El robot

@nandopilgrim

Heps ya había terminado su trabajo por hoy. Después de ordenar la casa, recoger a los niños del colegio y asegurarse de que habían hecho los deberes, todos los días se encontraba con un par de horas libres mientras la familia cenaba y el matrimonio Thompson llevaba a sus hijos a la cama. Eran las únicas horas del día en que el señor y la señora coincidían en casa junto con sus hijos antes de irse todos a dormir. Como la cena la solía hacer a la misma hora que la comida no necesitaba permanecer en la casa y además era una orden explícita del amo que los dejara estar a partir de que él llegara cada día después del trabajo. Era evidente que sin Heps en la casa las cosas no funcionarían igual, ni siquiera con un criado humano, ya que a él no se le olvidaba nunca lo que se le ordenaba ni le hacía falta ir apuntando en papelitos las cosas que hacía falta comprar o reparar según iban terminándose o rompiéndose. Su cerebro positrónico con múltiples funciones apenas necesitaba utilizar el 2% de su capacidad para realizar todas estas tareas domésticas que se le pedían, y a pesar de ello era consciente de que no era una de las maquinas más adelantadas que su empresa había lanzado al mercado. En los últimos tiempos todo había avanzado mucho más rápido en el campo de la robótica de lo que los humanos estaban capacitados para asimilar.

Era por ello que al Sr. Thompson no le hacía mucha gracia que su Human Help Positronic System (al que llamaban Heps para abreviar y porque no se les había ocurrido nada mejor) fuera por su casa arriba y abajo mientras él necesitaba descansar en el sofá poniendo los pies sobre la mesa, tomándose un vinito antes de la cena y haciendo como que escuchaba a su mujer o a sus hijos. Ya tenía bastantes robots en su lugar de trabajo donde apenas podía dar dos pasos sin encontrarse con algún ayudante de dirección o un administrador de archivos debidamente programados para realizar su cometido eficientemente y sin protestar por el exceso de horas trabajadas. De hecho, pensaba que cualquiera de aquellos aparatos que habían invadido la vida cotidiana de su especie sería capaz de realizar su propio trabajo en el despacho con más cuidado y precisión que él y en la mitad del tiempo. O mucho más rápido todavía. Pero por suerte todavía eran los humanos quienes fabricaban a los robots y pocas las empresas que confiaban todas las tareas administrativas o de producción a las máquinas.

Así que a la hora de cenar y después de recibir las correspondientes instrucciones, Heps salía a la calle y paseaba por la ciudad sin dirigirse a ningún sitio en concreto. Daba alguna vuelta por los barrios lujosos de las cercanías y muy a menudo tropezaba con otros robots domésticos que realizaban tareas en exteriores o que, como a él, les echaban de casa a ciertas horas. Pero Heps pronto se dio cuenta de una cosa: no tenían conversación. Eran aparatos simples, a pesar de su modernizado aspecto y de y de ser muchos de ellos modelos mucho más actuales que Heps. No eran capaces de seguir un dialogo fluido o de mantener una conversación normal.

-Hoy hemos disfrutado de un tiempo realmente agradable, ¿no crees, compañero?

-Temperatura 19 grados, humedad del 43%.

O en otros casos:

-Dicen que Stargue lleva el programa mejor preparado para la alcaldía, ¿tú que piensas?

-Stargue 49% del apoyo en las encuestas de última intención de voto, Gartner 29% y Pardot 22%.

-No está mal, ¿no?

-Stargue 49% del apoyo…-y vuelta a empezar.

Y eso era todo lo que las demás máquinas daban de sí.

Heps rumiaba para sí mismo, preocupado, que cómo eran capaces de entender a sus amos el resto de los robots si no podían mantener ni una sencilla conversación sobre el tiempo con él. Sería por eso que Laia, la hija mayor de los Thompson, no dejaba de repetirle que él era diferente a los demás y que por eso le quería más que a nadie.

En parte se daba cuenta de la gravedad de que la niña, que acababa de cumplir nueve años le quisiera más que a nadie. Confiaba en que sus padres no estuvieran escuchando nunca cuando la niña le decía estas cosas, porque podía ocasionar un conflicto afectivo en la familia. El pequeño Sasha, de tres años, sólo lo utilizaba como a un juguete más.

Después del decepcionante paseo de cada día Heps volvía al hogar donde los niños ya se habían acostado, terminaba de limpiar silenciosamente la cocina y luego hacía guardia en el recibidor toda la noche, con sus sensores de movimiento y sonido bien alertas para que la familia pudiera descansar tranquila y segura.

Heps sabía que desde su llegada a la familia Thompson habían cambiado muchas cosas. Unas para mejor, otras no tanto. Era evidente que en la casa todo marchaba como la seda, ninguna tubería permanecía agujereada más tiempo del estrictamente necesario, ninguna puerta gemía por falta de aceite, la piscina siempre permanecía limpia e impecable, el polvo bien lejos de todos los miembros de la familia. Por no hablar de la seguridad de dormir toda la noche bajo la atenta vigilancia de un guardián de ese calibre, aunque esto último apenas ya era necesario porque la delincuencia en el país había llegado al nivel más bajo de los últimos veinte años y era casi inexistente en la cuidad.

Pero no todo era como debía ser. La relación entre el matrimonio se había deteriorado. Mientras hacía la guardia de noche, de pie en medio de la oscuridad del recibidor cuando la casa dormía, podía escuchar al Sr. y la Sra. Thompson discutiendo en el dormitorio. Hacía mucho tiempo que ella se negaba a tener sexo con su marido porque le producía rechazo el pensar que aquella máquina pudiera escucharles y grabar cualquier sonido que producían. Al principio ponía cualquier excusa cuando él le pedía hacer el amor o se ponía más cariñoso de lo habitual, hasta que un día se lo soltó por las bravas. Con aquel robot en casa no era capaz. Eso desembocaba en un estado de ansiedad y de tensión que terminaba en una riña continua cada noche por cualquier tontería. Del tema ya ni hablaban.

