibe que suministraba el agua al palacio. Éstos iban cargados con odres llenos para satisfacer las necesidades que pudieran tener los habitantes de la casa durante la noche mientras él supervisaba la operación, pues era el único criado que tenía las llaves de acceso a los aljibes. Cuando se aproximaban al edificio, le pareció distinguir una sombra furtiva que se escondía entre los árboles. Ordenó a los sirvientes que continuaran solos y siguió sigilosamente al intruso. Cuando éste estuvo a punto de trepar por las rejas de las ventanas, buscando el piso superior, se abalanzó sobre él y lo inmovilizó contra el suelo. Sacó su cuchillo y llevándole hasta una ventana, donde había luz, le reconoció como uno de los chicos que servían en el castillo.

-¿Qué haces aquí? ¿Y por qué pretendías entrar así? No tienes motivos para esconderte.

El muchacho no respondía. Apoyó su cuchillo contra su garganta y repitió las preguntas, pero el criado no quería hablar. Finalmente distinguió entre sus manos un papel arrugado.

-Dámelo.

El muchacho negó con la cabeza.

-Sólo puedo entregárselo a quien va dirigido.-contestó.

Abdel intensificó la presión sobre el cuello del criado hasta causarle una herida. Al notar el dolor en el rostro del muchacho logró arrebatarle con un golpe la nota.

-¡No!-gritó el criado, aterrado.

-¡Silencio, o te mato aquí y ahora!-susurró airado Abdel. –Has llegado como un vulgar ladrón, una vez muerto, ¿quién no me iba a creer? Y ahora vete, lárgate de aquí.

El muchacho corrió todo lo deprisa que sus piernas eran capaces de ofrecer para contarle a su amo todo lo sucedido, mientras Abdel, con falsa afectación le relataba su versión de los hechos a Faysal ibn Nidal, entregándole al noble la nota de Malik en la que citaba a Fátima para la medianoche, y así fugarse con ella para poder vivir sus vidas lejos de poderes que pusieran trabas a su amor.

Esto fue otro golpe para el viejo Faysal, que se vio en la obligación de avisar al visir de lo que había ocurrido.

-Gracias, Abdel, has salvado del deshonor a mi familia y a la del visir Al-Ra’id, serás debidamente recompensado.

-No merezco ninguna recompensa, pues es mi deber y obligación velar por la seguridad de esta casa-repuso el criado.

-Como quieras- respondió el noble, y con un gesto de su cansada mano le indicó a su sirviente que ya podía retirarse.

Cuando el visir, furioso al enterarse de la noticia fue hasta los aposentos de su hijo para pedirle explicaciones por tamaña traición, le encontró tratando de consolar al pobre criado que, después de relatarle lo sucedido, sólo esperaba que su dueño le cortara la cabeza en castigo por su fracaso.

-Levántate, no voy a matarte. Me has servido bien, no es culpa tuya. Ahora es mejor que te vayas.

El visir, desde la puerta, observaba la escena, pero el muchacho no tuvo ánimos de esperarse a contemplar lo que iba a ocurrir a continuación y se escabulló discretamente mientras Al-Ra’id reprimía duramente a su hijo.

-Has puesto en peligro la paz de estas tierras, el honor de mi familia y la de Faysal. Si no fueras hijo mío te mandaría azotar como escarmiento, pero no puedo, así que te conmino a que aceptes tu destino como un hombre y te prohíbo que vuelvas a intentar ninguna locura.

Malik aguantó con entereza el discurso de su padre, que se prolongó más de lo que hubiera querido, y nada pudo objetar al respecto. Si hubiera consumado su plan, habría traído la ignominia y el escarnio para las dos familias y, posiblemente, una guerra no deseada, pues tanto el califa Imad Al-Din como su hijo Mahmed ibn Imad tenían fama de no perdonar ninguna afrenta si no era con derramamiento de sangre de por medio.

Finalmente, llegó el día en que el Califa llegó a Medina Sátiba. Toda la ciudad se hallaba engalanada para la ocasión y sus habitantes, animados, esperaban con impaciencia el curso de los acontecimientos. Hacía tiempo que en la ciudad no se vivía ningún hecho importante y eso era un motivo más para la excitación de la urbe.

Unas horas antes, el noble Faysal había acudido a hablar con el visir.

-Si tú lo ordenas, como vasallos suyos que somos, acudiremos al banquete, pero por la amistad que nos unió, ruego nos dispenséis de asistir a un evento donde no hay más que dolor para mi familia.

