Confidencias: susto o muerte

@nandopilgrim

Hace muchos muchos años, un día normal y típico en el patio de mi colegio V me confió que le gustaba una compañera que se llamaba B. Yo, divertido y emocionado por la noticia fui a contársela a Q y a J en cuanto tuve ocasión. Y claro, Q y J, que gozaban de mi entera confianza fueron con la noticia a B que a su vez se enfadó con V. Evidentemente, V sabía quién era el culpable.

Nada, hoy en día se puede considerar una chiquillada pero que para mis diez años de vida supuso “montar un buen pollo”. Y eso, a los diez años, ya me enseñó una valiosa ecuación matemática: la confianza que me tenía V era equivalente a la que yo tenía con Q y con J, pero no a la que V tenía con Q y J, por lo que yo no tenía el porqué haberles hecho partícipes del secreto de V.

Y ésa fue una gran lección. Años después yo he sufrido lo mismo algunas veces, como todos, algunas más importantes y otras banales, pero que nos obligan a tomar una determinación: o dejas de confiar en esa persona o hablas con ella claramente, con sinceridad, intentando que entienda tu postura para que no vuelva a traicionar tu confianza. Y aún así, puede que te vuelva a pasar. Entonces ya no quedan muchos caminos a seguir.

Pero si somos nosotros los confidentes…

Es realmente importante saber y ser conscientes de que cuando nos cuentan algo, normalmente de tipo personal, esa persona lo hace porque confía en nosotros. A veces buscará consejos y a veces simplemente necesita desahogarse y ser escuchada. Y lo que se espera de nosotros en nuestra condición de confidentes es saber distinguir (difícil tarea) entre si debemos aconsejar o escuchar y, sobre todo, discreción.

Discreción porque lo que nos cuentan no nos pertenece aunque nos hagan partícipes de ello y porque siguiendo la ecuación arriba mencionada la persona que nos ha confiado su secreto probablemente no tenga la misma intimidad con esa tercera a la que nosotros se lo vamos a contar.

Qué poca gente conoce el peso que tiene para la otra persona el valor de nuestro silencio. Muchas veces caemos en el error de que como nos lo han contado porque querían contarlo no supone ningún contrato de confidencialidad por ello, sin pensar que realmente nos lo han contado porque nos lo querían contar a nosotros. Y ese desliz puede salir muy caro: los tópicos a veces son ciertos como aquel de que la confianza se gana con años y se pierde en un minuto.13988617_10210097403422420_2140735171_n

También puede suceder que le inspiremos confianza a una persona concreta sin que tengamos con ésta demasiada amistad, ¿quién no ha pensado en algún momento determinado “y cómo es que éste viene ahora y me cuenta sus cosas”?. Pues porque le inspiramos confianza con nuestra manera de ser, o nuestra actitud, o nuestro carácter, por lo que sea. Y aunque el intercambio de confidencias no sea recíproco no por ello tiene menos valor, ya que para esa persona tiene el mayor valor del mundo y lo hemos de respetar igual, que ése es otro fallo bastante común, el no darle importancia a lo que nos cuenta en confianza una persona que no tenga un peso lo suficientemente importante en nuestro entorno.

¿Y qué es lo que nos hace depositar nuestra confianza en otra persona? Supongo que puede haber mil motivos: porque confiamos en ella, por afinidad, por tener lazos familiares, porque pasamos muchas horas con esa persona (p. ej. un compañero de trabajo), porque está ahí en el momento oportuno o porque pensamos que nos puede ayudar. Y el tiempo es el juez que nos dirá si nuestra elección ha sido acertada o no. Quizá nos demos cuenta enseguida o quizá pase mucho tiempo, pero nunca se equivoca.

Si hemos elegido bien pues aparte del factor suerte que siempre cuenta, quizá realmente hayamos tenido una buena intuición y sobre todo hemos encontrado un buen amigo en quien confiar. Si no, pues tenemos un problema, que quizá se pueda solucionar comentándolo o quizá no tenga remedio. De todas maneras, cuando abrimos nuestros pensamientos a otra persona nos estamos tirando de cabeza a la piscina, lo hacemos continuamente, y es importante saber a quién contamos según qué cosas, porque una vez dichas pueden llegar muy lejos sin que nos enteremos.

Y cuando alguien nos traiciona lo más fácil es echarle la culpa, aunque en mi opinión lo mejor es asumir que ya no podemos confiar en esa persona y admitir que nos equivocamos al hacerle partícipe de nuestras confesiones.13988864_10210097403382419_818924597_n

La manera más segura de que nadie se entere de nada que tú no quieras que se sepa es no contarlo a nadie (muy obvio esto), pero a veces, si la situación es buena la felicidad te impulsa a querer compartirlo con alguien y otras veces, si es una situación difícil o más bien triste llega un momento en que aguantar y tragar todo uno solo es muy complicado, y como humanos que somos necesitamos un apoyo, alguien en quien poder confiar y desahogarnos.

Así que si nos han traicionado tampoco sirve de mucho mortificarse pensado “si es que soy idiota” porque todos nos equivocamos y todos necesitamos alguna vez que haya alguien ahí para escucharnos.

Podemos tener cientos de amigos y conocidos, pero gente a la que poder contar tus cosas con total tranquilidad no habrá nunca demasiada, por eso cuanto más reducido sea el círculo de confidentes menos probabilidades tenemos de llevarnos una decepción, de cualquier modo, tampoco está de más pensar dos veces antes de empezar a hablar si es realmente necesario, el calibre de lo que queremos contar y la calidad o importancia de la persona que tenemos en ese momento enfrente.

Nada que no sepáis ya.

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2 pensamientos en “Confidencias: susto o muerte

  1. Déborah

    Dificil encontrar la persona ante la que desnudar el alma…ya lo creo, aunque en ocasiones es mas facil descubrirnos ante un completo desconocido, quizás es por la ausencia de sentirte juzgado…la ausencia de esa confianza con la otra persona,no importa lo que pueda pensar el otro…..

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