Base de datos

@nandopilgrim

Me levanto otra vez, sin haber dormido. Está amaneciendo. Los tonos rojos del alba asoman entre las rendijas de mi persiana. Otra noche en blanco, y van ya demasiadas desde… desde aquella noche. Me preparo el café, como cada día, me cepillo los dientes, me quito el pijama, no siento frío. Las plantas desnudas de mis pies se posan suavemente sobre las baldosas de mi piso que, a estas alturas del año, han de estar terriblemente heladas. Pero yo no lo noto. Sólo siento unas ganas tremendas de volver a salir a la calle, volver a comprarme todos los periódicos y leerlos. Examinar toda la prensa, memorizar las noticias, nombres, lugares, hechos. Luego las revistas. Infinidad de revistas que he comprado compulsivamente estos últimos días y que aún no me ha dado tiempo de leer. Se amontonan en la mesa de la salita, y desde allí me llaman, impacientes, para que las devore. Sin embargo, el televisor hace lo mismo. Lo enciendo, y no puedo parar de visualizar la pantalla y de intentar memorizar todas las imágenes que por ella van apareciendo, una tras otra. Noticiarios, boletines, documentales. Lo que sea. El cuerpo humano, vida animal, los grandes logros de la humanidad, los últimos descubrimientos científicos, la carrera espacial. Necesito asimilarlo todo. Lo sé. No necesito comprenderlo todo, pero debo memorizarlo todo. Y así, cuando llega la noche, me siento exhausto, vacío pese a todo mi afán por aprender, y me tumbo sobre la cama mirando al techo, dispuesto a pasar otra noche sin pegar ojo intentando ordenar en mi cabeza todo lo leído, visto y escuchado. Hasta que amanece de nuevo.

Me han dado la baja en el trabajo. Dicen que necesito descansar. Me sentaron enfrente de un loquero y me obligaron a responder a sus preguntas. Yo respondí a todas ellas con naturalidad, de un modo normal, pero aún así me han dado la baja. No echo de menos el trabajo, estoy demasiado ocupado ahora como para pensar en ello. Soy feliz así. O eso creo.

De repente, he dejado de fumar. No sé ni cómo lo he hecho. Sólo sé que no me apetece. Hace unos días vi la cajetilla semivacía encima de la mesa, no recordaba la última vez que había fumado y no me apetecía volver a hacerlo. No la he tirado, por si acaso, pero pasan días enteros y no me acuerdo de ella.

Tampoco me acuerdo de la gente. De nadie con los que solía tratar. El teléfono ha dejado de sonar. Los primeros días llamaban personas para interesarse por mi estado de salud, para preguntarme cómo estaba. No descolgué el teléfono ni una vez, porque yo ya sabía para qué llamaban. Y no quería hablar con ellos, estaba bien. Está bien así. Bajo a la calle y me cruzo con gente. Algunos me saludan, pero no sé quiénes son, aunque su recuerdo me es vagamente familiar. El panadero, el vendedor de periódicos, la frutera. Apenas les he dado la espalda cuando salgo de su establecimiento, ya no recuerdo sus rostros. Sus nombres no significan ahora nada para mí. Creo que en mi cerebro se está acumulando demasiada información, no queda sitio para la gente.

Y otra mañana más ha llegado a mi ventana. Mismo ritual. Noche en blanco. Pijama, café, cepillado de dientes.

Pero hoy está nublado, parece que va a llover, y de repente me han entrado unas enormes ganas de dormir. Necesidad, más bien. Me siento repentinamente feliz ante la idea de poder conciliar el sueño. Y me tumbo encima de la cama, y me abrazo a la almohada, y cierro los ojos…

Me he despertado con un intenso dolor de cabeza, ha sido insoportable. Súbitamente, parecía como si diez mil sirenas se activaran de golpe en mi cabeza. Me he sentado encima de la cama tapándome los oídos pero el ruido y el dolor ya estaban dentro. Es de noche, y ya no llueve. En el cielo brillan las estrellas, unas más que otras. Tengo la vaga sensación de haber perdido el tiempo.

Las revistas. Sí, tengo las revistas, puedo recuperar el tiempo perdido, es lo que voy a hacer. Voy a leer las revistas durante toda la noche.

Desde… desde aquella noche sólo he dormido un día, y no me ha sentado bien. Ahora me siento más cansado incluso que antes.

Desde aquella noche en que volvía a casa, tarde, y en la carretera una luz me deslumbró y destrocé mi automóvil contra un árbol. No sé si me crucé con otro coche, o un camión, o qué rayos era aquello. Pero me desperté ya en casa, y no tengo secuelas físicas. Tampoco echo de menos el coche, ni conducir, tengo todo lo que necesito cerca de casa.

Menos la farmacia. Necesito ir a la farmacia. Me duele la cabeza otra vez, pero esta vez no son sirenas. Es como si el tamaño de mi cerebro se hubiera agrandado, siento su opresión entre las paredes craneales. No recuerdo dónde está la farmacia, pero salgo a la calle y echo a andar. Camino sin rumbo aparente, pero llego muy pronto, he venido directamente desde mi casa hasta aquí. Compro lo que necesito y vuelvo a mi hogar. Apenas pienso unos segundos en la farmacéutica que me ha vendido los calmantes, sólo recuerdo que parecía asustada. Al fin y al cabo es normal, debo ir bastante desaliñado aunque yo me siento cómodo así. Creo que al volver a casa debería afeitarme, pero vuelvo a tener la vaga sensación de estar perdiendo el tiempo, así que deshecho la idea y me centro en la pila de revistas que sólo he logrado reducir a la mitad. Sin embargo, debo darme prisa, lo sé.

Y ya no puedo más, mi cerebro va a estallar. Ha crecido, lo noto, y parece que me vaya a reventar la cabeza. El dolor es insoportable. Sin embargo, una extraña sensación de tranquilidad me invade. He terminado de leer las revistas, los periódicos ya no traen nada nuevo y cuando enciendo el televisor tengo la sensación de que ya lo he visto todo. No sé cuantos días han transcurrido, pero es el momento. Salgo al balcón, las noches siguen siendo frías pero yo no lo noto, tan sólo lo intuyo. Las estrellas brillan en el firmamento, unas más que otras pero… una, sobre todas las demás. Es esa. Son ellos. Los que provocaron el accidente, lo he sabido de repente. Sin embargo, la sensación es que lo sé desde el primer instante, desde siempre. Sabía que este momento iba a llegar, y que ellos sabrían dónde encontrarme. Cogido  a la barandilla metálica de mi balcón observo cómo se intensifica esa luz blanca que recuerdo, como si fuera ayer, del accidente. De repente siento una presión en la cabeza, como si grandes pinzas hubieran atrapado desde mi cuello hasta la frente, y la nuca. Un pequeño tirón, y todo habrá terminado. Mi cabeza empieza a separarse del cuello, sin dolor, ni tan siquiera con asombro. Es como ha de ser. Noto la piel romperse, los músculos estirándose, las vértebras crujir. Mi cuerpo sigue aferrado a la barandilla mientras mi cabeza empieza el viaje hacia la estrella, lentamente, pero decididamente también. Mi conciencia se ha quedado junto a mi cuerpo, un cuerpo delgado, débil, descuidado, asido a la barandilla del balcón. No les hace falta nada más, ya tienen toda la información que necesitan metida en mi cabeza, que es atraída a través del espacio hacia esa estrella que brilla más que las demás. La van a extraer, y la van a utilizar, mi misión ha terminado, ya puedo descansar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s