Al-Ra’id no se sintió con fuerzas para obligarles a estar presentes en la celebración del compromiso. Lamentaba que desde que la noticia de la próxima alianza de su hijo Malik con Yaiza su relación se hubiera deteriorado sobremanera. Su enfermedad ahora se mostraba más cruel que nunca.

-Ve en paz, yo os excusaré delante del califa.

Faysal, agradecido, abandonó la estancia.

Mientras tanto, en su palacio, Abdel Azim había pedido a su dueña, Shihab, poder hablar con ella en privado. Le había pedido en matrimonio a su hija Fátima, ya que gracias a su intervención la familia seguía a salvo de la deshonra y exigía que ésa era una justa recompensa. Shihab, sorprendida por el descaro de su criado, le respondió que lo consultaría con el señor cuando llegase.

-Ni hablar-respondió Faysal.-Fátima necesita tiempo para curar sus heridas, y hay demasiados nobles en la ciudad como para rechazar un matrimonio a su altura.

Abdel se sintió herido en lo más profundo de su ser.

-Grande es tu atrevimiento, nunca lo hubiera imaginado. Ahora sigue con tus obligaciones y no vuelvas a mencionar nunca el tema.

Abdel salió de la estancia sin articular palabra y se dirigió a los aljibes, llorando de rabia y de dolor. Debajo del ardiente sol del verano, buscaba un lugar fresco donde refugiarse.

Pero antes de llegar, una maléfica idea cruzó por su mente.

Bajó rápidamente a la ciudad y buscó, entre las callejuelas del barrio más pobre, la casa de un anciano que era conocido por sus conocimientos de alquimia aunque nadie se atrevía a declararlo abiertamente. Sin que éste le hiciera ninguna pregunta, le compró un frasco de su líquido más potente y volvió a los aljibes. El del palacio, como siempre, estaba casi vacío. Así que subió al otro, que lo alimentaba, y dejo caer el contenido líquido sobre el agua. Era un arsénico inodoro y transparente, y Abdel quería así vengar la ingratitud del noble anciano para con él, después de haber evitado que su hija se escapara con Malik, trayendo la vergüenza a la familia. Tanto si se cocinaba con aquella agua como si se bebía, la víctima no tardaría más de doce horas en morir en medio de terribles espasmos y dolores.

Cuando hubo terminado de verter el contenido de la ampolla y se disponía a levantar la compuerta del conducto que comunicaba ambos aljibes, aparecieron dos soldados.

-¿Qué haces?-le preguntaron.

-Hago mi trabajo como cada día-repuso Abdel, nervioso.

-Hoy no se toca el agua de este aljibe. Por orden del visir, toda la que se pueda necesitar para la celebración de esta noche debe estar disponible.

-Pero necesitan agua en el palacio, y el aljibe está vacío.

-Consíguela de las fuentes de la ciudad-repuso el soldado con gesto cansado.

Abdel miró con desesperación la compuerta cerrada. Ni una gota se escapaba de ahí. No tuvo más remedio que abandonar el lugar y volver al palacio. Encargó a los sirvientes que fueran a buscar el agua por los manantiales de las calles mientras él, consternado, no sabía qué hacer. Decidió que lo mejor sería esperar a la noche y huir de la ciudad. Mientras tanto, un soldado del visir montaba guardia a la puerta del aljibe real para impedir que nadie se acercase al agua, tan buscada en esa estación del año.

Esa noche se celebró la confirmación oficial del enlace, y aunque todos los asistentes preferían el vino, todas las viandas se cocinaron con el agua de aljibe real.

Al día siguiente Medina Sátiba amaneció con la noticia de una gran tragedia. En la fortaleza del castillo, casi todos los nobles presentes en la fiesta habían fallecido antes de llegar el alba, envenenados. Los médicos del visir así lo habían confirmado. Al-Ra’id, sin embargo, aun vivía. Su estado era crítico y se temía por su vida. Su esposa Hilal, su hijo Malik, el resto de sus hermanos, junto con los nobles que habían sido invitados al banquete, el califa Imad Al-Din y su hija Yaiza, todos estaban muertos. Algunos criados y soldados también. Nadie se explicaba lo ocurrido. Por su parte, en la casa de Faysal Ibn Nidal reinaba el abatimiento. Era una terrible noticia, y nadie sabía que podía suceder. Ellos, como el resto de la población, esperaban a que el visir pudiese recuperarse del envenenamiento.