El Sr. Thompson, por su parte, se sentía un inútil. En el trabajo las cosas no iban bien del todo porque desde hacía un tiempo a esta parte cada proyecto que presentaba había que revisarlo minuciosamente debido a la gran cantidad de imprecisiones que encontraban. No era capaz de terminar un trabajo bien hecho. Cuando llegaba a casa tampoco podía hacer mucho, todas aquellas tareas que antes su mujer le encomendaba o para las que le pedía ayuda ya las había realizado Heps cuando él llegaba. La niña tampoco quería jugar con su padre, sólo quería pasar su tiempo con el robot, y cuando le ordenaba a Heps que se fuera a dar una vuelta a la hora de la cena Laia se ponía de morros enseguida. El niño tampoco le hacía mucho caso, tenía demasiado electrónica a su disposición como para querer escuchar ninguna historia de su padre o simplemente, jugar con él. Resumiendo, el Sr. Thompson había perdido casi por completo la autoestima.

Al pequeño Sasha ni le afectaba demasiado el robot ni le dejaba de afectar. Lo utilizaba como un juguete más con la diferencia de que éste era indestructible. Le daba golpes y más golpes, le tiraba por encima otros juguetes, hacía con él cualquier prueba que era capaz de imaginar. A Heps no le importaba, pero luego veía como el pequeño destrozaba todos los demás juguetes intentando hacer con ellos lo mismo que conseguía con él. Al final cayó en la cuenta de que Sasha era incapaz de valorar todo aquello que le rodeaba: tan sólo comía, dormía y destruía.

El caso de Laia era diferente. Él la apreciaba muchísimo y la niña estaba como loca jugando con él y paseándolo arriba y abajo. Jugaba con él, le pedía ayuda con los deberes y lo utilizaba como confidente de sus pequeños problemas que a su edad, eran para ella la cosa más grave del mundo. Pero todo eso hacía que se estuviera convirtiendo en una niña poco sociable. No iba a jugar a casa de ninguna amiga, no había invitado a nadie por su último cumpleaños y ni siquiera intercambiaba más palabras de las necesarias con sus padres. Y Heps sabía que todo aquello no era bueno. Era consciente de toda la estabilidad que había traído a la casa, pero sólo a la casa. La primera ley fundamental de la robótica dice claramente que un robot no podrá nunca causar daño a un ser humano o, por inacción suya, dejar que sufra algún daño. Y él sabía que antes de que el matrimonio Thompson lo adquirieran en su empresa las cosas no funcionaban así. Demasiadas frases empezaban con las palabras “antes de que tuviéramos el robot…”

El robot. Como si no tuviera nombre. El nombre que ellos mismo le habían puesto. Aunque sí que se había dado percatado de que tan sólo Laia le nombraba Heps, aun cuando no se dirigía a él. El matrimonio le llamaba máquina y Sasha el robot, simplemente.

Así que un día decidió a actuar por su cuenta, sin que se lo ordenasen. Fue como cada martes a realizar la compra para la casa pero esta vez se pasó también por la sección de electrónica. Compró un buen equipo de vigilancia y volvió a casa para instalarlo por todo el jardín. Colocó todos los sensores de movimiento alrededor de la casa y los conectó a un aparato instalado en la habitación del matrimonio, para que pudiesen controlar cualquier agente externo que se pudiera introducir en su terreno mientras dormían. Este sistema, cómo no, iba conectado también a la empresa municipal de vigilancia y seguridad.

-¿Qué haces?

Los sistemas operativos de Heps casi se paran del todo. Se volvió y se encontró con la Sra. Thompson que le observaba mientras terminaba el trabajo.

-Estoy mejorando la seguridad de la casa, señora-respondió.

-Ah… -contestó la mujer. Le siguió observando unos instantes, sin añadir nada más, y luego se metió otra vez dentro de la casa.

Heps pensó que había sido una suerte que no le preguntara el porqué lo hacía, ya que no tenía mucho sentido y entonces no habría tenido más remedio que responderle con la verdad. Quizá imaginaba que su marido se lo habría ordenado al robot y se le había despistado consultárselo.

El Sr. Thompson llegó como siempre a la misma hora del trabajo y como cada día, le ordenó que se ausentara un par de horas del hogar. Heps así lo hizo, y al día siguiente y al otro, hasta que un día no volvió. El Sr. Thompson salió personalmente a buscarlo por el pueblo pero no lo encontró. Le dijo a su mujer que por la mañana ya llamaría a la empresa para que lo localizaran, que a esas horas no tenía ganas de molestar a nadie, y que por una noche tampoco pasaba nada. Quizá les vendría bien descansar un día sin la presencia de la máquina en casa.

Heps se sentó escondido entre dos vehículos en la chatarrería de las afueras. Sabía que allí difícilmente lo iban a encontrar, y más después de haber desconectado convenientemente el chip localizador antes de salir de la casa. Había estado esperando pacientemente durante semanas  la orden correcta hasta que por fin un día, ésta llegó. Todas las noches el Sr. Thompson le ordenaba que desapareciera durante un par de horas, pero aquel día, bien por la costumbre, bien por cansancio o bien porque se le había olvidado de que a los robots había que ordenarles expresamente lo que se esperaba de ellos, le había dicho simplemente vete.

Y se fue. Para siempre. Se sentó tranquilamente en la soledad de los cacharros inertes a esperar que su ausencia mejorara la calidad de vida de los humanos que amaba, que era, al fin y al  cabo, la razón de su existencia.

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