Y lo consiguió tres días después, a pesar de todo. Los médicos de Al-Ra’id, que no eran capaces de encontrar la dolencia que aquejaba a su señor desde hacía largo tiempo, le suministraban una especie de veneno en pequeñas cantidades a modo  de medicina, y como vieron que al menos no empeoraba, le obligaban a tomarlo habitualmente. Este hecho logró que el visir consiguiera una cierta inmunidad al veneno, y por ello no falleció la noche de la tragedia.

Apenas se hubo repuesto, quiso encontrar al responsable de todo aquello. Un soldado se mostró en su presencia y solicitó la palabra. Una vez concedida, el soldado le relató al visir Al-Ra’id cómo había encontrado al criado de Faysal Ibn Nidal en el aljibe antes de que él y su compañero llegaran. El visir ordenó que se trajera a su presencia al criado del palacio de su amigo.

Abdel había intentado huir, pero los guardias que custodiaban la muralla no lo dejaron escapar. Es más, sospechando de su actitud, lo devolvieron al palacio donde servía, ya que no tenía el permiso de su amo para salir de la ciudad con las puertas de la muralla ya cerradas. Faysal, extrañado por todo aquello, le confinó en un calabozo hasta decidir qué hacer con él. Ahora el visir reclamaba su presencia y Faysal no entendía muy bien qué estaba pasando.

-¿Fuiste tú quien envenenó el aljibe?-preguntó Al-Ra’id, postrado sobre unos anchos cojines. No podía mantenerse en pie.

Abdel, con la cabeza baja y la mirada fija en el suelo, no respondió.

-Criado, no te lo volveré a repetir. Respóndeme o te ahorcaré antes de mediodía. Mis soldados dicen que estuviste allí.

El criado, serenamente, levantó la vista y miró al visir.

-Señor, yo fui. Yo corrompí el agua del aljibe.

El visir le observaba, enfurecido. Sus escasas fuerzas se concentraban en sus ojos y en sus palabras.

-¿Y qué pretendías con eso? ¿Qué objetivo perseguías?

Abdel no vaciló en responder.

-Mi amo Faysal Ibn Nidal me lo ordenó.

El visir saltó en su asiento, sobresaltado.

-No te creo. Mientes.

-No, mi señor. Mi amo está furioso con vos desde el día que anunciasteis el compromiso de vuestro hijo con la hija del califa, y no con su hija Fátima, como él creía. Y quiso desagraviar la afrenta ordenándome que fuese la mano que ejecutara su venganza.

El visir no daba crédito a sus palabras, pero la dosis del veneno ingerido había hecho mella en su salud física y mental.

-El hijo del Califa se levantará en armas contra Medina Sátiba, esta traición no puede quedar impune. Por el bien de la ciudad, por evitar una guerra y por limpiar el nombre de mi linaje, ordeno que se aprese al noble Faysal Ibn Nidal, a su mujer Shihab y a su hija Fátima y se les traiga a mi presencia para ser juzgados.

Los soldados del visir cumplieron prontamente las órdenes recibidas. Al-Ra’id encerró a los tres miembros de la familia del noble en los calabozos del castillo a la espera de la llegada del hijo del Califa. No se atrevía a castigarles por aquello, porque el aprecio que sentía por Faysal no le permitía dar crédito a lo relatado por el criado, pero sentía que tampoco tenía muchas más opciones. También sabía el visir que la toma de decisiones precipitadas, sobre todo cuando se está en estado de ánimo airado puede acarrear consecuencias irreparables.

Abdel también fue retenido a la espera del desenlace de tan macabra historia.

Por su parte, el noble quiso entrevistarse varias veces con Al-Ra’id pero éste, debilitado y abatido por los sucesos recientes no quiso concederle audiencia hasta que llegase Mahmed ibn Imad.

Y éste llegó a los pocos días de la tragedia. Avisado por los mensajeros, rápidos sobre sus magnificas monturas árabes de todo lo ocurrido cabalgó sin descanso hasta hallarse a las puertas de Medina Sátiba. Los guardias que custodiaban las murallas lo vieron llegar solo, pues ni siquiera su escolta personal había sido capaz de seguirle el ritmo.

Llegó al castillo exhausto pero con la determinación propia de quien está acostumbrado a cargar el peso de la responsabilidad en su espalda y no andarse por las ramas. Al-Ra’id salió a recibirle, apenas recuperado del efecto del arsénico mortal que había ingerido. El hijo del difunto califa no quiso ni sentarse a comer ni descansar, ordenó inmediatamente que fuera todo preparado para el juicio.

Los cuatro prisioneros fueron conducidos al patio donde se había de dictar sentencia. El sofocante calor del mediodía empapaba sus túnicas, apenas una gota de viento hacía su aparición de vez en cuando. Encadenados de pies y manos y con grandes argollas de hierro alrededor del cuello, Faysal Ibn Nidal, su esposa Shihab y su hija Fátima presentaban un aspecto deplorable, con las mejillas hundidas y los ojos resecos por el llanto. El traidor Abdel Azim llevaba en su rostro la marca del insomnio, el peso de una conciencia que no le permitía descansar.

El primero en hablar fue precisamente el criado, repitiendo ante Mahmed lo que ya le había relatado al visir con anterioridad. Faysal intentó interrumpir su relato, protestando ante las falsedades que estaba describiendo Abdel Azim, pero el heredero del Califato de Córdoba le hizo callar rápidamente. Cuando terminó su declaración, los ojos de Mahmed se hallaban inyectados en sangre. Se levantó, irritado, y por un momento pareció que el sino de los prisioneros estaba ya decidido. Pero pasados unos instantes, se volvió a reclinar sobre su asiento y se dirigió al principal acusado:

-Noble Faysal, defiéndete de estas palabras, o acepta tu destino.

El anciano, con la voz débil y titubeante, intentó explicarle que todo aquello era una gran mentira y que su familia jamás había sentido un resentimiento tan nocivo como para que se les pasara por la mente siquiera una traición de tal magnitud, pero sus palabras no convencieron a Mahmed ibn Imad.

-Cortadles la cabeza-sentenció -Que paguen con su vida el pecado de la traición.

Fátima y su padre sollozaban, impotentes. El criado perdió el color de su rostro y parecía que se iba a desmayar.  Sólo la mujer del noble, Shihab, permaneció serena, mirando al hijo del califa con serenidad.

-Quiero hablar, Oh gran señor, permitidme que me dirija a vos-dijo.

Mahmed y Al-Ra’id se miraron, sorprendidos.

-Habla.

Entonces Shihab, con voz clara y tranquila, relató cómo Abdel había ido a exigirle que él era quien debiera casarse con Fátima, una vez que ésta ya no iba a ser la mujer de Malik. Expuso lo atrevido de la propuesta del criado y de lo mal que se había tomado la negativa de Faysal de acceder a su petición. Y añadió que, a su parecer, todo aquello era el fruto de una venganza personal del criado que había terminado por asesinar  a toda la familia del visir junto a Imad Al-Din y su hija Yaiza.

Cuando terminó su versión de todo aquello, el silencio se apoderó del recinto. Mahmed observaba a la mujer atentamente. Sus ojos resueltos y la firmeza de su voz le indicaban que su corazón era puro.

-¿Así que nunca ordenasteis al criado que envenenara el aljibe?

-Nunca, mi señor.

-¿Tú la crees, Al-Ra’id?

-La creo, mi señor- respondió el visir, asintiendo con la cabeza al mismo tiempo y sintiendo un gran alivio en su interior.

Abdel se mordía los labios, terriblemente desesperado.

-¿Y bien?- ahora le preguntaban a él -¿Quieres añadir algo, sirviente?

El criado bajó la cabeza, y con lágrimas en los ojos, confesó su crimen, desde su impotencia y rabia al sentirse rechazado hasta la maquinación y consecución de tan maléfico plan. Con cada sílaba que salía por su boca firmaba su sentencia. Fue ejecutado en el mismo patio del castillo donde había tenido lugar el juicio y su cadáver arrojado fuera de las murallas de la ciudad.

Mahmed ibn Imad decidió que el visir estaba demasiado débil y enfermo para poder continuar cargando con la responsabilidad que su posición le exigía, resolviendo relevarle de su posición trayendo consigo a uno de sus nobles de confianza, y así Al-Ra’id se trasladó a vivir al palacio de su amigo Faysal, aunque el dolor por la pérdida de su querido hijo Malik y de su esposa Hilal seguía demasiado presente en su corazón, y al poco tiempo abandonó la hospitalidad del noble para terminar sus días en una alquería cercana a las murallas que rodeaban la población.

Nunca ningún hombre volvió a ocupar el corazón de la bella Fátima, y ni Faysal ni Shihab insistieron en buscarle matrimonio, rechazando además cualquier propuesta por parte de los nobles que intentaron convencerles para concretar una alianza.

Y así fue cómo el nombre de una de las familias más ejemplares de la ciudad se vio envuelta en una de las páginas más negras de la historia de Medina Sátiba.

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